Llegó media hora tarde. Había puesto el despertador a las 10:00 AM, pero lo desconectó cuando sonó. Aquellas pastillas ciertamente que la dejaban K.O., y tenía un aturdimiento tal que yo sabía si era de día o de noche; ni siquiera sabía cómo se llamaba…
El psiquiatra tenía razón. Le había dicho que no debía de abusar de esos somníferos, pues causaban “neblina mental”, y pérdida de memoria. Ya llevaba años tomándolos, y empezaban a pasarle factura.
Ciertamente era una adicta, y su marido no hacía más que recalcárselo. Pero, al menos, con esas pastillas podía soportar la vida…
No fue hasta las 11:00 cuando José entró en su habitación. Como él trabajaba de noche, dormían en habitaciones separadas para no molestarse.
—Yoli, cariño… —le susurró en el oído. Había entrado despacio, sin encender la luz—. ¿No tenías esa reunión con los profesores a las 11:30?
Ella se revolvió y lo miró con cara de perdonarle la vida. La poca luz que entraba por las persianas bajadas era suficiente para ver su rostro, y entonces se preguntó por qué no estaba él también durmiendo.
—¿Por qué no estás acostado? —preguntó, con voz ronca—. ¿Qué hora es?
—Las once. Estaba intranquilo con lo de la reunión. ¿Quieres que vaya yo?
La mujer consideró seriamente la proposición. Sí, podría ir él y ella seguir durmiendo. Pero claro, José habría llegado a las ocho del trabajo, habría desayunado, se habría duchado, y a las nueve se habría metido en la cama…
No, era demasiado, consideró. Además, era improbable que volviera a dormirse, después del enfado que tenía ahora mismo. Así que, mandó al marido a acostarse y se levantó. Se dio una ducha rápida, se tomó un café bien cargado, y, con un gesto de extrema resignación, se encaminó hacia el instituto donde “estudiaba” su hija.
Llegó a la sala de profesores; un lugar bien conocido por todas las veces que ya lo había visitado. Allí estaban los dos, Paco y Mónica; los mismos que las otras veces. Paco solía ser el tutor de la clase. Un hombre de unos cincuenta años, muy delgado, aunque ahora creía recordar que la tutora era Mónica, una mujer algo más joven.
Cuando entró, ella estaba colocando unos libros en una estantería, mientras él leía unos papeles. Cuando la vieron entrar, la mujer dijo:
—Buenos días, Yolanda. ¿Qué tal está?
—Siento el retraso —musitó, todavía con la voz ronca—. Habló como si tuviera resaca, mientras se quitaba las gafas de sol y mostraba las inmensas ojeras que le llegaban casi hasta los pies.
—Siéntese, por favor —dijo el hombre, y los tres tomaron asiento alrededor de una de las mesas—. Verá, le hemos llamado porque estamos preocupados por su hija.
—¿Qué ha hecho esta vez? —espetó, sin dar ocasión a que se explicaran.
—Su hija no suele hacer nada —siguió Mónica—. No es como otros alumnos, que sí que hacen “cosas”—recalcó el “sí”.
—¿Entonces? —preguntó—. ¿Es que va a repetir curso, otra vez?
—No —siguió la tutora—. Hemos pensado que lo mejor es que pase.
—¿Ha aprobado los exámenes?
—Esa no es la cuestión —intervino Paco—. Hoy en día —lamentablemente—, aprobar o no aprobar ya es lo de menos.
Se hizo un silencio y Mónica siguió:
—Yolanda, si en su día decidimos que su hija repitiera dos cursos, era para poner distancia entre ella y sus compañeras. Ya me entiende…
La madre asintió, con gesto serio y resignado.
—Ahora está mejor entre estas chicas más pequeñas —añadió el profesor—. No se meten con ella; simplemente, la ignoran. ¿Me comprende?
—Sí, le comprendo. Pero lo que no entiendo es por qué no les hicieron repetir a esas… asquerosas, por no decir otra palabra más fea, y no a mí hija.
Los dos se miraron. Tras un suspiro, la profesora dijo:
—A ver… Lara, Thalía y todas las demás se merecían repetir, tanto o más que su hija. Pero sus padres no lo consintieron.
—Ah, y yo sí, ¿no?
—Bueno… ya lo hablamos en su día… —dijo él, recordando cuando era el tutor—. Pensamos que era lo mejor para Elena. Siempre ha sido su bienestar lo que más nos ha importado.
Yolanda se puso las manos sobre el regazo. Miró por la ventana de la sala de profesores, que daba directamente al patio del instituto. Allí, unos cuantos chavales jugaban al futbol, mientras otro grupo de chicas se afanaban, entre risitas, por mirar lo que una de ellas mostraba en su teléfono móvil. Se preguntó por qué estaban todos esos chicos allí y no en clase, si el recreo ya había terminado. Qué descontrol… se dijo.
Después, se puso una mano sobre la boca, pues no pudo disimular un bostezo.
—A ver, cuéntenme por qué me han llamado.
—Pues, verá —comenzó Paco—. Sabemos que su hija ha tenido atención psiquiátrica…
—Y psicológica —añadió la madre.
—Sí. Y queríamos preguntarle si es que está tomando algo que… le haga dormirse en el aula.
—¿Eso hace?
—Eso suele hacer —siguió Mónica—. No en todas las clases, desde luego, pero sí en muchas de ellas. Pone los brazos sobre la mesa, apoya la cabeza sobre ellos, y se queda dormida.
La madre miró a un punto indeterminado entre los dos. Ya le habían advertido que las nuevas pastillas que se tomaba tenían un efecto “retardante”, y hacían efecto en distintas fases. Indudablemente, ahora estaba entrando en una de esas fases, y comenzó a tener esa neblina mental que solía padecer tan a menudo. Aparte del sueño que le estaba entrando…
—Yolanda, —preguntó el profesor—. ¿Toma su hija algún tipo de medicación?
Eso la despertó de inmediato.
—¡Desde luego que no! Ya las tomó en su momento, pero me engañaba…
—¿Le engañaba?
—Hacía como que se las tomaba, pero en realidad, las guardaba en un cajón. Y cuando había acumulado las suficientes, se las tomaba todas de golpe para…
—Sí, ya sabemos para qué —cortó Mónica. Ese era un tema escabroso y preferían no mencionarlo. Ellos simplemente eran profesores, y ese no era un asunto de su incumbencia. Alguna vez quisieron intervenir y salieron escaldados.