Elena se agarraba con fuerza a la barandilla oxidada, con los pies precariamente apoyados en la estrecha repisa de hormigón sobre la que se apoyaba la verja. El viento nocturno le agitaba el cabello y le pegaba la camiseta al cuerpo. Debajo, la carretera provincial serpenteaba como una cinta oscura, iluminada por la tenue luz de las farolas y ocasionalmente por las luces de los pocos vehículos que pasaban a esa hora.

Sopesó si era mejor arrojarse al vacío con la carretera desierta, o bien, cuando pasara algún vehículo. El puente no era muy alto, y, si a la vez conseguía que la atropellasen, la muerte sería entonces casi segura.
Había buscado en Internet cuál era la altura mínima para conseguir matarse, y había encontrado respuestas de lo más contradictorias. Desde quien afirmaba que solo unos cuantos metros eran ya suficientes, hasta quienes decían que tendría que arrojarse desde un rascacielos, como poco.
El puente era una construcción que se había hecho para pasar un desnivel y así enlazar las dos partes más importantes del municipio. Debajo transcurría una carretera por la que los vehículos alcanzaban cierta velocidad, aunque quizá no la suficiente para que, al fin y al cabo, les diera tiempo a frenar al encontrarse con ella al lanzarse desde arriba.
La verja estaba suspendida en medio de la nada y pasar al otro lado era peligroso y requería cierto esfuerzo. Pero, ¿qué tenía ella que perder si se caía? ¿La vida?
Se encaramó a la barandilla y consiguió pasar, con dificultad, a la zona de delante. Allí, tan solo conseguía mantenerse sobre aquel escaso medio palmo de hormigón, gracias a que se agarraba a la verja con ambos brazos.
Estaba de frente, mirando hacia abajo, mientras que de vez en cuando pasaba algún vehículo. A esas horas de la madrugada no pasaban muchos, y menos los camiones, que serían probablemente los vehículos más idóneos para conseguir un atropello con garantías.
Una pequeña brisa se había levantado desde atrás, y el viento mecía sus cabellos de forma que se colocaban en la boca y delante de los ojos. No eran cabellos largos, pero sí lo suficiente para que ocurriera eso.
No estaba cómoda. La posición era muy forzada, y sus brazos estaban cansándose de sostener su cuerpo, apoyado únicamente sobre la estrecha repisa. Además, llevaba ya allí un rato, y uno de los coches que venía de frente, más que probablemente la había visto. Solo faltaba que el vehículo se detuviera y viniera su ocupante a darle una monserga. Pero es que esa era la idea que justificaba aquella posición: que se cansara tanto que no tuviera más remedio que arrojarse al vacío al fallarle todas las fuerzas.
Comenzó a llorar por enésima vez en aquella noche. Ahora, al borde de la muerte, con sus cabellos mecidos por el viento, y con las lágrimas corriendo por sus mejillas sin control, aquella dichosa migraña que le atormentaba pareciera que le hubiera dado una tregua. Si bien el dolor físico se había atenuado, el dolor psíquico era más intenso que nunca. Tenía una angustia vital que la consumía, un nudo ardiente en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Y arrojarse al vacío era la única salida posible para acabar con ese sufrimiento tan intenso.
“¿Por qué sigo aquí?”, se preguntó. “Solo tienes que soltarte. Un segundo de valentía y todo acabará”.
Pensó en sus padres. En la cara de decepción permanente de su madre, en la mirada cansada y culpable de su padre. Pensó en Thalía y en Lara riéndose de ella durante años. En las noches sin dormir. En las cicatrices de sus muñecas. En lo mucho que se odiaba cada vez que se miraba al espejo.
Miró hacia atrás, pues le había parecido oír el sonido inconfundible de un vehículo de grandes dimensiones. Y al poco, apareció al doblar una curva. No era un camión, pero era una furgoneta de reparto. Había calculado que el momento preciso para arrojarse debería ser cuando esta pasase por un determinado punto, momento a partir del cual ya no podría darle tiempo a frenar y ella impactaría con el asfalto.
En ese momento se acordó de Dios. Ese Dios que nunca le había hecho caso alguno; que jamás le había ayudado en nada, a pesar de haberle pedido, y con insistencia, que le apartase de Lara y Thalía. Un Dios al que ya había olvidado, por esa misma razón. Un Dios que, sin saber el porqué, en ese preciso momento se coló en su cabeza, después de todos aquellos años sin acordarse de ella.
El vehículo se acercó, se acercó más, se acercó todavía más…, y, si todo salía bien, en unos segundos se habría acabado ya todo el sufrimiento.
—¡Dios mío! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Ayúdame!