Era miércoles. Mejor dicho, la noche del miércoles al jueves. Un día normal, un día de trabajo. ¿Por qué entonces ese grupo de gente no paraba de charlar de forma tan animada al lado de su casa? Sus voces llegaban nítidas a través de los cristales de las ventanas. Ya llevaban así un buen rato, y él no podría salir mientras estuvieran ahí.
Intentó escuchar las conversaciones fragmentadas —risas, bromas, planes para el fin de semana— y sintió esa mezcla familiar de rechazo y melancolía. Pareciera que aquellos tipos venían de una fiesta, y eso era lo raro. Si fuera viernes o sábado, sería lógico. Pero, ¿un miércoles? ¿Por qué no se iban ya? Su calle no solía estar demasiado transitada, aunque lógicamente la cruzaban quienes vivían por la zona.
A pesar de que, por las voces, no parecía haber entre los congregados ninguna mujer, él era un huraño y un misántropo, y cruzarse con alguien siempre era desagradable. Y no es porque odiara a las personas. Simplemente, había aprendido, a base de dolorosos errores, que era mejor mantenerlas lejos.
No tenía sueño, pues ya había dormido durante el día. Las intensas y prolongadas horas de oración suplicando a Dios una mejoría en su precaria situación parecía que habían dado resultado, y Lucrecia apenas se asomaba ya por su mente. Incluso había conseguido vestirla, y cuando aparecía, se mostraba seria, sin pintar, y con una túnica ancha que ocultaba todas sus formas y encantos. Una mejora que, al menos, lo había devuelto —más o menos— a la normalidad anterior.
El grupo de juerguistas seguía charlando animadamente delante de su casa. Era ya la una y media de la madrugada, y tendría que darse prisa para hacer el recorrido habitual, que siempre era el mismo, con alguna variación. Pero nada, no se marchaban, y eso implicaba que cabía la posibilidad de darse de bruces con la mujer del restaurante, pues, por probabilidad, era la hora en la que solía aparecer.
Por fin se despidieron y se marcharon, y Alder abrió la puerta con cuidado. Miró a ambos lados de la calle, y, para su satisfacción, no había nadie en toda ella. Ya era libre para salir, y quizá la mujer ya habría pasado.
Pero no. Nada más torcer una calle se la encontró de frente. Bajó la mirada al instante, pero no pudo evitar percibir su silueta durante un segundo. El tiempo suficiente para apreciar sus detalles.
Era una mujer morena de unos cuarenta años con el cabello recogido en una coleta. En ese momento iba hablando con alguien por el celular. ¿A esas horas?, se preguntó. ¿Con quién hablaría? Vestía un pantalón de tergal de color negro y una camisa blanca de manga corta, que, menos mal, no estaba demasiado ajustada, y, por tanto, no pudo apreciar bien las formas de su cuerpo, a pesar de transitar por una zona lo bastante iluminada por las farolas de la calle. ¡Menos mal!, se dijo, y, gracias a eso, el encontronazo solo le produjo un ligero resquemor que se le pasó enseguida. De hecho, la mujer ni le miró, pues estaba enfrascada en su conversación. Y eso contribuyó en gran medida a que, a pesar de haber pasado tan solo a un metro de ella, el acontecimiento no fuera tan traumático.
Respiró hondo, y continuó avanzando para conseguir retomar su recorrido, aunque alguno de los tramos debería ser omitido. Ya no daba tiempo a ir hacia la dehesa —el calor había secado ya todos sus charcos— y, esta vez, debería realizar un trayecto netamente urbano.
Con la mente totalmente relajada, se dispuso a recorrer los barrios más humildes. Aquellos formados por bloques de viviendas pequeñas hechas para jornaleros y operarios con bajos sueldos. Esos edificios similares a aquellos por los que transitó en su vida anterior como vendedor a domicilio. ¡Qué lejos quedaba ahora aquel mundo!, se dijo. El mundo que le tocó vivir hacía ya tanto tiempo…
Quizá por eso, acostumbrado a caminar, no le importaba demasiado estar cuatro o cinco horas todas las noches transitando por la ciudad, si no fuera por el cansancio y por el tiempo que llevaba ya haciendo la misma rutina todos los días. Quizá demasiado tiempo a pesar de todo.
Sin embargo, había una ventaja incomparable respecto a cuando era joven: antes, por su trabajo, estaba obligado a relacionarse con la gente, mientras que ahora se había liberado por fin de esa tortura. De esa manera, pasear en soledad era una delicia; la única satisfacción que le proporcionaba su mísera existencia.
Se regocijó en ese pensamiento, y se concentró en buscar la brisa nocturna que, aunque ya se había calmado un tanto, era algo más intensa al doblar algunas calles.
Fue entonces cuando le pareció escuchar un sonido que no era nada habitual, y que parecía venir traído por ese mismo viento.
Realmente, oyó los sollozos al otro lado de la carretera, en el parque que daba a la estación. Al principio era solo un rumor lejano apenas identificable, pero que se percibía claramente en el silencio de la noche. Su natural instinto de solitario le empujaba a alejarse, pero la curiosidad lo retuvo.
Se acercó despacio entre los árboles, procurando no hacer ruido para no ser detectado. Los caminos del parque estaban limpios y caminar despacio por ellos o por el césped era seguro. Sin embargo, más adelante, ya había algunas ramitas y hojas secas que, si las pisaba, podría quedar expuesto. Entonces se detuvo y miró desde la distancia, protegido por un árbol.
Desde su posición atisbó a ver el banco en el que estaba sentada la persona que lloraba. Solo pudo ver su espalda, ligeramente de perfil, sin que llegara a distinguirse bien de quién se trataba. Vestía una camiseta clara y permanecía con la cabeza agachada y las manos sobre la misma, emitiendo un sollozo cada pocos segundos.
Al poco rato la persona se irguió y miró al frente, recostándose sobre el respaldo del banco y dejando las manos sobre su regazo. Entonces la vio claramente. Era una mujer. Una mujer joven… Precisamente el tipo de persona que intentaba evitar a toda costa.