Elena y el vagabundo nocturno

La máquina del tiempo

La noche tenía esa quietud espesa de las madrugadas de verano, cuando el calor del día aún se queda pegado al suelo y las farolas parecen alumbrar más polvo que aire. El parque, vacío a aquellas horas, respiraba despacio: un rumor de hojas secas, el zumbido obstinado de algún insecto, el crujido de una rama muy arriba, quizá movida por un pájaro insomne.

Pensó en su madre. En la suerte que tenía por poderse tomar aquellas pastillas y así desconectarse del mundo. Ella, lamentablemente, no podía hacerlo.

En cualquier caso, se dijo, aquellas píldoras que le recetó el psiquiatra no le hacían gran cosa. Más bien acentuaban sus migrañas, y, aunque la madre ya no se las diera para que así no pudiera acumularlas y tomárselas de golpe, prácticamente le daba igual tomárselas que no hacerlo. Por eso no se sometió cuando Yolanda le conminó a tragárselas delante de ella y no marcharse a su habitación de inmediato, no fuera a ser que hiciera trampas. Y no lo hizo por esas dos cosas: en primer lugar, por no agravar las migrañas, y, en segundo, por no darle el gusto a la madre de salirse con la suya.

Al no tomar ya las pastillas, se pasaba las noches en blanco, casi sin pegar ojo, o, peor aún, machacada por esas terribles pesadillas. Era mejor salir a la calle, dar un paseo, despejarse, y que le diera un poco el aire, en lugar de estar en esa cárcel que era su dormitorio, y además, asada de calor. El verano estaba siendo insoportable, y las viviendas alcanzaban unas temperaturas nunca vistas.

Localizó a Alder en el mismo lugar que el día anterior. Mejor dicho, que la noche anterior.

Su primer encuentro no duró mucho, y al poco rato ella se marchó. Estaba descolocada, aturdida y confusa. Su cabeza seguía llena de todo tipo de ideas disparatadas, y el hecho de haber estado con ese hombre charlando durante todo ese tiempo era cuando menos… raro, por no decir otra cosa.

Sin embargo, y a pesar de todo, no se había sentido incómoda. No se había sentido en ningún momento molesta, y esa fue la razón —la única razón—, por la que la noche siguiente, acosada por las migrañas, la ansiedad, y el dichoso insomnio, salió de nuevo de su casa para intentar verlo otra vez.

Y allí estaba. En el mismo sitio, y más o menos a la misma hora. Como si no se hubiera movido desde que ella se marchó y hubiera permanecido petrificado como una estatua de sal: sentado en el lado derecho de aquel banco, con los codos apoyados sobre el respaldo, mirando hacia el infinito, y con la misma ropa del día anterior.

Cuando se sentó en su lugar, en el lado izquierdo, el viejo giró levemente la cabeza para comprobar que era ella, y siguió mirando al frente, como si lo que allí había llegado hubiera sido simplemente una hoja que se había desprendido de un árbol.

Para él, el encuentro con Elena el día anterior le dejó un sabor agridulce. No tanto por haber compartido un rato en un banco con una mujer —algo impensable e inaudito que ese hecho no le hubiera pasado factura—, sino por la situación tan desesperada que pasaba la chica. Cuando llegó a su casa sentía un desgarro interior motivado por eso, y no por lo otro. O al menos, eso pensaba él.

A pesar de todo, no veía la forma de ayudarla, aunque sentía en su interior que su pequeña charla del día anterior había servido para algo. Y esa era una satisfacción que vencía todas sus fobias… o casi.

Elena permanecía con los hombros echados hacia delante y las manos escondidas entre las rodillas. Miraba al suelo, al sendero de grava, o la mancha amarillenta que formaba la farola sobre el suelo. Una farola que el día anterior no alumbraba, y ahora sí.

Pasaron algunos minutos, y ninguno de los dos se dirigió la palabra. Por fin, Elena suspiró y se giró hacia él, lo cual pudo ver este por el rabillo del ojo. Era el momento de hablarla.

—¿Vienes del puente?

La pregunta quedó suspendida entre ellos. No hubo reproche en su voz, ni sorpresa, ni miedo audible. Solo una suavidad cansada, como si ya hubiera medido cuidadosamente cada palabra antes de dejarla salir.

—Sí —musitó ella, apenas un susurro. Después bajó la cabeza. Por un momento pareció que iba a explicar algo más, pero se limitó a apretar los labios.

—¿Qué pasó esta vez?

Elena tardó en responder. Tenía la mirada fija en un punto del suelo, donde un insecto deambulaba junto a la pata del banco. A esas horas, incluso aquella vida minúscula parecía fuera de lugar.

—Lo de siempre. Soy cobarde —dejó pasar un instante y se pasó el dorso de la mano por la nariz, sin mirarlo—. ¿Sabes qué? Muchas veces pienso que, en plan, ese es mi principal defecto.

Alder asintió ligeramente y no quiso llenar el silencio de inmediato. Elena parecía necesitarlo: necesitaba enfadarse con sus propias palabras, darles vueltas, morderlas antes de soltarlas del todo.

—Si yo fuera valiente —siguió—, me hubiera encarado con Thalía y con Lara. Yo soy más fuerte que ellas, en plan… y podría haberlas vencido. Un par de guantazos bien dados la primera vez, y, en plan, no se hubieran vuelto a meter conmigo.

Al decirlo, levantó por fin la cabeza. No había orgullo en su expresión, sino una rabia vieja, gastada de tanto repetirse. La humedad de sus ojos brilló bajo la farola.

—Eres mansa —replicó Alder—. Los mansos no pueden vencer a los violentos.

Elena soltó una risa breve, seca, sin alegría. Luego se le quebró la voz.

—Ya lo sé. Ese es el problema. ¡Ese es el problema!

El grito salió demasiado fuerte para un parque tan vacío, y enseguida pareció arrepentirse de haber roto la noche. Se encogió sobre sí misma y comenzó a sollozar.

Alder estuvo tentado de acercarse y abrazarla, y, de hecho, llegó a aproximarse un poco. Avanzó apenas unos centímetros, lo suficiente para que la madera del banco crujiera bajo su peso. Pero no se atrevió a seguir. Al fin y al cabo, Elena era una mujer… Eso sí, se giró hacia su posición, e intentó mantener un gesto afable, procurando no mirarla demasiado.




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