Dios debió escuchar sus plegarias, pues aquella noche no fue la última que se vieron. Hubo una tercera, una cuarta, una quinta…
Aunque nunca quedaban en firme para verse, en el fondo, los dos se buscaban. Alder modificó sus recorridos habituales para estar en el parque a la hora en que solían verse, y eso a pesar de que Elena últimamente vestía con ropas más ajustadas y cortas de lo habitual; lo cual le había causado una gran incomodidad y había originado que apenas la mirara.
Sin embargo, ahora podía soportarlo. A base de esfuerzo y oraciones, había conseguido, si no eliminar sus repulsiones, al menos poder dominarlas. Llegó a sentir un verdadero afecto por la chica.
Ella por su parte acudía al parque con la esperanza de charlar de nuevo con él. Era la única persona con la que podía hablar francamente sin que le recriminara nada; sin que le llamara loca, y sin que se burlara de ella. Él nunca le decía lo que los otros adultos, “la vida es bella”, “eso ya pasó”, “céntrate en lo que tienes por delante”, o cosas por el estilo. Consejos y frases vacías que, lejos de ayudarla, le ratificaban si cabe más sus deseos de matarse. Unos deseos y una amargura que seguían intactos, a pesar de todo.
En el fondo, y a pesar de las diferencias tan enormes entre los dos, eran seres muy parecidos: ambos llevaban una vida solitaria y de sufrimiento. Ambos eran rechazados, despreciados y marginados por la sociedad. Ambos llevaban en su cuerpo y en su espíritu cicatrices profundas producidas por el pasado, y ambos buscaban en la noche el refugio que no les proporcionaba el día. En esas cosas comunes encontraban su afinidad.
Esa noche comenzaron a hablar de trivialidades, hasta que la conversación versó sobre los acicates que tiene la vida. No fue un tema que él sacase, pues en esencia, se limitaba a escuchar. Pero Elena no paraba de hablar de ello.
—De todas maneras, todo es cuestión de seguir buscando. Eres joven, y tienes toda la vida por delante.
—Mira, Alder —le miró con seriedad—. Esos sermones ya me los conozco, en plan... No hay nada que me pueda hacer sentir de forma diferente. La única manera de aliviar mis sufrimientos, en plan… es quitándome de en medio.
Él no contestó enseguida. El silencio entre ambos se alargó apenas unos segundos, pero a Elena le parecieron más, como si la noche entera contuviera el aliento.
—No te creas.
—¿Ah, no? ¿Qué me sugieres? Y por favor, que no sea lo de siempre, ¿vale? Que no sea, en plan, lo que todos, empezando por mi psicóloga, me dicen. En plan…
El vagabundo inclinó un poco la cabeza. Parecía buscar las palabras con una paciencia casi obstinada.
—De acuerdo. Pero coincidirás conmigo en que, si amaras a alguien, tu vida sería distinta.
—Alder…
—Reconócelo, Elena. Ya sé que conseguir que alguien te quiera es difícil; sobre todo porque no depende de ti. Eso siempre depende de otro a quien no puedes controlar. Y, puesto que tus padres están fuera del esquema, a pesar de que te quieren…
—Así es —dijo ella, con una mueca seca—. Me podrán querer a mí, pero yo no los quiero a ellos. Al menos, en plan... no lo suficiente como para evitar que me mate. Ya te lo dije.
—Vale. Pero, yo hablo del caso contrario. Figúrate por un momento… y no estoy hablando de nadie en particular, ¿vale? Solo quiero que te imagines que amas a alguien. A quien sea. Y que lo amas profundamente y con toda tu alma.
Elena guardó silencio. Se abrazó a sí misma, quizá por el fresco de la noche, quizá por otra clase de frío.
—Es que no sé si quiero arriesgarme a eso. El amor también es sufrir.
—Ya lo sé. Pero solo quiero que te sitúes, de momento, en esa tesitura. ¿De acuerdo? Así que, dime. Si tuvieras a alguien a quien quisieras de forma incondicional, ¿te querrías matar?
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Hombre, visto así…. Si tuviera a alguien a quien querer… en plan… de esa manera, tendría un motivo para vivir, claro. Pero es que ese es el problema. No tengo a nadie, en plan... y no sé si quiero tenerlo.
Alder asintió lentamente, como si hubiera esperado justo esa respuesta.
—Te falta el amor —constató—. Ese es el vacío que sientes.
—Eso es. Y no me hables por favor, en plan... de que busque un chico y todo ese rollo. Todos son iguales y no podría querer a ninguno. Desde que Alberto se rio de mí y me dio plantón, en plan... he jurado no volver a estar con ninguno.
—¿Quién es Alberto?
—No quiero hablar de ello, en plan... Yo creo que hizo una apuesta o algo así. Ya me parecía a mí raro… en plan…
—Hasta en eso tuviste mala suerte.
—Pues sí. ¿Tú sabes lo humillada que me sentí? —Su voz se quebró apenas un instante, aunque se recompuso enseguida—. En plan... Adelgacé hasta quedarme casi en los huesos... en plan, ¡hasta fui a la peluquería!
—Para la cita.
—Sí.
—Y aun así te dio plantón.
—Como lo oyes.
—Qué asco de persona… —Alder negó con la cabeza, en señal de rechazo.
Elena soltó el aire despacio por la nariz, como si aún le costara aceptar que aquello hubiera ocurrido de verdad.
—Le escribí un mensaje para ver qué pasaba. Para ver por qué no acudía. Y, en plan… eso fue lo peor. De esa manera supo que yo ya estaba donde habíamos quedado, y acto seguido… en plan, me bloqueó.
—Vaya.
—Y luego, cuando lo vi en persona, delante de sus amigos, intenté hablar con él. En plan... de forma educada. Pero, ¿sabes qué?
—¿No decías que no querías hablar de ello?
Ella bajó la vista, irritada consigo misma por haber vuelto a abrir esa herida.
—Es verdad. Prefiero no recordarlo. No sabes cómo me humilló… delante de todos. En plan…
—Sí, ya me imagino. No me extraña que reniegues ahora de los chicos. ¿De verdad que has jurado no volver a estar con ninguno?
—Como lo oyes.
Alder soltó un suspiro casi imperceptible, una mezcla de pena y resignación.
—Pues, ¡qué pena! —musitó.