La noche siguiente llegaron casi a la vez a su ya “oficial” punto de encuentros. Sin embargo, no pudieron sentarse en el banco. Uno de los aspersores automáticos del parque se había roto, y en lugar de regar el césped había inundado el lugar en el que se solían sentar llenándolo de charcos que reflejaban la luz de las farolas.
Sopesaron sentarse en algún otro lugar, pero al final, de mutuo acuerdo, se decidieron a pasear.
Anduvieron por las calles y plazas vacías, por los bulevares, por la principal calle comercial con todas sus tiendas cerradas…
La curiosa pareja era digna de ser observada por su rareza. Él, como siempre y con su ropa de todos los días: un tipo alto, mayor, enjuto y espigado, despeinado y desgarbado, con el paso cansado, y con aquella camisa desgastada por haber sido usada durante mucho más tiempo del que sus fabricantes estimaron en el mejor de los casos. Ella, sin embargo, estaba radiante: se había recogido el pelo y vestía una falda larga de color blanco y una blusa sin mangas con cuello de barco del mismo color. Incluso se había puesto unos pendientes, algo totalmente inusual en ella, y había abandonado sus clásicas bambas para calzarse unos bonitos zapatos con algo de tacón. Parecía una novia…
Charlaron de los temas más variados, y, curiosamente, Elena esta vez no dijo nada de querer suicidarse, ni ese día se había acercado por el famoso puente.

Caminaron en silencio los primeros minutos. El aire de la noche era agradable, con esa brisa ligera que solo aparece después de la medianoche. Sus pasos resonaban en las aceras desiertas.
—Alder, me he dado cuenta de que siempre estamos hablando sobre mí. Y realmente, sé muy pocas cosas sobre ti.
El vagabundo la miró con gesto de estar de acuerdo, pero, a la vez, de no querer hablar de sí mismo.
—Por ejemplo, dime. En plan... ¿a qué te dedicas?
—A nada —afirmó, sin mirarla.
—¿Estás jubilado?
—Bueno… no exactamente.
—No entiendo —lo miró, intentando hacer que siguiera, sin conseguirlo—. En plan, ¿de qué vives?
—Pues… de la Divina Providencia.
—¿De... qué…? En plan….
—Única y exclusivamente de lo que Dios me da para vivir —miró hacia el cielo—. El Señor es mi sustento, mi proveedor, y el alimento de mi corazón.
Lo miró. Elena no pudo evitar una media sonrisa sarcástica. Probablemente esa era una manera poética de decir… que vivía de lo que se encontraba en la basura. Sí, eso debía ser. Tenía toda la pinta de ello.
—Pero, no siempre has vivido, en plan... de la divina “procedencia”, ¿no? En plan…
—No, claro. Yo antes tenía mi oficio.
—¿Qué oficio? —quiso saber, con curiosidad.
—Era vendedor de enciclopedias. Te lo dije ayer.
—Ah, sí —recordó—. ¿Y tú las vendías?
Alder asintió. —A domicilio.
—¿Cómo a domicilio?
—Sí. Iba de casa en casa, de puerta en puerta... intentando que me las compraran.
—Y… en plan, ¿se vendían mucho?
—No. Podías pasar semanas enteras sin vender ni una sola. Era un trabajo muy duro.
—Ya me imagino… y además, en plan, cargando con todo ese peso… en plan...
—Lo peor no era el peso… En realidad, yo no llevaba nunca enciclopedias enteras. Solo algunas muestras. Si me las compraban, entonces sí, claro, tenía que llevar todos los tomos.
—Entonces, en plan... ¿qué era lo peor?
—El trato con la gente, Elena —la miró, solo de reojo—. Tener que estar todo el día buscando gente… hablando con la gente… sonriendo… Sí, —sopesó—. Eso era lo peor —suspiró—. Aparte de todo el daño que me causaron… claro... algunas clientas.
—¿Qué clientas? —se detuvo—. ¿Es que no te pagaban?
—No, no es eso —dudó—. Bueno, en realidad… algunas me pagaron demasiado bien…
Elena lo miró con gesto de no entender.
—La culpa no fue suya —musitó—. Fue mía. Enteramente mía, que las busqué. Mejor dicho, me las encontré. Bueno… ciertamente… —se sentía de veras incómodo al hablar de eso—. Me las encontré, claro, pero me podía haber limitado a vender, y ya está.
—Me parece que ya te entiendo, Alder. En plan… No te limitaste simplemente a vender unos libros, ¿eh? —le guiñó un ojo, en señal de complicidad.
El vagabundo torció el gesto, poniendo una expresión similar a la de un chiquillo a quien su madre acaba de descubrirle una travesura. A continuación, miró hacia otro lado, y ella notó su incomodidad. Así que, para cortar aquella tensión, reanudó la marcha y cambió de tema:
—Lo que no entiendo, Alder, es cómo sabes tú todo lo que pasa en el mundo de hoy, si no tienes televisión, ni celular, ni hablas con nadie.
—Bueno, tampoco sé tantas cosas —se defendió—. Creo que estoy un poco “chapado a la antigua” —hizo una mueca, que ella secundó afirmándolo con la cabeza.
—Ya, pero me dijiste que nos adoctrinan, en plan… y cosas por el estilo. ¿Cómo sabes tú todo eso?
—Pues… Lo oigo en la radio.
—¡Ah! Pero, ¿oyes la radio?
—No suelo hacerlo —se encogió de hombros—. Pero cuando mi reproductor se queda sin pilas y ya no es capaz de arrastrar los casetes, no me queda más remedio.
—¿Cómo es eso? ¿Has dicho… casetes?
—¿No sabes lo que es? —la miró.
—Ni idea.
—Tengo muchos en mi casa. Se regalaban al vender las enciclopedias. Si te compraban una, con lo caras que eran, el cliente recibía un obsequio consistente en las obras completas de Mozart, Bach, Beethoven… y también madrigales, motetes, cantos de los monjes…
—¿Te refieres a discos? En plan...
—No. Los discos eran más caros. Los casetes son… bueno, unas cajitas —hizo el gesto con la mano, indicando el tamaño—. Son un pequeño envase rectangular que contiene cintas muy finas de plástico con incrustaciones de metal que un radiocasete es capaz de leer mediante un cabezal magnético. Las cintas van dentro de un “casete” y están enrolladas en dos rodillos que mueve un motor y hace que pasen por el cabezal.