Había estado ideando varias formas de acercamiento. Unas más sutiles, otras más directas. Unas requerían más tiempo, otras serían más rápidas. Y cuando ya tenía algo decidido, abandonaba la idea por completo.
Los fallos de memoria de su madre eran cada vez más evidentes, a pesar de que su rutina era siempre la misma: antes de acostarse abría la caja fuerte, sacaba las pastillas, se las tomaba, cerraba la caja y se colocaba la cadena con la llave colgando del cuello. Pero esa noche no fue así. Esa noche, por alguna razón, se había dejado el bote fuera, encima de la cómoda de la habitación en la que dormía…
Eran las 8:30 de la mañana. José, se estaba duchando tras regresar del trabajo. Elena, terminando de desayunar para ir al instituto. Y la madre, Yolanda, se había levantado para ir un momento al baño y luego regresar a la habitación para seguir durmiendo. Elena pasó por delante de la puerta abierta… y allí las vio sobre la cómoda.
Pero no le dio tiempo a consumar el robo. Cuando ya las tenía en la mano e iba a guardárselas en el bolsillo del pantalón, su madre le sorprendió “in fraganti”.
Las dos primeras collejas le cayeron cuando todavía estaba de espaldas. Fueron tan fuertes que el bote se le cayó de las manos y reventó contra el suelo, desparramándose todas las píldoras sobre el mismo. La chica se volvió, y llena de rabia intentó golpear a la madre a su vez, pero esta no le dio ocasión.
Empezó el forcejo y los insultos, y al final José tuvo que salir apresuradamente de la ducha para impedir que la madre acabara con la hija sin necesidad de suicidio por su parte.
El hombre, con una toalla en la cintura y chorreando, se interpuso entre las dos y detuvo la pelea. Y cuando vio las pastillas desparramadas y pisoteadas comprendió lo que había pasado.
—¡Tu hija! —le gritó— ¡Que ha vuelto a las andadas!
—¿Otra vez, Elena? —preguntó el padre, de forma suave.
—¡Otra vez! —chilló Yolanda— ¡Otra vez! Parecía que se había calmado un poco últimamente, pero ya ves que no es así…
—¿Qué ha pasado esta vez, hija? —El padre se dirigió a la muchacha, que ahora estaba sentada en la cama de espaldas sin parar de llorar. Pero esta no le hizo caso alguno.
—Parecía que se había reformado —siguió la madre—. Parecía que estaba ya más tranquila, y claro, yo me relajé. Me dejé las pastillas sobre la cómoda y ¡zas! Un solo descuido, y ¡toma! ¡Vuelta a empezar!
—Yoli, es que… si te olvidaste las pastillas, pues, claro, la chica… es todavía muy pronto y…
—¡Cállate! ¡Y no la defiendas! ¿Eh? No se te ocurra ponerte de su parte como siempre haces, ¿me oyes?
El hombre no quiso entrar al trapo. Sin decir nada, aprovechó que las cosas parecían algo más tranquilas para ir de nuevo al baño y vestirse. Yolanda, con los brazos cruzados, arremetió de nuevo contra la muchacha:
—¡Tú llora! ¡Llora! —la hizo volverse, de un manotazo—. Pero que sepas que me han dicho que te ves con un tío. ¡Con un tío, nada menos! Con un mangante…
Elena se puso de pie y se encaró con ella.
—¿Quién te lo ha dicho? ¿Eh?
—¡Ah! Así que es verdad…
—¡Quién te lo ha dicho! —reclamó, gritando a su vez.
—Petra —la madre puso los brazos en jarra—. La vecina del quinto. Su marido os vio a los dos paseando por el bulevar de la estación. ¡Y agarrados de la mano!
—¡Eso es mentira! —se ofuscó.
—¡No! ¡No lo es! —Un nuevo bofetón.
—¡Te juro que es mentira! Yo jamás agarré a Alder de la mano…
Continuó llorando, sentándose de nuevo en la cama y con las manos sobre la cara.
—Andrés… ¿eh?... —se puso del otro lado, frente a ella—. Así que se llama Andrés el pordiosero ese…. Porque parece ser que es un mendigo, un viejo apestoso…. Tú sabes lo que quiere ese hombre de ti, ¿verdad?
La chica no dijo nada y continuó llorando.
—¡Contéstame! —le dio un empujón—. ¿Tú sabes lo que quiere de ti ese tío? ¿Eh?
—¡Sí! —se puso de pie, revolviéndose— ¡Sí sé lo que quiere! —apretó los dientes—. ¡Y que sepas que se lo voy a dar!
Más bofetones.
—¡Puta! ¡Encima de mala hija eres una puta! —gritó, despavorida.
—Yolanda, por Dios… —el hombre tuvo que salir de nuevo con la camisa a medio poner y solo un calcetín—. ¿Qué es lo que pasa ahora?
—¡Tu hija! Que está saliendo con un viejo… con un zarrapastroso que debe vivir en una cueva…
José se sorprendió. Eso sí que no se lo esperaba. Su hija hacía locuras de lo más variopintas, pero una cosa así era impensable. Su hija, tan modosita, que jamás había mostrado el más mínimo interés por los chicos… que parecía tan ajena a las cosas propias de su edad… O al menos eso creía él.
—¿Es eso cierto, Elena? —quiso confirmar. Ella respondió como un resorte:
—No. ¡No lo es!
—Pero… ¿Tendrás cara? —rugió la madre, dándola otro bofetón—. ¡Pero si acabas de reconocerlo! Y que sepas que se llama Andrés —le dijo al marido.
—¿Andrés?
—¡Sí, Andrés! ¡Y quiere acostarse con tu hija! ¡Que lo sepas, Jose! —los ojos de Yolanda estaban encendidos y llenos de furia—. Un mangante, un viejo pordiosero… ¡Que va a preñar a nuestra hija!
La madre fue a soltar otro pescozón, pero el padre detuvo el brazo.
—Elena… —comenzó él a decir, mientras la chica negaba con la cabeza.
—¿Eso es lo que quieres? —de nuevo atacó la madre— ¿Eh? ¿Quieres venir preñada de ese mangante y arruinarte la vida? ¿Eh? —otro bofetón, que esta vez el padre no pudo detener. Todavía estaba impactado por la noticia. La chica se revolvió con furia:
—¡Sí! ¡Eso es lo que quiero! ¿Me oyes? ¡Eso es lo que quiero! Y ojalá lo estuviera ya…
—¿Ojalá?
—¡Ojalá estuviera ya preñada! —gritó, con la mano sobre la boca. Esta vez el golpe le había reventado el labio.
—¡No lo verán mis ojos! ¡Mala hija! ¡No lo verán! El día que entres por esa puerta con un bombo…
—¿Qué?
—Te pegaré tal paliza que…
—¡Yolanda! —terció el padre.
—¡Te pegaré tal paliza que se te quitarán las ganas de hacernos más de sufrir!