Aquel día hacía calor. El sol de junio pegaba con fuerza sobre el cemento y el olor a hierba seca se mezclaba con el de las mochilas abiertas y el sudor adolescente.
A la hora del recreo, el patio se llenaba de gritos; de pelotas que rebotaban contra el muro, y de grupos que se formaban y se deshacían con la facilidad de quien no carga con nada. Elena se quedó un momento junto a la entrada, observando la escena como quien mira a un paisaje selvático. Un paisaje donde los depredadores acechan a los herbívoros, o, peor aún, donde los carnívoros se sientan para hacer la digestión tras haber devorado a una presa.
La selva: un ecosistema en el que coexisten dos tipos diferenciados de animales: los carnívoros, agresivos y sanguinarios, que devoran a sus presas vivas, y los herbívoros, que, incapacitados para la lucha al no disponer de garras ni dientes afilados, solo saben huir. Un territorio hostil y cruel donde solo hay dos opciones: o comer, o ser comido.
El herbívoro es un animal preso del miedo, y, además, profundamente egoísta. Con tal de que los carnívoros no lo ataquen, se complacerá en gran medida si estos se ensañan con otro herbívoro, y no moverá un solo dedo para ayudarle. No sabe que con esa actitud precisamente lo que está haciendo es perjudicarse a sí mismo, pues su suerte cambiará en cualquier momento.
A pesar de todo, el herbívoro no es tonto. Sabe que la mejor defensa es el ataque, pero como no tiene uñas, ni garras, ni dientes, eso es algo que jamás podrá hacer. Ha sucumbido al fatalismo, del que es incapaz de salir.
En la selva, por supuesto, también hay elefantes. Son herbívoros, pero nadie se mete con ellos. Cuando se sienten amenazados arrollan a los carnívoros, y más de uno se ha llevado un fuerte escarmiento al ser embestido por uno de estos animales, de forma que no han vuelto a meterse con ellos.
En el fondo, los herbívoros corrientes, los que sufren depredación, no sueñan con ser carnívoros. Simplemente, sueñan con ser elefantes.
Los grupos humanos de carnívoros y herbívoros se disponían por todo el patio. Como siempre, Lara y Thalía lideraban un grupo. Dos reinas que regían su territorio con puño de hierro y que rivalizaban por ver cuál de las dos mandaba más. Un grupo donde las demás chicas giraban siempre en torno a ellas: todas intentando medrar en un mundo cruel; en un clan regido por dos depredadoras natas. Todas, intentando pasar de herbívoras a carnívoras para así poder sobrevivir.
Pronto apareció el Travolta; el superdepredador; el torturador más despiadado de todos los chicos mansos y herbívoros; el azote implacable de todos ellos. Le llamaban así porque siempre iba con una cazadora de cuero negro y el pelo engominado y peinado hacia atrás, igual que el célebre actor de la película Grease. Su nombre inspiraba una mezcla de odio y terror en todas sus víctimas y por supuesto, admiración y atracción en todas las chicas. Era el rey de la selva; el macho alfa de la manada al que todas las hembras rendían pleitesía.
Venía acompañado de un par de secuaces. Dos esbirros suyos que comían de lo que caía de la mesa del amo. Dos sicarios que obedecían sus órdenes sin rechistar, y que, como también pegaban, gozaban del favor de las hembras; las hembras que su amo no quería, claro, y que se conformaban con estos al no poder aspirar al jefe.
Estos secuaces no siempre eran los mismos. Si se mostraban blandos o, sobre todo, si enseñaban los dientes o lo confrontaban, eran expulsados de su compañía y se quedaban sin recibir las innumerables ventajas que suponía estar cerca del rey, principalmente en lo referente a las chicas. Se veían obligados a deambular errantes por la selva intentando conseguir secuaces propios para reafirmar su poder. Porque esa es una de las características de los carnívoros: no solo atacan a los herbívoros, sino que además pelean entre ellos por el control del territorio. Su agresividad innata les obliga a estar continuamente luchando, aunque sea unos contra otros.
El Travolta estuvo poco tiempo allí. Unas risas y luego se fue, flanqueado por sus escoltas. Tras un breve silencio después de su marcha, todas se pusieron a cuchichear sobre el mejor ejemplar masculino de la selva hasta el final del recreo y más allá.
Por alguna extraña razón, Elena miraba a ese paisaje como si ya no perteneciera a él. Como si hubiera pasado de ser herbívora a estar simplemente en el coche de un safari. Un coche al que ningún animal hacía caso; del que nadie se preocupaba para bien o para mal, pues no formaba parte del ecosistema natural.
Ella ya no pertenecía a ese mundo. Ya no era herbívora ni carnívora. Ahora, se había convertido en cazador… e iba a cazar a un macho.
Se pasó la mano por la frente y buscó con la mirada a Iker. Lo encontró donde siempre: sentado en un bordillo, un poco apartado, con el teléfono en la mano y los hombros encogidos. Con esa expresión ausente que lo caracterizaba. Estaba mirando el celular y cuando Elena se acercó apagó la pantalla y lo intentó ocultar.
—¿Qué estabas mirando? —le preguntó, antes siquiera de saludarle.
La pregunta sonó represiva. Ella estaba frente a él y el sol le daba de lleno en la cara; tuvo que entrecerrar los ojos.
—¡Y a ti que te importa! —la miró, receloso.
Seguro que era alguna página para adultos, se dijo. El pobre chaval era despreciado por todas las chicas, y por la mayoría de los chicos. Otra víctima del bullying, como ella, aunque en su caso no eran tan crueles. Simplemente, le ignoraban.
Como Elena era “de su gremio”, Iker había pretendido liarse con ella cuando esta adelgazó, pues era de lo poco a lo que podía aspirar. Pero, como todas las demás, también lo rechazó. Aunque en un primer momento se sintió halagada y estuvo a punto de decirle que sí, solo faltaba eso: si ya se reían de ella por todo, si se supiera que estaba con él, ya sería el colmo. Las risas, las burlas, la sorna, la mofa…. se propagarían hasta el infinito.