Al principio fueron encuentros breves, precipitados y fugaces; unos encuentros asépticos, furtivos, casi quirúrgicos. Algo parecido a lo que busca un ganadero cuando lleva su vaca al toro semental para conseguir que se quede preñada. En quince minutos —a veces incluso menos—, la muchacha estaba servida, e igual que había entrado, salía por la puerta del 3ºC.
El hecho de que el chico dispusiera de un lugar donde poder hacerlo fácilmente fue un factor no menor que la llevó a decidirse por este macho en cuestión. De no haber sido así, quizá hubiera tenido que optar por Raúl, otro macho disponible, y que también tenía sitio donde hacerlo. El problema de este es que era menos atractivo y por eso Iker era su primera opción. No le faltaba razón a Alder cuando decía que encontrar un ejemplar masculino no era en absoluto un problema para cualquier mujer, independientemente de su belleza.
Sigilosamente y sin hacer ruido, todos los miércoles a media tarde, se producía el encuentro. A veces era antes, a veces después, para no despertar sospechas. En el barrio vivían muchos compañeros de los dos, y era mejor no hacerlo siempre a la misma hora.
Iker pensaba que todo era consecuencia de la locura —ahora manifiesta— de quien había sido su compañera de clase antes de que esta repitiera dos cursos. Una de sus neuras; o simplemente, que ahora a Elena le había dado por ahí, y que pronto se le pasaría y otra chifladura ocuparía su lugar.
Pero mientras tanto, él debía aprovecharse. La consulta del especialista al que acudían sus padres para tratar a su hermana —otra víctima del acoso escolar— estaba en la gran ciudad, e invertían prácticamente toda la tarde entre ir y volver. Y mientras tanto, él esperaba expectante, sin saber a qué hora acudiría la chica. Había abandonado por completo el visionado de aquellas páginas para adultos, pues ya tenía algo sustitutorio en carne y hueso.
Aun así, él no cesaba de hacerse preguntas. No paraba de extrañarse y de cuestionarse por qué ella lo había rechazado y con cierta vehemencia hacía relativamente poco, y ahora, sin noviazgo previo, de buenas a primeras, se encontraba haciendo el amor con ella todas las semanas.
En Instagram había leído que las mujeres están gobernadas por las hormonas y son bipolares por naturaleza. Unas más y otras menos, claro, y eso se explicaba por razones genéticas y evolutivas. Por ejemplo, cuando les va a venir la regla, momento en que menos probable el embarazo, se muestran ariscas y esquivas, mientras que en el momento central del ciclo, cuando se produce la ovulación, aparecen amables y melosas. Es un comportamiento inconsciente diseñado por la Evolución para asegurar la continuidad de la especie.
Todo eso era razonable y tenía su lógica. Pero lo que no la tenía en absoluto era ese cambio en la chica. No podía responder a cuestiones ovulatorias. No tenía lógica alguna, así que una vez, en pleno “acto”, se lo preguntó:
—Oye, Elena…
—Qué.
—¿Por qué antes no querías saber nada de mí, en plan… y ahora estamos de esta manera?
—¿De qué manera? —replicó, casi sin inmutarse.
—Pues… ya ves, en plan… lo que estamos haciendo ahora mismo.
Ella lo miró fijamente, y sin apenas sonreír, le espetó:
—Tú sigue y calla.
La chica había buscado en Internet cuál era la mejor postura para conseguir un embarazo rápido y seguro. Y como suele ocurrir, le salieron resultados dispares. Así que, en cada encuentro probaban una diferente, para regocijo y deleite del chaval. Incluso él mismo sugirió posturas que había visto en las páginas que antes visitaba, sin que Elena pusiera objeción alguna. Eso sí, ella nunca le dijo cuál era la verdadera finalidad de todo aquello, por lo que él siempre pensó que lo hacía porque era “una viciosilla”.
Iker nunca sospechó nada, a pesar de que a veces rozó la cuestión. Otro día, también en pleno “acto”, le dijo:
—Oye, Elena…
—Qué.
—Estoy pensando…
Se detuvo, y la miró a los ojos.
—¿Qué? —apremió ella.
—Pues que… en plan… ¿Y si te dejo embarazada? —preguntó, por fin.
De nuevo, la chica lo observó durante un instante, y, sin apenas sonreír, le espetó:
—Tú sigue y calla.
Así las cosas, él encontraba una salida más que digna al natural deseo de todos los adolescentes de aparearse. Tenía que aprovechar mientras durara la racha, y antes de que Elena abandonase esa fase de su bipolaridad. Y también, cómo no, mientras su casa estuviera libre durante esas horas. Quizá un buen día, por una u otra razón, ese miércoles fuera el último…
Afortunadamente para él, su hermana seguía acudiendo a las terapias conductuales que necesitaba, y sus padres seguían yendo con ella todas las semanas a la gran ciudad. Por otra parte, tampoco parecía que Elena fuera perdiendo interés, sino más bien todo lo contrario. En realidad, y con el paso del tiempo, aquella relación fue madurando…. y consolidándose.
Efectivamente, según fueron sucediéndose los encuentros, ella fue cambiando su percepción de lo que estaba haciendo. Poco a poco se fue sintiendo deseada; se sintió mujer, y los encuentros se fueron alargando. Poco a poco, desde aquellas conversaciones tan escuetas, pasaron de ser quince minutos sin apenas hablarse ni casi reír, a ocupar casi toda la tarde.
Las cosas fueron cambiando paulatinamente. Ahora charlaban, reían, jugaban… se acariciaban, se abrazaban, se daban besos profundos y apasionados… que culminaban en intensos momentos de satisfacción por ambas partes. Ya conocían sus cuerpos a la perfección, y fruto de ese conocimiento alcanzaban cotas sublimes de gozo y placer.
Surgió el amor con todas las letras y en todo su esplendor. Aquel acto animal, instintivo y visceral del principio se transformó en algo mucho más grande; en algo mucho más humano, mucho más amplio y consciente; algo que iluminó las vidas de aquellos jóvenes amantes.
¡Oh, el amor! Es el bálsamo que cura todas las heridas, el linimento que suaviza los rigores de la vida, el antiséptico que previene todos los males. En su presencia no existe el dolor, no existe la pena; el sufrimiento se mitiga y se hace amigable.