Elena y el vagabundo nocturno

Susana

Susana llevaba varios días que no era la misma. Una madre todavía joven, que no llegaba a los 40 años; alta, con unos ojos grandes y profundos que hablaban por sí solos.

Mujer dotada de una gran sensibilidad, había desarrollado una especial afinidad por su hijo mayor, especialmente cuando este alcanzó la pubertad. Una atracción que casi llegó a rozar lo prohibido, aunque sin traspasar la línea, naturalmente.

¿Serían celos lo que tenía?, se preguntaba.

Ciertamente, tenía miedo siquiera de plantearse esa pregunta, no fuera a ser que la respuesta le incomodara demasiado. Sin embargo, había algo más dentro de esa sensación; algo más que celos, y era la constatación de que la relación con su hijo de alguna manera se había roto. O al menos, que él había perdido la confianza que tenía con ella.

No eran tanto celos, sino decepción o dolor, se dijo, aunque, por otra parte, lo que había ocurrido era natural. Lo raro es que no hubiera ocurrido antes…

Pero claro, era imposible que ocurriera antes, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos.

Porque el caso es que Iker también había sufrido bullying, igual que tantos otros en el instituto. El Travolta lo machacó despiadadamente y las cosas no fueron a más gracias a que pronto lo dejó en paz y se volcó en otro objetivo. Y también como no, por el apoyo decidido de sus padres, que, lejos de reprocharle nada, le ayudaron incondicionalmente.

“Mamá, es obligatorio que los niños vayan a la escuela. Os meterán en la cárcel si me quedo en casa” les decía el chico. “No, hijo”, contestaban los padres. “Si es necesario, decimos que estás enfermo. Que tienes una enfermedad grave, de larga duración, o que has tenido un accidente. Y si es preciso, nos inventamos un informe médico para justificarlo”.

No hubo necesidad de hacer nada de eso y las cosas volvieron a su cauce poco a poco. Porque a diferencia de Elena, Iker sí tenía un amigo fiel e incondicional a quien le contaba todos sus problemas; un amigo en quien se apoyaba cuando las cosas no iban bien, y a quien contaba todo para su propio consuelo y para recibir útiles consejos: su propia madre. Una madre cercana que se comportaba y actuaba como el amigo que nunca tuvo, y que consiguió de alguna manera que el chico abandonara algo aquella introversión tan perniciosa.

Y como si fuera un amigo real, en aquella época —y también después—, tenían conversaciones como esta:

—¿Cuál de las dos te gusta más? ¿Lara o Thalía? —le preguntaba ella.

—Hombre, Thalía está más buena. En plan… tiene más curvas, y es más guapa de cara.

—Además, a ti te gustan rubias, ¿no?

—Bueno, no necesariamente. Casi te diría que me quedo con Lara. En plan… Tiene más pecho. Así tienes donde agarrarte cuando lo haces.

Los dos se rieron.

—De todas formas, es hablar por hablar —siguió el chico—. En plan… Yo no tengo ninguna posibilidad de salir con ellas.

—¿Por qué no?

—Pues… ¡Porque no! En plan… Tengo las mismas posibilidades que tiene, por ejemplo, Elena, de salir con el Travolta. ¡Cero!

—¿A Elena le gusta el Travolta?

—No lo sé. Supongo que sí. A todas las chicas les gusta.

—Vale. Pero suponte, por un casual, que un buen día las cosas cambian, y te dan la posibilidad de elegir a una de las dos para irte con ella a una isla desierta. ¿A cuál te llevarías?

El chico sopesó la alternativa por unos instantes.

—A ninguna. Las dos son insoportables. Para un rato, vale; pero ya está.

—Ya claro. Pero, imagínate que pudieras… hacerles antes un trasplante de cerebro. Eso es. Que pudieras llevarte a uno de esos dos cuerpos, pero con un carácter hecho a tu medida. ¿A cuál de las dos elegirías?

—Pues no sé… —el muchacho se quedó pensando durante unos segundos—. Creo que a Lara.

—¿Por lo del pecho?

—No solo por eso. La otra está demasiado delgada. Y a mí me gustan más…

—Contundentes —completó la madre.

—Sí, eso es. —Los dos volvieron a reír.

El caso es que hacía tiempo que ya no tenían conversaciones como esa. El chico volvía a estar distante, y la madre temió que hubiera vuelto a las andadas. Que el Travolta u otro cualquiera se hubiera vuelto a meter con él.

Pronto desterró ese pensamiento de su cabeza, pues se le veía feliz y contento, e incluso más que nunca. Y eso era lo raro. Le hubiera gustado llevárselo a alguna parte y estar todo el día juntos, pues solo así conseguía arrancar alguna palabra de aquel chico tan taciturno. Pero los trastornos de su otra hija lo impidieron. Ahora debían volcarse con ella como en su día lo hicieron con él.

Una pena lo de Alicia. Tanto Iker como su hermana habían heredado la introversión del padre, y Susana era incapaz de penetrar en su mente como si había podido hacerlo en el caso del chico. Y por eso se estaban gastando un dineral en costosas sesiones de terapia conductual, para que un especialista consiguiera triunfar donde sus padres habían fracasado. Y a fe que lo estaban consiguiendo.

Una parte de la culpa la tenía Nacho, su marido. Tenía que haber aprovechado el tirón que tenía con Alicia para entrar en su cabeza, igual que ella lo había hecho en la de Iker. De todo el mundo es conocido que los chicos se llevan mejor con las madres que con los padres, mientras que las chicas encuentran mayor afinidad con estos.

Y por esa misma razón, Susana no había podido congeniar con su hija y existía una natural distancia entre las dos. La misma distancia, por cierto, que existía entre Iker y su padre. No se trataban en absoluto, a pesar de que Nacho tampoco era el ogro que aparentaba ser.

Un hombre mayor, que ya pasaba de los sesenta años, se enamoró de él por la fascinación propia de la alumna joven que se quedaba ensimismada mirando al profesor. Porque eso era su marido: profesor de matemáticas financieras en una universidad pública. Y mal profesor, por cierto. Parco en palabras, apenas explicaba las lecciones ni casi respondía las dudas de los alumnos.




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