Elena y el vagabundo nocturno

El descubrimiento

Los rigores del invierno habían pasado ya, dejando tras de sí un recuerdo casi remoto, como una vieja fotografía descolorida por el tiempo. La primavera, frondosa y generosa, daba igualmente sus últimos estertores, aferrándose a los días con la terquedad de quien sabe que está a punto de despedirse. En las aceras, el polen de los chopos comenzaba también a dispersarse, flotando en el aire como un ejército diminuto de luciérnagas pálidas, al haber cumplido la función que la naturaleza había dado a esa especie de gramíneas: perpetuar el ciclo, asegurar que la vida siguiera su curso, y de forma silenciosa y obstinada.

El calor, que durante semanas había permanecido contenido aguardando su momento, comenzaba de nuevo a ser sofocante. Se insinuaba primero en las mañanas, con un leve temblor en el aire, y luego se imponía sin miramientos, machacando cruelmente los cuerpos de quienes no tenían más remedio que trabajar expuestos al astro rey. Bajo ese sol implacable, las sombras parecían encogerse, incapaces de ofrecer refugio suficiente; y los hombres y mujeres que transitaban por las calles sentían cómo cada movimiento se volvía más lento, más pesado, como si el verano recién nacido reclamara tributo por adelantado.

Aun así, había en ese tránsito entre estaciones una belleza difícil de negar: el convencimiento de que pronto llegaban las vacaciones, la promesa de largas y prolongadas tardes, y el murmullo de los insectos que despertaban de su letargo en la dehesa para anunciar que el mundo seguía girando. Era el tiempo en el que todo, incluso el cansancio, adquiría un matiz distinto, casi ceremonial, como si cada gesto humano formara parte de un rito antiguo que celebraba la llegada del verano.

Sin embargo, no todo el mundo tenía las mismas sensaciones. En la casa de Elena, Yolanda seguía llevando una vida miserable, aferrada a la dosis diaria de pastillas que le hacían sostener su existencia y hacerla más llevadera.

En uno de esos amaneceres radiantes, la mujer se despertó empapada en sudor. Había vuelto a tener una pesadilla, y esta vez de lo más vívida. Un tipo de sueño que se repetía con demasiada frecuencia en los últimos meses.

Soñaba que su hija se acostaba con un hombre en la habitación de al lado. Que, a pesar de que intentaban no hacer ruido, no podían evitar algunas risitas, e incluso ciertos gemidos. Alguna vez incluso había oído la puerta de la calle cerrarse al despedir al amante…

Esta vez no había soñado con eso, pero sí con las risitas y los jadeos. Y había sido todo tan real… ¿sería todo cierto en lugar de una pesadilla?, se preguntó. ¿Estarían ahí todavía?

En ese momento, salió de la cama dando un salto y se abalanzó sobre la habitación contigua. “Como Elena haya puesto la cuña”, se dijo, “esta vez la vamos a tener, y bien gorda.”

La cuña… era un taco de madera en forma triangular que la muchacha usaba para atrancar la puerta desde dentro. Ella había insistido en tener un cerrojo interno para “tener intimidad”, pero sus padres, por razones obvias dados sus antecedentes, se lo habían negado. Aun así, ella se las apañaba con ese artilugio, que, a efectos prácticos producía el mismo efecto.

En una ocasión, con motivo de otra de esas pesadillas tan vívidas, la madre había querido entrar para comprobar si había alguien con la chica, y se encontró con la cuña puesta. Afortunadamente no estaba cometiendo ninguna barbaridad, y se quedó tranquila al hablarle con calma, aunque, eso sí, se le notaba algo nerviosa, según ella, por el susto. Cuando finalmente entró, ciertamente la chica estaba sola, aunque se estaba terminando de poner el pijama; como si hubiera estado durmiendo desnuda, cuando siempre solía vestirlo, y más en invierno.

Esta vez no hubo necesidad de forzar ninguna puerta. Estaba entreabierta, y Yolanda pudo comprobar que no había nadie dentro de la habitación. Después, oyó el sonido de la ducha, con lo que probablemente sería Elena, que ya se había levantado. No eran todavía las ocho, y era raro que lo hiciera tan pronto, ya que lo solía hacer por la noche. Pero no podía ser otra persona. José aún no había llegado del trabajo, aunque, eso sí, estaría a punto de hacerlo.

Entró en la cocina y se dispuso a desayunar. Mientras se preparaba el café se quedó mirando a las notas adhesivas que había en la nevera. Su marido y ella misma usaban ese sistema de recordatorios para que Yolanda no se olvidara de hacer las tareas más elementales, pues sus fallos de memoria eran cada vez más evidentes. “Dichosas pastillas…”, se dijo. No solo ya no le dejaban K.O. como ocurría antes, es decir, habían perdido su efecto “primario”, sino que, además, los secundarios no cesaban de machacarla, como era el caso de las pesadillas. Quizá tuviera que dejarlas del todo en lugar de ir al médico a que se las cambiara, como decía José. Al fin y al cabo, la niña ya no les daba los problemas de antes…

Efectivamente, Elena había madurado. Al tener ya 17 años, había optado por completar la Secundaria “a distancia”, o, como se decía antes, “por correspondencia”, y la verdad es que no le había ido nada mal. Los últimos exámenes, mismamente, los había sacado todos con sobresaliente.

Releyó las tareas que tenía apuntadas para el día: llevar los uniformes de José a que los limpiaran, comprar aceite, mermelada, sal, galletas… “¡ah!, y café, que ya queda poco”, apuntó a su vez. “Que más… ah, sí. Pedir cita para el endocrino”. Esa mañana tenía que hacerlo sin falta, pues la niña ya no podía seguir así. Vale que la tranquilidad le había hecho engordar; vale que, al estar casi siempre en casa y no hacer ejercicio, es normal que se cojan algunos kilos. Pero tantos… Elena tenía unos brazos que parecían muslos, y la tripa… ¡Ja! La tripa. Era casi como la de una embarazada, o incluso más…

Mientras se terminaba de hacer el café, salió de la cocina para hacer su cama. Al pasar delante de la puerta de la habitación de Elena, pudo comprobar que ya había salido de la ducha y estaba allí, terminando de secarse con la toalla.




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