Elena y el vagabundo nocturno

El alumbramiento

La noche se había tendido sobre la dehesa con una lentitud solemne. No había caído de golpe: primero había borrado los caminos, después había confundido los límites de las fincas y, por último, había dejado las encinas flotando como islas oscuras bajo el cielo. La luna llena, limpia y alta, vertía una luz plateada sobre los prados. Allí donde alcanzaba, la hierba húmeda relucía, y donde no, el terreno se hundía en sombras densas y azules.

El silencio no era absoluto, aunque desde lejos pudiera parecerlo. Tenía capas. En la más próxima se oía el roce del pasto bajo el relente y el leve chasquido de las ramas. Más allá, alguna vaca mugía con una gravedad soñolienta. De vez en cuando, un ave nocturna cruzaba sobre las copas y dejaba un graznido breve, casi metálico, que se alejaba hacia la llanura. Luego, todo volvía a quedar en calma.

El alumbramiento
Olía a tierra, a corteza y a primavera reciente. El invierno aún permanecía escondido en algunos rincones, sobre todo en el aire que bajaba del norte, pero la noche no era fría. Era una frescura húmeda, de esas que se pegan a la ropa y vuelven visibles las respiraciones solo cuando el viento arrecia. Al resguardo de un pequeño montículo, Iker y Elena habían levantado la tienda de campaña con más entusiasmo que cuidado.

Desde allí veían un fragmento de cielo entre dos encinas. Las estrellas parecían más numerosas que en el barrio, libres del resplandor de las farolas. Elena llevaba un rato contemplándolas, tumbada junto a Iker, mientras escuchaba su respiración y el murmullo de la lona. Por momentos sentía que la dehesa entera los protegía; en otros, su inmensidad la hacía sentirse diminuta.

La pareja había terminado de hacer el amor en aquella tienda de campaña improvisada, que habían montado entre los dos de mala manera. La luna había tardado en salir, y tuvieron que hacerlo a oscuras, tan solo iluminados por la luz de los celulares.

Llevaban mucho tiempo sin tocarse, pues las sesiones de Alicia habían terminado y aquellos miércoles ya no estaban disponibles para sus encuentros. No podían usar más la casa de Iker, pues su padre, Nacho, se podría dar cuenta.

Pero ya podían más. Deseaban ardientemente darse el uno al otro, e idearon la historia del camping para que sus respectivos padres les dejasen pasar la noche juntos.

No podía ser en fin de semana, pues José no trabajaba y se daría cuenta. Él no era tanto el problema, sino Yolanda. El hombre se lo diría a su mujer, y ya estaría el lío montado. Ella todavía no sabía nada de que lo tenían entre los dos, y no podían arriesgarse a que le dijera, ¿Oye dónde se ha ido Elena?

Tampoco podía ser en diario, momento ideal de escapadas nocturnas por parte de la chica, pues el padre de Iker no se lo creería.

Es curioso cómo las afinidades suelen ir siempre en la misma dirección: siempre son los padres quienes apoyan a las hijas y las madres a los hijos, mientras que existe un conflicto soslayado entre madres e hijas y padres e hijos. O al menos, en la mayoría de los casos, claro.

Así las cosas, lo idearon para un sábado. Elena dijo a sus padres que iba a hacer una excursión nocturna por la dehesa con unos excompañeros del instituto.

Yolanda se extrañó, pues ella seguía sin tener amigas. Su relación con Iker todavía era secreta, y nadie podía invitarla a una cosa así.

—Me voy con Iker y unos cuantos más de su clase.

—¿Quiénes son?

Elena se encogió de hombros:

—No lo sé. Yo no los conozco.

El cuento coló, no sin antes Yolanda hablar con Susana y confirmarlo. Al fin y al cabo, era verdad, y se habían llevado una tienda de campaña… aunque no había ningún compañero alrededor.

El caso es que no la pusieron en condiciones. Tenían prisa. De hecho, mientras la instalaban, él no paraba de tocarla y de besarla, y tuvo que ser ella quien impidiera que hicieran el amor allí mismo, sobre la tierra y a la intemperie. Pero en cuanto estuvo medianamente puesta, se abalanzaron en su interior, se desnudaron, y lo hicieron.

Se gozaron intensamente y con ganas, y ahora charlaban animadamente dentro de la tienda, todavía desnudos, iluminados precariamente con los celulares.

—Oye, gordi —le dijo él, con esa mezcla de picardía y torpeza que a Elena le resultaba tan fácil reconocer—. Me he dado cuenta de que cada vez estás más “gordi”. En plan… Desde que lo hicimos la última vez, por lo menos.

—Mira, rostro pálido… —le llamaba así por la blancura de su piel, por esa palidez que tenía—. No me gusta que me llames eso. ¿Vale?

—Vale, gordi. No volveré a llamarte “gordi”. Puedes estar tranquila, gordi.

—¡Serás malo! —le dio un mordisco en el hombro, y él a su vez le pellizcó en un pecho.

Pero ella no se quedó quieta. Le volvió a pellizcar a él y este a su vez la mordió en el cuello. Iker soltó una risa contenida y respondió con otro pellizco. La tensión se deshizo, y el pequeño forcejeo fue creciendo entre risas y grititos. Los mordiscos, los pellizcos y las cosquillas en todas las partes de sus cuerpos se sucedieron sin cesar, mientras no paraban de reír y de jugar, revolcándose sobre el suelo.

Afuera, la dehesa seguía impasible; pero dentro, la tienda crujía con cada movimiento. La lona, mal tensada desde el principio, empezó a vencerse hacia un lado. Uno de los vientos se soltó con un latigazo seco. Ellos se quedaron quietos un instante, mirándose, como si aún hubiera tiempo de evitar el desastre. Pero no lo hubo.

El eje cedió, los anclajes saltaron de la tierra húmeda y la tienda se desplomó sobre ambos, momento en el que las carcajadas llegaron al máximo. Una ráfaga de viento encontró la abertura y se llevó la lona pendiente abajo, hinchándola como una vela. Iker salió detrás de ella a trompicones, desnudo como estaba, mientras Elena, atrapada entre la esterilla y una maraña de tela, se reía hasta quedarse sin aire.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.