Elena y el vagabundo nocturno

Epílogo

El parque era un hervidero de niños de todas las edades. Ya faltaba poco para el final de las clases, y se congregaban multitud de criaturas con sus respectivos padres y madres para pasar la tarde. Esas largas tardes de comienzo de verano que parecían no terminarse nunca.

Allí estaba Elena, charlando animadamente con otras madres, todas mucho mayores que ella.

Una se quejaba de que su niña comía poco. Otra hablaba de las rabietas del mayor. Otra, de que su hijo no le dejaba dormir por las noches. Y así, toda una cantinela de quejas, donde cada madre pugnaba por ver cuál de ellas era la más sufrida.

Elena escuchaba pacientemente y respondía con consejos que nacían de la experiencia:

—No te preocupes, mujer. Al principio es un poco duro, pero luego se normaliza. Ya verás.

Allí estaba ella, dando lecciones a otras mujeres, que, más que madres, por su edad podrían ser abuelas.

Se disculpó un momento con ellas, y dejó a los niños con Iker en la zona de los columpios. Le había parecido ver a una persona en cierto lugar que no debería estar, y se adelantó para comprobar quién era ese hombre.

Hacía ya muchos años que no miraba hacia allí, entre otras cosas porque la zona infantil distaba mucho del lugar donde estaba aquel banco. Aquel banco que le traía tantos recuerdos…

En la distancia había visto a alguien que se sentaba en el lado derecho, y permanecía mirando hacia el infinito con los codos apoyados sobre el respaldo.

El recuerdo de Alder la conmovió, porque ese hombre supuso un antes y un después en su vida. No solo cambió su percepción del mundo y de la manera de ver la existencia en general, sino que también sirvió para constatar algo que ella ya intuía y que los demás se negaban a admitir: Elena no estaba loca cuando decía que veía fantasmas. Simplemente, poseía un don que le hacía comunicarse con las almas de otras personas, especialmente las de los difuntos. Pero no solo con las de ellos. De hecho, supo que estaba embarazada mucho antes de que ningún test se lo dijese porque, en el que fue su último intento de suicidio antes de abandonar para siempre esas tentativas, pudo escuchar la voz de un alma muy pequeñita que le decía: “Mamá, ¡no te mates! ¡Por favor! ¿No te das cuenta de que si lo haces también moriré yo?”

Cuando por fin llegó al famoso banco, su corazón comenzó a latir deprisa. Una mezcla de recuerdos, de sentimientos y de emoción, que se intensificaron cuando observó quién era la persona que estaba allí.

Era un hombre joven vestido de la misma manera que Alder. Los mismos pantalones marrones, la misma camisa y los mismos zapatos… Solo que ahora no estaban rotos. Todo era ropa nueva, igual que su propietario: un hombre de unos treinta años, solo un poco mayor que ella, que olía a un extraño perfume parecido al jazmín mezclado con otras esencias.

Era él. A pesar de tener treinta o cuarenta años menos, no cabía duda: era Alder.

—Hola, Elena. Veo que seguiste mi consejo. ¡Estás embarazada!

—Bueno… en plan, este que ves aquí dentro —se señaló la barriga— es ya el tercero que fabricamos Iker y yo.

—¡Enhorabuena! —se congratuló, esbozando una gran sonrisa—. Así no te pasará lo que a tu madre. ¿Sigue tan amargada?

—No tanto. Ahora tiene nietos —sonrió.

Ella se sentó a su lado, igual que lo había hecho siempre, como si todos los años transcurridos desde la última vez que se vieron no hubieran pasado. Como si aquella vez que se despidieron en la casucha hubiera sido la semana anterior.

Epilogo

—¿Cómo se lo tomó? Me refiero, tu madre.

—Fatal. Pero bueno, como todo me daba igual, pues, en plan… me entró por un oído y me salió por el otro.

—¿No se encaró contigo?

—¡Ya lo creo! Pero no le dije nada hasta que me vio bien gorda. Más de lo normal, y solo la tripa…

—Estaba claro que era un embarazo.

—Eso es. Y claro, no iba a golpear a una embarazada…

—Obviamente.

—Pues no te creas, que lo intentó.

—¿En serio?

—Sí. Pero le dije algo así como: “Ni se te ocurra ponerme una mano encima, o te denuncio ahora mismo. Así que tienes dos opciones: O te resignas a tratarme bien y ayudarme a cuidar al niño cuando nazca, o te vas a la cárcel. Tú decides. Y yo que tú elegiría la primera opción”.

—¡Bien hecho! Y, ¿qué hizo?

—Eligió la primera opción. —Los dos soltaron una carcajada.

—Pues sí —siguió Elena—. Y, ¿sabes qué? Ahora está encantada. Quiere con locura a los niños, y sobre todo al mayor. Y eso que ya no vivimos en su casa, y no los ve tan a menudo. Aun así, me llama todos los días para preguntarme por ellos.

—Claro, es lo que te dije. Los hijos o los nietos son siempre una alegría. Satisfacen el instinto maternal que toda mujer lleva dentro, aunque al principio se resistan a ello.

Los dos se quedaron mirándose durante unos instantes y él preguntó:

—Bueno, ¿no te extrañas de verme?

—¿Extrañarme? Siempre supe que eras un fantasma.

—¿Siempre?

—Bueno, no siempre. Lo descubrí cuando los padres de un compañero del cole de Alder me dijeron que llevaban viviendo en tu casa… desde un año antes de conocernos tú yo. La reformaron e hicieron un “loft”.

El hombre sonrió. Probablemente sus parientes vendieron la vivienda cuando él murió y esa familia acudió allí.

—Has dicho… ¿Alder?

—Mi hijo pequeño. El mayor se llama Iker, como su padre. Y la que está aquí dentro —volvió a señalarse—, se llamará Elena.

—¡Qué suerte! Vas a tener una niña... Así tendrás alguien que te llame cuando seas mayor.

—Sí, claro…

—Oye, y solo por eso supiste que yo…

La chica esbozó una pequeña sonrisa.

—No solo por eso —admitió—. La verdad, he pensado en ti a menudo durante todos estos años, y… bueno, había muchas cosas que no encajaban —hizo una pausa—. Lo que me extraña es tu cambio de aspecto. ¿Qué te ha pasado?




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