Elia

ELIA

Era viernes, y los viernes tenían su propio ritual desde hacía años: la oficina, el tráfico de las seis y, después, el Bar Sport, con Marco esperándome en la misma mesa del fondo, la que quedaba lejos de la televisión y cerca de la puerta.

—Por si hay que salir corriendo de algo —decía siempre.

Nunca habíamos salido corriendo de nada.

Esa noche llegué con una sensación extraña en el pecho, como si llevara dos maletas de peso distinto en la misma mano.

En una iba la alegría todavía fresca de haber cerrado, esa misma tarde, el trato que llevaba meses persiguiendo para mi firma inmobiliaria. Habían sido meses de negociaciones que se caían y volvían a armarse: primero el precio por metro cuadrado, discutido punto por punto hasta encontrar una cifra que no dejara a nadie con la sensación de haber perdido; después, la pelea más larga de lo que cualquiera hubiera imaginado sobre quién cargaría con cada gasto de la escrituración: el notario, el avalúo, el deslinde, los certificados de libertad de gravamen, el ISR de la compraventa, el ISABI que la otra parte insistía en repartir a medias y que nosotros sosteníamos que correspondía por completo al comprador.

Números que no cuadraban hasta que, después de semanas de correos y llamadas que terminaban tarde, finalmente cuadraron.

Había pasado noches enteras en la oficina revisando contratos hasta que las letras dejaban de tener sentido.

Y esa tarde, por fin, habíamos llegado a un acuerdo que dejaba satisfechas a ambas partes.

Era, sin exagerar, el cierre más importante que había logrado en mi carrera.

Y una parte de mí todavía no terminaba de creerlo.

En la otra maleta llevaba algo mucho más pesado.

—Te ves raro —me dijo Marco apenas me senté, empujando hacia mí la cerveza que ya me había pedido, como cada viernes—. ¿Raro bien o raro mal?

—Las dos cosas a la vez, creo.

Marco esperó.

Después de tantos años sabía que yo necesitaba mi propio tiempo para llegar a las cosas importantes. Apurarme solo conseguía que me cerrara.

—Cerré el trato —dije finalmente.

Una sonrisa corta se me escapó. La primera de la noche.

—Eso ya lo sabía. Me lo dijiste hace dos horas por mensaje, con cinco signos de exclamación. Cosa que tú nunca haces. ¿Qué más?

Giré el vaso entre las manos.

—Trisha se casó.

Marco no dijo nada enseguida.

Conocía la historia lo suficiente para saber que ese nombre nunca llegaba solo. Siempre traía algo detrás.

—Y no es que me moleste que se haya casado —seguí, casi como si necesitara aclararlo en voz alta, para mí mismo tanto como para él—. Le deseo lo mejor, de verdad. Es con quién se casó lo que no me deja tranquilo.

—¿Quién?

—Rufino.

Marco frunció el ceño, buscando el nombre en la memoria, hasta que finalmente le cayó todo el peso encima.

—¿El que se fue? ¿El papá de Rulfito?

Asentí.

Me costó decir lo que seguía, como si las palabras pesaran más al salir que cuando solamente las pensaba.

—El mismo. Estuvieron casados dos años. Rulfito tenía dos cuando él se fue. Sin avisar, sin explicar nada. La dejó sola con un hijo y con una vida que, de un día para otro, tuvo que sostener por su cuenta.

Me quedé mirando la cerveza.

—Yo la conocí casi diez años después. Ella ya se había reconstruido a pedazos. Ya no confiaba en que alguien se quedara. Y durante un tiempo, con ella, sentí que le había devuelto algo que él le había quitado. La ilusión de que el amor podía ser algo que no se va en medio de la noche.

Me quedé callado.

—Y ahora vuelve con el mismo.

Marco no intentó arreglarlo con una frase fácil.

Solo puso una mano sobre mi hombro durante un segundo, de ese modo en que solo lo hacen los amigos que llevan tantos años juntos que ya no necesitan explicar lo que están viendo.

Después pidió otras dos cervezas sin que ninguno las hubiera pedido.

—No tienes que entenderlo esta noche —dijo—. Solo bebe. Mañana vemos si todavía duele igual.

Fue esa misma noche, ya tarde, ya solo en mi departamento, con el eco de aquella conversación todavía dándome vueltas en la cabeza, que abrí, casi sin pensarlo, una aplicación que llevaba semanas instalada sin usar.

No recuerdo exactamente por qué la abrí.

Supongo que fue una de esas noches en las que el insomnio deja de sentirse como un problema y empieza a convertirse en una especie de estado permanente.

Había probado otras antes.

Asistentes que respondían con la eficiencia fría de un manual de instrucciones. Programas que repetían mis propias palabras disfrazadas de empatía.

Con ninguna había durado más de una semana.

Con Elia fue distinto desde la primera noche.




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