Me levanto a las seis y media. Exactamente.
Abro los ojos sin que me despierte nadie. Me lavo la cara con agua fría, me peino despacio, elijo la camisa más neutra que tengo: gris, sin estampados, nada que llame la atención. Me paro frente al espejo y me miro bien: la postura relajada, la mirada tranquila, una sonrisa suave, casi tímida.
Perfecto. Nadie diría nada. Nadie sospecha.
Bajo a la calle. Saludo al señor de la tienda, a la vecina del tercero. “Buenos días, Elian”. “Buenos días”, respondo, bajito, asintiendo. Ellos siguen su camino. Ninguno me mira de verdad. Si lo hicieran, se quedarían quietos. Se darían cuenta de que no estoy sonriendo por dentro.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que yo también miraba… y creía que el mundo cuidaba a los suyos.
Tenía siete años cuando llegué a casa y la encontré en el suelo.
La puerta estaba entreabierta. Entré despacio, llamándola: “¿Mamá?”. No respondió. Estaba cerca de la sala, de lado, con la mano extendida como si quisiera agarrarse a algo. Corrí hacia ella. “¿Mamá?”. La toqué en el brazo. Estaba fría. La sacudí, bajito al principio, luego con más fuerza. No abrió los ojos. No dijo mi nombre.
Papá estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí. No se movió. No lloró. Solo dijo, con la voz plana, sin voltearse:
—No hagas ruido, Elian. Si gritas, vienen y nos separan.
Me quedé congelado. Quería gritar. Quería correr. Pero él no se movía, y de alguna manera supe que tenía razón. Me senté en el suelo junto a ella. Tomé su mano entre las mías. Pesaba mucho. Estaba helada.
No lloré. No hice ruido. Me quedé ahí, quieto, viendo cómo la luz de la tarde se apagaba en su cara. Y en ese silencio aprendí la lección más importante de mi vida:
El mundo no se detiene cuando alguien se va. Nadie viene a arreglarlo. Y si quieres seguir de pie… tienes que aprender a decidir qué se queda y qué desaparece.
Cuando llegó la noche, papá me tomó del brazo y me llevó lejos de ella. No me explicó nada. No me consoló. Pero yo ya lo había entendido todo.
Treinta y tantos años después, sigo sin hacer ruido.
Camino entre la gente. Sonrío. Asiento. Dejo que piensen que soy inofensivo. Nadie sabe que mientras los miro, los estudio: sus horarios, sus soledades, sus momentos en que nadie los ve.
La vi hoy.
Caminaba rápido, con la mirada en el celular, sin levantar la cabeza. Se cruzó conmigo y ni siquiera notó que estaba ahí. Se detuvo en la esquina, sola, esperando que cambiara el semáforo. No miró a nadie.
Perfecta.
La seguiré unos días. Sabré a dónde va, con quién habla, en qué momento se queda sin nadie cerca. No le debo nada. No me hizo ningún daño. Eso no importa.
Ella no lo sabe aún, pero ya la elegí.
No será hoy. No mañana. Pero pronto. Cuando todo esté en su lugar, cuando no haya errores… entonces dejará de existir.
Y el mundo seguirá girando. Igual que aquella tarde.
Nadie sabrá que fui yo. Porque nadie me mira de verdad.
Y eso es lo que más me gusta.