Elian(lo que oculta una sonrisa)

El momento perfecto

El reloj de la pared marcaba las seis y media exactas cuando me puse de pie.
Me lavé las manos. No porque estuvieran sucias, sino porque necesitaba sentir el agua fría recorrerlas, clara y limpia, como si pudiera lavar de antemano todo lo que iba a hacer. Me miré al espejo: la mirada tranquila, la postura relajada, la sonrisa suave, casi tímida. Nadie diría nada. Nadie sospecharía nunca. Me peiné despacio, me puse la chaqueta de siempre, la que no llama la atención, la que hace que la gente pase a mi lado sin verme. Revisé todo dos veces. La llave. El dinero. El silencio.
Salí de casa sin hacer ruido. El aire de la tarde estaba fresco, con ese olor a tierra mojada que deja la lluvia ligera de la mañana. Las calles empezaban a llenarse de gente que regresaba de sus trabajos, que hablaba por teléfono, que reía, que vivía sin saber que el mundo puede cambiar en un solo instante. Caminé entre ellos y ninguno notó que yo ya estaba en otro lugar, en un espacio donde el tiempo se mueve distinto, donde cada paso tiene un peso que solo yo conozco.
Llegué al parque antes que ella. Me situé donde siempre, entre los árboles altos y oscuros, donde la sombra cae más densa y la luz no llega del todo. Desde ahí lo veía todo: la entrada, el sendero, el banco apartado donde se sienta cada tarde. Conté las personas que pasaban. Tres. Una pareja que caminaba de la mano, hablando bajito. Un anciano que paseaba a su perro. Una chica con audífonos, mirando el suelo. Ninguno se detendría. Ninguno miraría dos veces. Todo estaba en su lugar.
Entonces la vi.
Llegó a las siete y dos minutos. Exacta. Igual que siempre. Caminaba con los mismos pasos cortos y apresurados, la cabeza inclinada, las manos metidas en los bolsillos. Llevaba la misma chaqueta desgastada, el cabello recogido de forma descuidada. Se detuvo un instante en la entrada, miró a ambos lados, y pareció dudar. Algo cambió en su rostro: la boca se le tensó, los ojos se le llenaron de algo que no pude nombrar del todo — miedo, cansancio, resignación. Luego respiró hondo, enderezó los hombros, y siguió caminando hacia el banco.
Esa fue la señal.
No me moví todavía. La observé sentarse, sacar el teléfono, mirar la pantalla sin deslizar el dedo. Permaneció así varios minutos, inmóvil, como si estuviera esperando algo que sabía que no llegaría. Dejó escapar un suspiro tan leve que casi no se oyó. Se abrazó a sí misma, igual que el día anterior, y supe que no había nadie que la esperara. Nadie la llamaría. Nadie vendría. Estaba completamente sola.
Di un paso fuera de la sombra. Luego otro. Mis pasos no hacían ruido sobre la tierra húmeda. Cuando estuve a unos metros, levantó la vista. Nuestras miradas se cruzaron. Esta vez no apartó la suya de inmediato. Me sostuvo la mirada un segundo más de lo debido, y en sus ojos vi algo que me detuvo un instante: no era miedo. Era reconocimiento. Como si supiera quién era yo antes de que yo dijera una sola palabra.
—Te he visto antes —dijo, la voz suave, sin acusarme.
Me detuve. No sonreí todavía. No mentí todavía.
—Sí —respondí, bajito—. Me has visto.
—¿Por qué vienes? —preguntó. No se levantó. No retrocedió. Se quedó ahí, sentada, mirándome, como si ya supiera la respuesta.
—Porque nadie más lo hace —dije.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Asintió lentamente, como si aquello confirmara algo que llevaba mucho tiempo sospechando.
—Nadie viene —susurró—. Nadie viene nunca.
Me acerqué un paso más. No dije nada. No tuve que hacerlo. Me senté en el extremo del banco, dejando espacio entre los dos, como si fuéramos dos personas normales que se encuentran por casualidad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Elian —dije—. ¿Tú?
—Valeria —respondió, y el nombre sonó suave, como si no lo dijera a menudo.
Valeria. Lo repetí por dentro. Valeria. Ya tenía nombre. Ya era algo más que una sombra que perseguía. Era real. Tenía nombre, tenía voz, tenía ojos que habían visto demasiado y que no brillaban ya.
—¿Vienes siempre a esta hora? —preguntó, mirando hacia los árboles.
—Solo cuando sé que vas a estar tú —respondí.
Giró la cabeza hacia mí. No se asustó. Pareció entender.
—Me has estado siguiendo —dijo. No fue una pregunta.
—Te he estado observando —corregí—. Para saber si estabas sola.
Valeria bajó la mirada a sus manos, que retorcían el borde de su chaqueta.
—Siempre estoy sola —dijo—. No es difícil de saber.
—Lo sé —dije—. Y eso… eso me duele.
Levantó la vista, sorprendida.
—¿Por qué? —preguntó—. No me conoces.
—Porque yo también lo estoy —dije—. Siempre. Desde que era pequeño. Aprendes a ver a los demás. Aprendes a saber quién está igual que tú.
Se quedó en silencio. El viento movió las hojas sobre nuestras cabezas. Un pájaro cantó a lo lejos y luego calló.
—¿Y qué quieres? —preguntó, la voz temblorosa pero firme—. ¿Qué vas a hacer?
La miré bien. Sus ojos. Su boca. Sus manos apretadas contra su regazo. Vi el miedo empezar a crecer en ella, pequeño al principio, luego más grande. Y sentí algo que no esperaba: no satisfacción, no poder… tristeza. Una tristeza profunda, oscura, que venía de algún lugar que no sabía que tenía.
—No quiero que estés sola —dije.
Valeria negó con la cabeza lentamente.
—Eso no puedes decidirlo tú —dijo.
—Alguien tiene que hacerlo —respondí—. Nadie más lo hace. Nadie más se preocupa.
Se puso de pie de golpe. Dio un paso atrás.
—Tengo que irme —dijo.
—No —dije, suave pero firme—. Todavía no.
Se detuvo. Me miró y esta vez sí hubo miedo en sus ojos.
—¿Quién eres tú? —susurró.
Me levanté despacio. No fui hacia ella. Me quedé donde estaba.
—Soy quien va a poner fin a tu soledad —dije—. Para siempre.
Retrocedió otro paso. Sus manos buscaron algo que no estaba ahí.
—No me hagas daño —dijo.
—No voy a hacerte daño —mentí, y la palabra salió tan fácil, tan suave, que casi la creí yo mismo—. Voy a liberarte. De todo esto. De todo el dolor.
—No —susurró—. Por favor, no.
—Mira a tu alrededor, Valeria —dije, extendiendo la mano—. ¿Ves a alguien? ¿Ves a alguien que venga? ¿Alguien que te busque?
Miró a izquierda y derecha. El parque estaba vacío. La luz se iba apagando poco a poco, volviendo todo gris y borroso. Nadie venía. Nadie la veía.
—Nadie va a venir —dije—. Lo sabes. Lo has sabido todo este tiempo. Igual que yo lo supe a los siete años. Igual que lo supe a los trece. El mundo no cuida a los que están solos. Los deja caer.
—No quiero —dijo, y la voz se le quebró—. Tengo derecho a seguir aquí.
—¿Para qué? —pregunté, dando un paso hacia ella—. ¿Para qué seguir aquí si nadie te ve? Si nadie te espera? Si cada día es igual de vacío que el anterior?
—No lo sé —respondió, llorando ya sin ocultarlo—. Pero quiero descubrirlo. Quiero saber si algo cambia.
—Nada cambia —dije, acercándome más—. Yo esperé. Años esperé. Nada cambia. Solo te haces más fuerte, o te rompes. Y tú ya estás rota.
—Ayúdame —susurró, extendiendo la mano.
Me detuve. Su mano estaba ahí, delgada, temblorosa, esperando que la tomara. Y por un segundo, un segundo que duró demasiado, quise tomarla. Quise decirle que todo estaría bien, que no iba a hacerle nada, que podíamos irnos juntos, que podíamos aprender a no estar solos. Pero entonces recordé a mamá, fría y quieta en el suelo. Recordé a papá, mirándome con ojos vacíos. Recordé el silencio. Y supe que no había vuelta atrás.
—No puedo —dije—. Lo siento.
—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué yo?
—Porque eres la que me entiende —dije—. Porque si no te llevo conmigo… te perderás igual. Y al menos así, al menos así… no estarás sola nunca más.
La tomé de la mano. No me apartó. Sus dedos se aferraron a los míos como si realmente creyera que yo podía salvarla. Y en ese momento supe que era lo más cruel que había hecho nunca: dejar que confiara en mí justo antes de
que la matara y su sangre cubriera todo mi ser .
Fue rápido, Más rápido de lo que pensé. No hubo gritos, No hubo pelea, Solo un pequeño sonido, como un suspiro interrumpido, y luego silencio.
Me quedé de pie junto a ella. La luz se fue apagando por completo. Nadie pasó. Nadie vio nada. El mundo siguió girando.
Me senté en el suelo a su lado. Tomé su mano entre las mías. Estaba tibia todavía. Pronto dejaría de estarlo.
—Lo siento —susurré, y no supe si se lo decía a ella o a mí mismo—. Lo siento.
No sentí la satisfacción que esperaba. No sentí alivio. Sentí un vacío más grande, más frío, que me consumía desde adentro. ¿Era esto lo que quería? ¿Era esto lo que necesitaba? Me miré las manos. Estaban limpias. Pero yo sabía. Yo sabía lo que llevaban ahora grabado.
Me quedé ahí mucho tiempo. No tenía prisa. Sabía que nadie la buscaría pronto. Sabía que nadie sabría dónde estaba. Cuando por fin me levanté, la cubrí con mi chaqueta, suavemente, como si fuera a dormir.
—Descansa, Valeria —dije—. Ya no estás sola.
Me alejé despacio. No miré atrás. Sabía que estaba ahí. Sabía que nadie la encontraría.
Caminé a casa bajo la luz de las farolas que se encendían una a una. La gente pasaba a mi lado. Nadie vio nada. Nadie sospechó nada. Seguía siendo el mismo chico tranquilo, inofensivo, que vuelve a casa a la misma hora cada tarde.
Al entrar, me lavé las manos otra vez. Y otra. Y otra. El agua corría clara y limpia, pero no se llevaba nada. Me miré al espejo. Mis ojos seguían igual. Mi cara seguía igual. Por fuera nada había cambiado. Pero por dentro… por dentro algo se había roto para siempre.
Me senté en la silla junto a la ventana. La noche había caído por completo. Pensé en Valeria. Pensé en mamá. Pensé en papá. Tres personas que dejaron de estar. Y yo seguía aquí. Solo.
—¿Es esto lo que querías? —pregunté a la oscuridad.
No hubo respuesta. Solo silencio. El mismo silencio que aprendí a los siete años. El mismo silencio en el que vivía. El mismo silencio que ahora compartía con ella.
Mañana será otro día. Me levantaré a las seis y media. Me vestiré. Sonreiré. Saludaré. Nadie sabrá nada. Nadie mirará de verdad. Y yo… yo buscaré a la siguiente.
Porque una vez que empiezas, no hay forma de detenerse. La sed no se apaga. El vacío no se llena. Solo crece. Y exige más.
Me acosté sin encender la luz. Cerré los ojos. Y en la oscuridad, vi su cara. No la de ella. La mía. La mirada vacía. La sonrisa que no llega a los ojos. El monstruo que todos llevamos dentro… y que yo dejé salir.
Nadie lo sabe. Nadie sospecha. Y eso es lo más aterrador de todo.
Porque mañana podría ser cualquiera de ustedes.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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