El reloj de la pared marca las tres y diez de la tarde.
La oficina está en silencio, o al menos en el silencio que consigo imponerme. Frente a mí, la pantalla brilla con filas y columnas de números que deberían importarme, que deberían ocupar mi mente, que deberían ser lo único que veo. Pero no lo son. Mis dedos descansan sobre el teclado, inmóviles. Mis ojos recorren las cifras sin leerlas. Y mi cabeza… mi cabeza está en otro lugar. Siempre en otro lugar.
Hace dos semanas. Dos semanas desde aquel parque, desde aquel silencio, desde aquella mano que solté y que nunca volvió a tocar nada. Dos semanas y el mundo sigue girando igual. Nadie la busca. Nadie la nombra. Nadie se ha detenido a preguntarse dónde está Valeria. Como si nunca hubiera existido. Y yo estoy aquí, sentado, sumando, restando, ordenando papeles, mientras por dentro algo ruge y no encuentra salida.
Marta pasa por mi puerta. La escucho antes de verla: tacones que golpean el suelo con fuerza, como si quisieran romperlo, risas demasiado altas, voz que se eleva sin motivo. Se asoma, no entra del todo, solo asoma la cabeza y sonríe, esa sonrisa que no llega a los ojos.
—¿Todo bien, Elian? —pregunta, como si le importara de verdad.
Levanto la vista. Sonrío. La sonrisa suave, la tímida, la que nunca asusta.
—Todo bien, Marta —digo, bajito—. Gracias.
Asiente, satisfecha, y se va. Y en cuanto su espalda se aleja, en cuanto su voz se apaga al fondo del pasillo, el pensamiento surge, claro y cortante, sin que pueda detenerlo:
Quiero matarla.
Me quedo quieto, mirando la puerta por la que se fue. No me asusto. No me avergüenzo. Solo lo pienso, así de simple, así de directo. Quiero matarla. No por algo que hizo. No por algo que dijo. Porque está ahí. Porque hace ruido. Porque ocupa espacio y no aporta nada. Porque habla y nadie la escucha de verdad, y aun así sigue hablando, llenando el aire con palabras que sobran.
Ojalá se caiga y nadie la encuentre. Ojalá se quede callada para siempre.
Aprieto los dedos sobre el ratón. Vuelvo a la pantalla. Los números siguen ahí, inmóviles, esperando. No avanzo. No puedo. La mente se me va, se escapa, recorre todo lo que ha pasado: mamá en el suelo, fría; papá mirándome sin verme; Valeria extendiendo la mano, pidiendo algo que yo no podía darle. Y ahora Marta, riendo, sin saber que cada risa suya me rasga por dentro.
Derek entra. Lo sé antes de verlo: el paso pesado, la puerta que empuja sin mirar, la taza de café que lleva en la mano, siempre derramándose, siempre manchando todo lo que toca. Pasa por mi lado y ni siquiera me saluda. Deja un rastro de olor amargo y líquido oscuro sobre los papeles que acabo de ordenar.
—Maldita sea —murmura, limpiándose la mano en la pared.
Y se va. Así de simple. Como si nada.
Miro la mancha sobre el papel blanco. El café se extiende, oscuro, desordenado, arruinando todo lo que toca. Y el pensamiento crece, más fuerte, más caliente:
Quiero matarlo. Quiero borrarlo. Que desaparezca.
No es solo por el café. No es solo por la mancha. Es por todo. Porque entra y desordena. Porque rompe y no repara. Porque vive como si el mundo existiera para ensuciarlo. Porque nadie le dice nada. Porque todos lo dejan pasar. Igual que dejaron pasar a papá. Igual que dejaron pasar todo.
Ojalá se caiga por las escaleras y nadie lo ayude. Ojalá se quede sin ruido para siempre.
Cierro los ojos un instante. Respiro despacio. Una, dos, tres veces. Tengo que trabajar. Tengo que terminar esto. Tengo que parecer normal. Pero los pensamientos no se callan. Se amontonan, se apilan, uno tras otro, todos gritando al mismo tiempo.
Marta vuelve a pasar. Esta vez habla por teléfono, quejándose de todo: del tráfico, del clima, de la gente, de que nadie la ayuda. Su voz me atraviesa la cabeza como un clavo.
Quiero matarla. Quiero matarlos a todos. Ojalá se mueran y dejen de estorbar.
Abro los ojos. La mancha sigue ahí. El café se ha secado un poco, dejando una marca fea, permanente. Pienso en Derek. Pienso en Marta. Pienso en los que pasan por la calle, en los que hablan demasiado, en los que no miran, en los que fingen que todo está bien cuando no lo está. Todos ellos. Todos parecen tan seguros. Tan vivos. Como si tuvieran derecho a estar aquí.
¿Y yo? ¿Qué derecho tengo yo?
La pregunta me detiene. Me quedo mirando la mancha oscura. No respondo. No sé.
Vuelvo a Marta. La imagino en su silla, sonriendo sin sentido. La imagino caminando sola a casa. La imagino sin saber que alguien la observa. Y algo dentro de mí se inclina hacia adelante, curioso, hambriento. Sería tan fácil. Tan fácil acercarse. Tan fácil hablar. Tan fácil que confíe. Tan fácil que desaparezca.
No —digo a mí mismo—. No ahora.
¿Por qué no? La voz que responde es fría, lógica, implacable. ¿Por qué esperar? ¿Por qué dejar que sigan ensuciando, desordenando, haciendo ruido que no necesito? Nadie los cuida. Nadie los vigila. Si yo no lo hago, nadie lo hará.
Pienso en Derek. Cómo entra. Cómo derrama el café. Cómo se va sin disculparse. Si él no respeta nada, ¿por qué debería respetarlo yo? Si él trata el mundo como si no importara, ¿por qué debería importarme él?
La rabia me sube por la garganta, caliente y áspera. No es nueva. La conozco desde aquel día a los siete años, cuando me dijeron que no hiciera ruido. Creció conmigo. Se escondió cuando era necesario. Y ahora… ahora está despertando.
Derek. Marta. Los demás. Uno tras otro. Podría hacerlo. Nadie sabría. Nadie sospecharía del chico tranquilo que siempre saluda.
Me tomo la cabeza entre las manos. Aprieto los ojos. Trato de pensar en otra cosa. En Valeria. En mamá. En algo que no sea fuego y oscuridad. Pero no puedo. Las imágenes se mezclan: la cara de Valeria con lágrimas, la risa de Marta, la mancha de café de Derek, la mano fría de mamá. Todo junto. Todo pidiendo algo que no sé dar.
—¿Estás bien, Elian?
Levanto la vista de golpe. Es Lucía, de la oficina de al lado. Me mira con preocupación. Nadie me mira así.
—Sí —digo, demasiado rápido—. Sí, todo bien.
Asiente, duda un instante y se va. Y mientras se aleja, pienso: ¿También a ella? ¿También estorba?
Me asusto de mí mismo. Eso me asusta. Porque no la conozco apenas. No le he hecho nada. No me ha hecho nada. Y aun así, la pregunta surge sola, sin que yo la invite. ¿Sería ella la siguiente?
Miro el reloj. Las cuatro y media. Faltan dos horas para salir. Dos horas de aguantar ruidos, manchas, voces que no quiero escuchar. Dos horas de sonreír y asentir y fingir que nada me rompe por dentro.
Marta pasa de nuevo. Esta vez tararea una canción. No sé el nombre. Suena alegre, vacía. Quiero taparme los oídos. Quiero que se calle. Quiero que todo se calle.
Ojalá se mueran todos. Ojalá el mundo se quede en silencio.
Derek vuelve a aparecer. Se detiene en la puerta, mira la mancha de café sobre mis papeles, no dice nada, no se disculpa, solo se encoge de hombros y se va. Como si nada. Como si mis cosas no importaran. Como si yo no importara.
Y ahí, en ese instante, la decisión se forma, lenta y pesada, como algo que siempre ha estado ahí esperando:
No voy a esperar más.
No sé quién será. No sé cuándo. Pero la sed no se va. El desorden no se arregla solo. Si nadie lo hace, lo haré yo.
Podría ser Derek. Tiene más sentido. Es el que rompe. El que desordena. El que no respeta. Sería justo. Sería… limpieza.
O podría ser Marta. Ella habla demasiado. Llena el espacio que debería ser para otros. Nadie la escucha, pero ella no deja de hablar. Silenciarla sería un regalo para todos.
O podría ser cualquiera. Cualquiera que pase. Cualquiera que no mire. Cualquiera que crea que está a salvo.
Cierro los documentos. Apago la pantalla. Me quedo sentado en la penumbra, escuchando el ruido de la oficina, las risas, los pasos, todo lo que parece tan vivo y tan vacío a la vez.
—Ya lo decido yo —susurro, tan bajito que solo yo lo oigo—. Ya lo decido yo.
Me levanto. Me enderezo la ropa. Me arreglo la cara. Cuando salga por esa puerta, seré el mismo de siempre: amable, callado, inofensivo. Nadie notará nada. Nadie sabrá que algo ha cambiado para siempre.
Pero yo lo sé.
Sé que no voy a detenerme. Sé que cada persona que me molesta, que me desordena, que hace ruido donde debería haber silencio… se convierte en una cuenta pendiente. Sé que Marta, Derek, todos ellos viven sin saber que ya no son invisibles para mí. Que ahora los veo. Que ahora los juzgo.
Y la sentencia siempre es la misma.
Desaparecer.
Marta se despide de mí al salir. Me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Perfecta. Suave. Casi humana.
—Hasta mañana, Elian —dice.
—Hasta mañana, Marta —respondo.
Se va. La veo cruzar la puerta. Y en mi cabeza, ya la veo caminando sola. Ya la veo sin saber que la estoy siguiendo.
Derek sale un minuto después. No se despide. No mira atrás. Sabe que está ahí, pero no le importa. O no se atreve.
—Hasta mañana —murmuro para mí mismo, mirando su espalda alejarse—. O tal vez no.
La oficina se queda vacía. Solo yo quedo. El silencio llega por fin, llenando cada rincón, suave y oscuro. Me siento de nuevo. No tengo prisa. El tiempo es mío.
Pienso en mamá. En papá. En Valeria. En todos los que se fueron. Y en todos los que se quedan, viviendo como si nada, sin saber que el monstruo no está bajo la cama. Está aquí. En la silla de al lado. En el que te saluda. En el que te mira y sonríe mientras decide si mereces seguir respirando.
Mañana será otro día. Volveré a verlos. Volveré a sonreír. Volveré a fingir. Pero algo ha cambiado. Ya no es solo elegir. Ahora es limpiar. Quitar lo que estorba. Borrar lo que ensucia.
Y hay mucho que limpiar.
Me quedo solo con la mancha de café sobre el papel. La toco con el dedo. Está seca. Permanente. Igual que lo que llevo dentro.
—No saben quién soy —digo a la habitación vacía—. Y eso es lo que los va a salvar… o lo último que no sabrán.
Apago la luz. Cierro la puerta. Camino hacia la calle, donde la gente ríe y corre y vive sin saber que alguien camina entre ellos, contando, observando, decidiendo.
Mañana. O pasado. Pronto.
Alguien va a desaparecer.
Y nadie lo verá venir.