La noche siguiente regresé. No me escondí esta vez. Me paré cerca del escenario, donde la luz cae más fuerte, y cuando ella subió, sus ojos me buscaron entre la gente y se detuvieron en mí. Sonrió, leve, como si yo fuera un secreto suyo.
Cantó diferente esa noche. La voz le salió más libre, más cálida, como si supiera que alguien la escuchaba de verdad. Cuando bajó, caminó directo hacia mí, sin detenerse en nadie más.
-Viniste -dijo, y había algo aliviado en su tono.
-Te dije que volvería -respondí, bajito-. Quería verte.
Nos sentamos en un rincón más apartado, donde la música llega más suave y nadie interrumpe. Hablamos de todo: de su niñez, de los miedos que nadie conoce, de lo que cuesta construirte cuando el mundo te dice que no tienes derecho a existir. La escuché. La miré a los ojos. Y mientras hablaba, pensé: no importa cómo te llames, qué cuerpo tengas, qué te digan los demás. Eres alguien que siente, que anhela, que está viva. Y eso es lo que me atrae. No te veo como algo distinto. Te veo como eres: tú.
-Nadie me ha mirado así -dijo de pronto, bajando la voz-. Como si yo fuera suficiente tal cual soy.
-Lo eres -respondí, y esta vez no mentí del todo-. Eres completa. No necesitas cambiar nada.
Se acercó un poco más. Sus manos rozaron las mías y no se apartó.
-¿Y tú, Elian? -preguntó-. ¿Qué ves cuando me miras?
La tomé de la mano, despacio, para que pudiera retirarse si quería. No lo hizo.
-Veo a alguien valiente -dije-. Veo fuerza. Veo belleza que no se parece a ninguna otra. No pienso en etiquetas, ni en lo que dicen los demás. Solo te veo a ti. Y me gustas. Mucho.
Sus ojos brillaron. Se inclinó hacia mí y sus labios rozaron los míos, suave, insegura, como si temiera despertar de un sueño. La besé despacio, con calma, para que sintiera que podía confiar. No la apresuré. Dejé que fuera ella quien decidiera el ritmo.
-¿Podemos irnos de aquí? -susurró contra mi boca-. Quiero estar contigo. Solo tú y yo.
Fuimos a mi casa. En el camino me tomó de la mano, apretándola con fuerza, como si temiera que desapareciera. Cerré la puerta y por primera vez no hubo ruido, ni gente, ni miradas ajenas. Solo nosotros.
La abracé y sentí cómo se relajaba contra mí. Me acarició la cara, el cuello, como si quisiera memorizar cada detalle.
-Nunca había estado con alguien así -dijo, suavemente-. Alguien que me mire y no me pregunte qué soy. Alguien que solo... me quiera.
-No hay nada que preguntar -le dije-. Eres Giselle. Y eso es todo lo que necesito saber.
Lo que siguió fue lento, intenso, sin prisa. La traté con ternura, con la atención de quien valora algo que es frágil y fuerte a la vez. La hice sentir hermosa, deseada, única. Descubrí cada parte de ella con respeto y deseo, sin juicios, sin dudas. Para mí no había barreras. No importaba cómo era su cuerpo, cómo se llamaba, qué le habían dicho. Lo que sentía era real: atracción, calor, placer compartido. Y también algo más oscuro, escondido en el fondo: la certeza de que ahora la tenía. De que se había entregado por completo.
Ella se entregó sin reservas. Susurró mi nombre, me abrazó con fuerza, me dijo que nunca nadie la había hecho sentir así. Y mientras la tenía entre mis brazos, pensé: soy el primero que la ve de verdad. El primero que la desea sin condiciones. El primero que la toma tal cual es. Y eso me hace el único que puede decidir cuándo termina.
No sentí culpa. No sentí remordimiento. Sentí poder. El placer se mezclaba con el control. Sabía que no tenía defensas contra mí. Que confiaba. Que creía que yo era lo mejor que le había pasado.
Cuando todo terminó, se recostó sobre mi pecho, acurrucada, feliz, tranquila. Me acarició la mano.
-Pensé que nunca llegaría este momento -dijo, soñolienta-. Pensé que siempre sería la de al lado. La que nadie elige.
-Te elegí yo -respondí, besando su frente-. Y no me arrepiento.
-¿Volveremos a vernos? -preguntó, levantando la vista.
-Siempre -dije-. Todo lo que quieras.
Sonrió y se recostó de nuevo. Cerró los ojos, segura, protegida. Y yo la miré mientras se quedaba dormida. La luz tenue de la lámpara dibujaba su rostro. Era hermosa. Brillante. Viva.
Qué lástima, pensé, mientras la observaba en silencio. Qué lástima que todo lo que brilla tenga que apagarse.
Pero aún no. Aún no es el momento. Disfrutaré de esto. De su confianza. De su cuerpo. De la forma en que me mira como si yo fuera su salvación. La haré sentir amada. La haré sentir plena. Y cuando menos lo espere... cuando baje la guardia por completo... entonces decidiré si la dejo brillar o si la guardo para siempre, donde nadie pueda encontrarla.
Me acerqué y le besé el cabello.
-Duerme, Giselle -susurré-. Estás a salvo.
Y ella me creyó.