Elian(lo que oculta una sonrisa)

El sueño que sangra

Está dormida a mi lado, respirando suave, ajena a todo. La miro y sé que esta es la noche. Que ya no hay vuelta atrás. Que la he tenido, la he sentido, la he hecho mía… y ahora llega el momento de guardarla para siempre.
Me acerco despacio. No hace falta que despierte. Todo será más limpio así.
La mano sobre su garganta al principio es como una caricia. Ella suspira, se mueve apenas, sonríe dormida, y yo aprieto. Firme. Sin dudar.
Sus ojos se abren de golpe. Veo el pánico brotar en ellos, puro y desnudo. Trata de respirar y no puede. Sus manos suben a las mías, pequeñas y temblorosas, arañan, empujan, pero yo no cedo. La sostengo con todo mi peso. No la dejo ir.
—Elian… —le sale en un hilo, ahogado, roto—. ¿Por qué…?
—Porque te quiero toda para mí —le digo, cerca de su oído—. Completa. Sin que nadie te toque jamás.
Lucha. Con fuerza desesperada. Su cuerpo se arquea, se sacude, las piernas golpean las sábanas, busca aire que no llega. La miro a los ojos todo el tiempo. Veo la confusión mezclarse con el miedo. La esperanza apagarse poco a poco. La luz que la hacía ella… desaparecer.
Cuando sus manos caen, pesadas y sin fuerza, no la suelto todavía. Me aseguro. Espero que el pecho deje de subir y bajar con desesperación. Que se quede quieto. Y solo entonces retiro las manos. Están manchadas de rojo, donde sus uñas me han rasgado la piel al luchar.
Pero no termina ahí.
La volví sobre la espalda. La miro completa, inerte, hermosa incluso ahora. Y algo me pide ver más. Tocar lo que hay dentro. Saber si su corazón brillaba tanto como su voz.
Lo hago con cuidado, no con prisa. La hoja es afilada, entra fácil. La piel cede, la carne se abre. Y ahí está: su pecho partido, rojo y cálido, y en el centro, el corazón. Todavía late. Despacio, débil, pero late. Lo observo fascinado, sin asco, sin miedo. Veo cómo se contrae y se expande, lento, más lento, cada vez más tenue. La sangre me recorre las muñecas, se me mete entre los dedos, tibia y espesa.
Me inclino más cerca. Veo la última pulsación. La luz en sus ojos ya no está. El corazón se detiene. Se queda quieto. Y sé que es mío. Que nadie la va a tocar. Que nadie la va a encontrar. Que así, rota y abierta, me pertenece solo a mí.
La cubro con la sábana, suavemente, como si la tapara para que no tenga frío. Me limpio las manos en la tela. Me quedo sentado a su lado, respirando su olor, escuchando el silencio que dejamos los dos.
—Ya estás a salvo —le digo a la habitación—. Ya nadie te va a hacer daño.
Cierro los ojos un instante, satisfecho, en paz.
Y entonces… algo me despierta.
Una mano en mi brazo. Suave. Tibia.
Abro los ojos de golpe. El corazón me golpea las costillas como si quisiera salirse. La luz de la mañana entra por la cortina, dorada y suave. Y a mi lado… Giselle se mueve, se estira, y abre los ojos. Me sonríe, medio dormida.
—¿Estás bien, Elian? —pregunta, rozándome la mano—. Te has puesto muy tenso.
La miro. La sangre no está. La sábana está limpia. Su pecho sube y baja, vivo, entero.
—Sí —digo, con la voz que me tiembla sin querer—. Solo… tuve un mal sueño.
Se acerca y me abraza. No sabe. No tiene ni idea de dónde estuve mientras cerraba los ojos.
—No pasa nada —susurra—. Estás aquí. Estás conmigo.
La rodeo con el brazo. La siento viva, cálida, real. Y mientras ella recuesta la cabeza en mi hombro, cierro los ojos y aprieto los dientes.
Porque no sé si aliviarme… o decepcionarme.
Era solo un sueño.
Pero la forma en que se sentía… el calor de la sangre… el último latido…
Eso no se me va a olvidar.
Y algún día… no será un sueño.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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