Elian(lo que oculta una sonrisa)

La sombra que regresa

El sol apenas asomaba cuando abrí los ojos. La habitación estaba bañada por esa luz dorada y suave que llega antes de que el mundo despierte por completo. Giselle dormía a mi lado, acurrucada contra mi costado, su respiración era un ritmo tranquilo que se mezclaba con el mío. Me quedé mirándola largo rato. Su cabello rubio se esparcía sobre la almohada como un halo desordenado; sus labios estaban entreabiertos, relajados, sin esa tensión que suele llevar cuando está despierta. No sabía nada. No tenía la menor idea de los lugares oscuros que recorrí mientras ambos cerraba los ojos. No sabía que en mi mente la había sostenido mientras dejaba de respirar, que había visto su corazón latir por última vez, que había limpiado la sangre de mis manos antes de despertar.
Me levanté despacio para no despertarla. El frío del suelo me recorrió los pies, pero no me importó. Fui a la cocina y preparé café. El sonido del agua hirviendo, el aroma que se esparció por la casa, todo parecía tan normal, tan corriente… como si anoche no hubiera caminado al borde del abismo. Regresé a la habitación con dos tazas. Ella se movió, se estiró lentamente y luego abrió los ojos. Al verme, una sonrisa le iluminó el rostro, una de esas sonrisas que no se fingen, que salen solas.
—Buenos días —susurró, con la voz todavía un poco pastosa por el sueño—. ¿Cuánto llevas despierto?
—Un rato —respondí, acercándome y dejando la taza en la mesa de noche—. No quería despertarte.
Se sentó, cubriéndose con la sábana hasta el pecho, y tomó la taza entre las manos para calentarlas. Me miró de arriba abajo, con una ternura que me dolió en algún lugar del pecho.
—Te ves diferente —dijo—. Como si hubieras descansado años.
Me senté al borde de la cama. La toqué suavemente la mejilla.
—Me sentí seguro aquí —dije—. Contigo.
Sus ojos se llenaron de algo cálido, brillante. Se inclinó y me besó, despacio, con la calma de quien no tiene prisa.
—Yo también, Elian —susurró contra mis labios—. Nadie me ha hecho sentir así. Como si fuera suficiente. Tal cual soy.
Me vestí despacio. La camisa gris, la que no llama la atención, los pantalones oscuros, la chaqueta que hace que pase desapercibido. Mientras me abotonaba, ella me observaba desde la cama, sin apartar la vista.
—¿Tienes que irte ya? —preguntó, y en su voz se notó esa pequeña tristeza de quien no quiere que el momento termine.
—Tengo que ir a trabajar —dije, girándome hacia ella—. Pero volveré. Te lo prometo.
Se levantó entonces, envuelta en la sábana, y caminó hacia mí. Me abrazó por la espalda, recostando la cara en mi espalda, y sentí su respiración suave contra mi piel.
—No quiero que te vayas —confesó, bajito—. Me da miedo que todo esto sea un sueño. Que cuando abra los ojos, ya no estés.
Me giré y la tomé entre mis brazos. La sostuve con firmeza.
—No es un sueño, Giselle —dije, mirándola a los ojos—. Soy real. Esto es real. Y volveré.
—¿A qué hora? —preguntó, acariciándome la nuca.
—A las seis, más o menos —respondí—. Te llamaré en cuanto salga. ¿Podemos vernos?
Asintió con entusiasmo, los ojos brillantes.
—Sí, claro. Aquí, donde tú quieras. Solo… ven.
La besé una última vez, largo y profundo, grabando el sabor de sus labios, la calidez de su piel, la forma en que sus manos se aferraban a mí como si me temiera perder. Cuando me separé, ella me acompañó hasta la puerta. Me detuve en el umbral. El aire fresco de la mañana golpeó mi rostro, despejando lo que quedaba de la pesadilla.
—Cuídate mucho mientras no estoy —le dije.
—Tú también —respondió, sonriendo—. Elian… gracias. Por todo.
Asentí. No dije nada más. Caminé por la acera sin mirar atrás de inmediato, aunque sentí su mirada siguiéndome hasta que me alejé lo suficiente. Cuando giré la esquina, me detuve un instante y respiré hondo. Por fuera todo parecía tranquilo. Por dentro, sin embargo, algo se agitaba, oscuro y silencioso, recordándome que la línea entre el sueño y la realidad es mucho más delgada de lo que parece.
Caminé hasta la estación. La ciudad despertaba a mi alrededor: gente que corría para no llegar tarde, coches que pitaban, panaderías que abrían sus puertas llenando el aire con olor a pan recién horneado. Me mezclé entre ellos, invisible, igual que siempre. Nadie sabía quién era. Nadie sabía lo que llevaba guardado en la cabeza. Llegué a la oficina unos minutos antes de la hora de entrada. Subí las escaleras, crucé el pasillo y me senté en mi escritorio. La pantalla estaba apagada, los papeles ordenados, todo exactamente igual a como lo había dejado ayer.
Marta llegó poco después, taconeando fuerte, hablando por teléfono sin bajar la voz. Derek entró minutos más tarde, con su taza de café en la mano, derramando un poco sobre el borde de mi mesa sin siquiera disculparse. Lucía pasó, me saludó con la mano, y yo le devolví el saludo con esa sonrisa suave, tímida, que nunca falla. Todo era igual. Exactamente igual. Y sin embargo, nada lo era.
Me puse a trabajar. Las cifras, los informes, las llamadas… todo pasaba por mis ojos sin quedarse en mi mente. Una y otra vez mi pensamiento volvía a la cama, a Giselle despertando, a la forma en que me miraba como si yo fuera lo mejor que le había pasado. Y luego al sueño. Al cuchillo. Al corazón latiendo. A la luz apagándose en sus ojos. Me estremecí. No de miedo. De algo más profundo.
A media mañana, cuando la oficina estaba en ese murmullo constante de teclas y voces, me levanté para ir al baño. Al pasar junto a la ventana que da a la calle, algo me detuvo.
Ahí estaba ella.
No la vi completa, solo de perfil, caminando por la acera de enfrente, con paso inseguro, la mirada baja, como si tuviera miedo de chocar con el mundo. La reconocí al instante. Era la chica que había visto varias veces antes, la que siempre estaba sola, la que se sentaba en la cafetería apartada, la que mordía el labio cuando estaba nerviosa. La que no tenía nombre todavía para mí, pero que mi mente ya había registrado.
Se detuvo en la parada del autobús. Había más gente, pero ella se mantuvo al borde, apartada, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. Se abrazó a sí misma, aunque no hacía tanto frío. Su cabello castaño le caía sobre la cara como una cortina que la protegía. Algo en su postura, en esa forma de desaparecer entre la multitud, me llamó con una fuerza que no pude explicar.
Me quedé mirándola desde arriba, sin que ella pudiera verme. No sabía quién era. No sabía su historia. No sabía si tenía familia, si tenía amigos, si alguien la esperaba. Pero la forma en que se mantenía al margen, en que nadie la miraba, en que parecía llevar todo el peso del mundo sobre los hombros… la conocía. Era mi propia sombra caminando abajo.
El autobús llegó. Subió la última. Se asomó por la ventanilla un instante antes de que se alejara. Sus ojos grandes, oscuros, cansados, recorrieron la calle sin detenerse en nada. Y entonces desapareció.
Me quedé ahí, de pie, mirando el espacio vacío donde había estado. El corazón me latía con fuerza, no de prisa, sino con ese ritmo lento y pesado que me avisa de que algo ha cambiado. No sabía su nombre. No sabía dónde iba. Pero sabía que la buscaría.
Regresé a mi escritorio, pero ya no pude concentrarme. Mi mente se dividía en dos: por un lado, Giselle, esperándome, confiando en mí, creyendo que la amaba; por otro, esa chica desconocida, caminando sola, sin saber que alguien la había visto desde lo alto. Y en medio de todo eso, el sueño que no se me iba: la sangre, el silencio, la satisfacción fría de tener el control absoluto sobre la vida de alguien.
A la hora de la comida, salí de la oficina sin rumbo fijo. Caminé por las calles que ella suele transitar, sin saber exactamente qué buscaba. Tal vez verla de nuevo. Tal vez saber su nombre. Tal vez simplemente confirmar que era real. No la encontré. Pero no me importó. Sabía que volvería a verla. Las personas como ella siempre pasan por los mismos lugares. Siempre buscan los mismos rincones donde nadie las encuentra.
Regresé al trabajo cuando el sol empezaba a bajar. Las horas restantes se arrastraron lentas. Cada vez que alguien pasaba por mi escritorio, levantaba la vista esperando verla. Cada sonido de la puerta me hacía girar la cabeza. Pero no apareció. Y sin embargo, su presencia se sentía en mi mente, constante, como un pensamiento que no se va.
Cuando por fin dieron las seis, guardé mis cosas despacio. No tenía prisa. Sabía que Giselle me esperaba. Sabía que estaría contenta de verme. Pero mientras caminaba hacia la salida, mi mente no estaba en ella. Estaba en la chica de la ventana.
Al salir, me detuve un instante en la acera. El sol se ponía detrás de los edificios, tiñendo todo de naranja y violeta. La gente regresaba a casa. Y entonces la vi otra vez.
Cruzaba la calle, a unos metros de mí. Llevaba una bolsa pequeña en la mano. Caminaba con la cabeza gacha, sin prisa, sin rumbo que pareciera fijo. Esta vez no se subió a ningún autobús. Siguió caminando, alejándose poco a poco.
Sin pensarlo demasiado, la seguí.
Mantuve distancia, la suficiente para no llamar la atención, la justa para no perderla. Giró a la derecha, luego a la izquierda. Se detuvo frente a una pequeña tienda, entró y salió unos minutos después con una botella de agua y algo de comer. Todo muy simple. Todo muy solo.
Llegó a un edificio viejo, de fachada desgastada, y subió las escaleras sin mirar atrás. Me quedé en la acera de enfrente, mirando hacia la ventana que se iluminó en el segundo piso. Una cortina delgada dejaba ver su silueta moverse de un lado a otro. Estaba ahí. Encerrada en su pequeño mundo, sin saber que alguien la observaba desde la calle.
Me quedé mucho tiempo. No sé cuánto. La vi sentarse cerca de la ventana. Sacar un cuaderno. Escribir. Levantar la vista y mirar hacia la calle, sin verme. Y en esos momentos, sentí algo que me recorrió de pies a cabeza: curiosidad, sí, pero también algo más oscuro, más profundo. La necesidad de saber qué escribía. Qué pensaba. Qué secretos guardaba.
Saqué el teléfono. Tenía un mensaje de Giselle: ¿Vienes? Te estoy esperando. Lo leí. Lo guardé. No respondí todavía. Sabía que debía ir. Sabía que ella contaba conmigo. Pero no podía apartar la vista de esa ventana.
Finalmente, me obligué a darme la vuelta. Caminé hacia la parada del autobús, mirando hacia atrás una última vez. La silueta seguía ahí, quieta, mirando la nada.
—Mañana —susurré para mí mismo—. Mañana volveré.
El autobús llegó. Subí. Me senté junto a la ventana, mirando cómo la ciudad pasaba rápido, borrosa, igual que mis pensamientos. Giselle me esperaba. Ella me quería. Ella confiaba en mí. Y yo… yo no dejaba de pensar en la chica que no conocía, en la que nadie veía, en la que caminaba sola bajo la luz de una lámpara que apenas la iluminaba.
Cuando llegué, ella estaba en la puerta, mirando hacia la calle. En cuanto me vio, sonrió y salió a mi encuentro. Me abrazó con fuerza, como si temiera que me hubiera perdido en el camino.
—Pensé que no vendrías —dijo, escondiendo la cara en mi cuello—. Estaba preocupada.
La abracé también, tratando de que no notara la distancia que sentía por dentro.
—Prometí que volvería —dije—. Y cumplo mis promesas.
Entramos. Cenamos. Hablamos. Me contó de su día, de la gente que la trató bien, de la que no, de las ganas que tenía de que llegara la noche para estar conmigo. La escuché. Asentí. Sonreí cuando era necesario. Pero mi mente estaba lejos, en otra ventana, en otra chica que no sabía que ya la había encontrado.
Cuando nos acostamos, Giselle se acurrucó a mi lado, contenta, tranquila. Me tomó la mano y la puso sobre su cintura.
—Me haces sentir segura, Elian —susurró, casi dormida—. Como si nada malo pudiera pasar.
Apreté su mano suavemente.
—Nada te va a pasar —dije, aunque no sabía si se lo decía a ella o a mí mismo.
Cerró los ojos y poco después su respiración se volvió profunda y constante. Estaba dormida. La miré a la luz tenue que entraba por la ventana. Era hermosa. Brillante. Y me pertenecía. Pero mientras la observaba, mi pensamiento se deslizó otra vez hacia la desconocida. Su cara, su paso, la forma en que se encogía sobre sí misma.
Me levanté sin hacer ruido. Fui a la cocina y me asomé por la ventana. La noche estaba clara, estrellada. No podía ver su casa desde aquí. No sabía qué hacía. Pero sabía que estaba ahí. En algún lugar, mirando la misma luna, sin saber que nuestras vidas se habían cruzado.
Me apoyé en el marco de la ventana. El aire fresco me golpeó la cara. Pensé en Valeria. En Román. En todos los que habían pasado antes. Y ahora Giselle y la chica sin nombre. Dos caminos. Dos vidas. Y yo en medio, sosteniendo el destino de ambas en mis manos.
—¿A quién eliges? —pregunté al silencio.
No hubo respuesta. Solo el viento moviendo las hojas de los árboles.
Regresé a la cama. Me acosté junto a Giselle. Ella se movió y me buscó con la mano. La encontré y la sostuve. Era tibia. Era real. Pero no dejaba de pensar en la otra. En la que nadie buscaba. En la que nadie extrañaría si desapareciera.
Mañana la veré. Mañana sabré su nombre. Mañana decidiré.
Cerré los ojos. Y en la oscuridad, vi dos rostros: uno que me sonreía confiado, y otro que miraba hacia el suelo, sin saber que ya estaba siendo observada.
La elección no sería fácil. Pero nunca lo ha sido.
Y lo que más me aterra… es que no sé cuál de las dos quiero más.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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