Es sábado por la mañana. El sol entra suave por la ventana, pero no me despierta. Ya estaba despierto mucho antes. Me quedé sentado en el borde de la cama largo rato, mirando cómo la luz se movía despacio sobre el suelo, sabiendo exactamente lo que iba a hacer. Giselle duerme todavía. Su respiración es tranquila, ligera, ajena a todo lo que pasa por mi cabeza. La miro un instante. Siento algo… cálido, sí, pero también pesado, como una deuda que sé que voy a dejar sin pagar. Me acerco y le beso la frente, muy suave. No se despierta.
—Vuelvo pronto —le digo, aunque no me escucha.
Salgo sin hacer ruido. Cierro la puerta con cuidado. El aire fresco de la mañana me golpea la cara y despeja lo que queda de sueño. Sé por dónde camina. Lo he visto. Lo he memorizado. Sé a qué hora sale, qué calles toma, dónde se detiene. No fue difícil. Las personas que están solas siempre siguen los mismos pasos. Siempre buscan los mismos rincones donde nadie las molesta.
Caminé rápido, con paso firme pero tranquilo, sin llamar la atención. Llegué a la calle donde la vi ayer. Me situé a unos metros de la esquina, donde la sombra de los árboles cubre la acera, donde puedo ver sin ser visto. Y esperé.
No tardó mucho. La vi aparecer al final de la calle, caminando despacio, con la mirada baja, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, como siempre. Llevaba el cabello suelto, cayéndole sobre los hombros, y esa misma postura de alguien que intenta ocupar lo menos posible del mundo. Se acercaba. El corazón me latía con fuerza, no de nervios, sino de esa claridad fría que me dice que todo está saliendo como debe.
Salí de mi escondite. Caminé hacia ella, ajustando el paso para encontrarnos justo en el cruce. Cuando estuve a su altura, dejé que mi hombro chocara contra el suyo, no con fuerza, solo lo suficiente para que perdiera el equilibrio un instante. Me dejé caer también, como si hubiera sido culpa mía, como si no la hubiera visto.
—¡Perdón! —dije rápidamente, agachándome para ayudarla a levantarse—. Lo siento muchísimo, no te vi.
Ella se puso de pie despacio, sacudiéndose la ropa, con las mejillas sonrosadas. Me miró un momento, confundida, y luego bajó la vista al suelo.
—No… no fue nada —murmuró—. Yo también no miraba por dónde iba.
La miré bien. De cerca era aún más hermosa, de una forma callada, suave. Tenía ojos grandes, castaños, profundos, y en ellos había algo que reconocí al instante: esa tristeza tranquila de quien lleva mucho tiempo sin que nadie la mire de verdad.
—¿Estás bien? —pregunté, acercándome un poco más—. ¿Te lastimaste?
Negó con la cabeza, pero sus dedos se entrelazaron con fuerza frente a ella.
—Estoy bien —dijo—. De verdad. No pasa nada.
Me quedé ahí, sin apartarme, mirándola. No me fui. No me disculpé y seguí mi camino como haría cualquier otro. Me quedé. Y eso la hizo levantar la vista otra vez.
—Seguro que sí fue mi culpa —dije, sonriendo levemente—. Iba distraído pensando en cosas que no importan. Me llamo Elian.
Sus labios se movieron casi sin sonido antes de responder.
—Yo… me llamo Elena.
—Elena —repetí, despacio, saboreando el nombre—. Qué nombre tan bonito.
Se sonrojó más. Bajó la mirada, pero no se fue.
—Gracias —susurró.
—¿Vives por aquí cerca, Elena? —pregunté, con tono amable, sin invadir.
—Sí —respondió, señalando hacia la calle de la que venía—. No muy lejos.
—Yo también suelo caminar por aquí —dije—. Aunque no te había visto antes. O tal vez sí, pero nunca me atreví a hablarte.
Levantó la vista de golpe, sorprendida.
—¿Me has visto?
—Varias veces —admití—. Siempre vas sola. Siempre mirando hacia abajo. Me llamaste la atención.
Sus manos se apretaron más fuerte.
—La gente no suele notarme —dijo, casi para sí misma.
—Yo sí —respondí, firme—. Te noto.
Se quedó callada un momento. El sol caía suave sobre nosotro, iluminando el polvo que bailaba en el aire. Un coche pasó lejos. Nadie se detuvo. Éramos solo nosotros dos.
—¿Por qué? —preguntó, bajito—. ¿Por qué yo?
Me acerqué un paso más, manteniendo la distancia justa, la que invita pero no asusta.
—Porque te ves como alguien que entiende —dije—. Como alguien que sabe lo que es sentirse… invisible.
Sus ojos se llenaron de algo brillante. No eran lágrimas todavía, pero estaban cerca.
—¿Tú también te sientes así? —preguntó.
—Muchas veces —confesé—. Por fuera parece que todo está bien. La gente sonríe, te saluda… pero por dentro, a veces, sientes que nadie te ve de verdad. Que nadie sabe quién eres.
Asintió lentamente, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Sí —susurró—. Exactamente así me siento. Siempre.
—Elena —dije su nombre con suavidad—, me gustaría conocerte. De verdad. Si tú quieres.
Dudó. Miró a un lado y a otro, como si esperara que alguien se lo impidiera.
—No sé… —murmuró—. No suelo… no salgo con…
—No tienes que decidir ahora —dije rápidamente—. Podemos caminar un rato, si quieres. O si prefieres, nos despedimos y ya. No te voy a molestar. Lo prometo.
Respiró hondo. Me miró a los ojos, larga y fijamente. Y en esa mirada vi la soledad que la había acompañado toda su vida. La misma que me había acompañado a mí.
—Está bien —dijo, casi sin voz—. Podemos caminar.
Caminamos juntos por la acera, despacio, sin prisa. Al principio hablamos poco. Yo le hacía preguntas suaves y ella respondía con brevedad, mirando al suelo la mayor parte del tiempo. Pero poco a poco fue relajándose. Me contó que vivía sola, que sus padres vivían en otra ciudad y apenas hablaban, que trabajaba en una librería pequeña cerca de aquí. Que le gustaba leer, escribir, caminar cuando anochece. Que a veces sentía que el mundo era demasiado ruidoso para ella.
—Siempre fui así —dijo, mirando las hojas que caían de los árboles—. Desde niña. Los demás corrían, gritaban, hacían amigos… y yo me quedaba en un rincón, observando. Nunca supe cómo hacerlo. Nunca supe cómo encajar.
—No tienes que encajar —le dije—. Eres suficiente tal cual eres.
Me miró de reojo.
—¿De verdad lo crees?
—De verdad —respondí—. Eres especial, Elena. De una forma que la mayoría de la gente no logra ser nunca.
Sonrió entonces, una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
—Nadie me lo había dicho así —confesó.
—Pues deberían haberlo hecho toda la vida —dije, suavemente—. Mereces que te lo digan.
Caminamos hasta llegar a un parque pequeño, apartado, donde apenas había gente. Nos sentamos en un banco bajo la sombra de un árbol grande. El silencio entre nosotros ya no era incómodo. Era cálido. Familiar.
—¿Y tú? —preguntó, girándose un poco hacia mí—. ¿Tú también te sientes solo?
La miré a los ojos. No le dije toda la verdad, pero le di la parte que necesitaba escuchar.
—Sí —admití—. Muy solo. Desde que era pequeño. He aprendido a estar con gente, a reír, a parecer que todo está bien… pero por dentro siempre hay algo que falta. Algo que nadie llena.
Asintió, comprendiendo.
—¿Has encontrado a alguien que lo llene? —preguntó.
La miré largo rato. Pensé en Giselle. En su risa, en su voz, en la forma en que me abrazaba por las noches. Y luego pensé en Elena, aquí, a mi lado, mirándome como si yo pudiera entender lo que nadie más entendía.
—Creo que… —empecé, y la voz me salió baja, firme—, creo que acabo de encontrarla.
Sus ojos se abrieron un poco más. Se quedó sin respirar un instante.
—¿Yo? —susurró.
—Tú —dije—. No sé por qué. No te conozco hace mucho. Pero desde la primera vez que te vi… supe que eras diferente. Que eras la que buscaba.
Bajó la mirada a sus manos, que descansaban juntas sobre su regazo.
—Tienes una forma de decir las cosas… —dijo—. Como si las creyeras de verdad.
—Las creo —respondí, y esta vez mi voz no tembló—. Elena, sé que apenas nos conocemos. Sé que puede parecer rápido. Pero quiero estar cerca de ti. Quiero conocerte. Quiero que sepas que no estás sola.
Levantó la vista. Había lágrimas en sus ojos ahora, pero no de tristeza. De algo parecido a la esperanza.
—Nadie me ha elegido nunca —dijo, con la voz rota—. Siempre fui la que sobra. La que nadie elige.
Extendí la mano y la puse sobre las suyas, suavemente. No se apartó. Sus dedos se entrelazaron con los míos.
—Yo te elijo —dije—. Te elijo a ti.
Me miró a los ojos, y en ese instante supe que me creía. Que me entregaba algo que nadie había tocado nunca.
—¿De verdad? —preguntó, apenas un hilo de voz.
—De verdad —respondí—. Y no te voy a dejar caer.
Se inclinó hacia mí, despacio, como si temiera despertar. La abracé y ella se acurrucó contra mi pecho, sollozando suavemente, liberando todo lo que había guardado durante años. La sostuve. La acaricié el cabello. Le susurré que todo iba a estar bien. Y mientras la tenía entre mis brazos, sentí algo que no esperaba: alivio, sí, pero también una certeza fría y absoluta.
La había elegido. No Giselle. No la que cantaba y brillaba. A ella. A la que nadie veía. A la que nadie extrañaría si un día dejara de aparecer.
Cuando se calmó, se apartó un poco, sin soltar mi mano. Me sonrió, con los ojos brillantes.
—Gracias, Elian —dijo—. Por verme.
—Gracias a ti por dejarme —respondí.
Nos levantamos del banco. La acompañé hasta su casa. Caminamos de la mano, despacio, sin hablar mucho, pero sin necesidad. Al llegar a la puerta, se detuvo y me miró.
—¿Volveré a verte? —preguntó.
La tomé de la barbilla, suavemente.
—Mañana —dije—. A la misma hora. Aquí.
Asintió, feliz.
—Estaré aquí.
La besé en la frente, despacio, y ella entró. Me quedé mirando la puerta cerrada unos instantes. Luego me di la vuelta y me fui.
Caminé de regreso a casa con paso tranquilo, la mente clara. Sabía lo que hacía. Sabía hacia dónde iba. Giselle estaba ahí, esperándome, amándome, sin saber que ya no era ella la que ocupaba mis pensamientos. Sin saber que alguien más había tomado su lugar.
Cuando llegué, Giselle estaba en la sala, mirando la televisión. Se levantó en cuanto me vio y vino a abrazarme.
—¿A dónde fuiste? —preguntó—. Te esperaba.
La abracé también, pero sentí la distancia entre nosotros, invisible pero pesada.
—Salí a caminar —dije—. Necesitaba pensar.
Se apartó un poco y me miró a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondí—. Estoy bien.
Pero no la miré a ella. Miré hacia la ventana, hacia la calle, hacia la casa pequeña donde Elena acababa de encerrarse, segura de que por fin alguien la había encontrado.
Esa noche, mientras Giselle dormía a mi lado, me levanté y me senté junto a la ventana. Pensé en Elena. En su nombre. En su cara. En la forma en que me había mirado como si yo fuera lo mejor que le había pasado. Y supe que no había vuelta atrás.
La había elegido.
Y ahora… ahora solo quedaba decidir cuándo hacerla mía del todo.
No sería pronto. No todavía. La ganaría primero. La haría confiar. La haría sentir que por fin no está sola. Y cuando baje la guardia… cuando me entregue todo lo que es… entonces la tomaré. Completa. Para siempre.
Saqué un cuaderno y escribí su nombre en la primera página: Elena. Lo miré largo rato. Las letras eran claras, firmes.
—Tú —susurré a la oscuridad—. Serás mía.
Cerré el cuaderno. Lo guardé. Me acosté de nuevo. Giselle se movió y me buscó con la mano. La sostuve. Pero mi mente estaba lejos. En otra ventana. En otra cama. En la chica que nadie conocía.
Mañana la veré. Mañana le sonreiré. Mañana le diré que la quiero.
Y ella me creerá.
Porque nadie miente con los ojos así, pensará. Nadie finge el cuidado. Nadie se acerca solo para tomar.
Pero yo sí.
Yo me acerqué para poseer. Para tener. Para no compartir con nadie.
Eres mía, Elena. Desde el primer instante en que te vi. Y nadie te va a quitar de mi lado. Nadie.
Aunque para eso tenga que apagarte.