La casa estaba en silencio. Un silencio denso, pesado, que no venía de fuera, sino de adentro. Me quedé sentado en la cocina mucho tiempo después de haber terminado. La mesa estaba limpia, los platos lavados, todo en su lugar, como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía. Yo sabía lo que había ocurrido aquí. Sabía lo que guardaba el sótano. Sabía que dentro de mí, algo se había encendido y ya no se apagaría jamás.
Me levanté y caminé hacia la escalera que baja al sótano. La puerta estaba cerrada, como si detrás de ella hubiera algo que no debiera ver la luz del sol. La abrí despacio. El aire frío subió a recibirme, olía a humedad y a algo más, algo metálico y denso que ya se me había pegado a la piel. Bajé los escalones uno por uno, contándolos, como si fuera un ritual. Al llegar abajo, la vi.
El refrigerador estaba allí, grande, imponente, esperando. Me acerqué. Puse la mano sobre la superficie fría. Ella estaba adentro. No toda, pero sí suficiente para que fuera mía por mucho tiempo más. Abrí la puerta. La luz tenue del interior iluminó los paquetes ordenados, envueltos con cuidado, como si fueran algo precioso. Y lo eran. Eran ella. Era lo que quedaba de la chica que nadie veía, que nadie extrañaría, que nadie sabría que existió.
Saqué un trozo. Lo miré largo rato. La carne pálida, las venas marcadas, la textura suave... pensé en ella. En cómo me miraba. En cómo me dijo que confiaba en mí. En cómo lloró mi nombre. Y sentí esa misma oleada de poder que me recorrió cuando la tenía entre mis manos. No me dio asco. Me dio hambre. Una hambre profunda, voraz, que no se sacia con pan ni con agua, sino con vida.
Lo volví a guardar. Cerré la puerta. Subí las escaleras. Cerré con llave. Y me quedé de pie un instante, respirando hondo, grabando cada detalle en la memoria. Nadie lo sabría. Nadie lo tocaría. Sería nuestro secreto.
Salí de la casa. Cerré la puerta. Caminé hacia el coche. El sol ya había salido por completo, brillando sobre los campos como si nada hubiera cambiado. El mundo seguía girando. La gente seguía despertando, comiendo, trabajando, amando. Y nadie sabía que ayer, en este lugar apartado, una luz se había apagado para siempre. Nadie sabía que yo la había apagado.
Conduje de regreso a la ciudad. Las calles me eran familiares, pero se veían distintas. Todo parecía más brillante, más nítido, como si por primera vez viera las cosas tal cual son: frágiles, pasajeras, mías si quiero tomarlas. Me sentía ligero. Libre. Como si hubiera soltado una carga que llevaba encima desde que era niño. Ya no tenía que fingir tanto. Ya no tenía que esconder lo que soy. Sabía quién era. Sabía lo que quería. Y sabía cómo conseguirlo.
Llegué a mi departamento. Entré. El silencio aquí era distinto: vacío, sin rastro de nadie. Me senté en el borde de la cama y miré el teléfono. Tenía mensajes. Varios. De Giselle.
¿Dónde estás, Elian?
Te estuve esperando...
¿Estás bien?
Por favor responde...
Los leí uno por uno. No sentí culpa. No sentí remordimiento. Solo... distancia. Como si me hablaran desde otro mundo. Giselle era bonita, dulce, me quería. Pero no era ella la que tenía mi sangre. No era ella la que me había hecho sentir completo. Era Elena. La que ya no podía contestar. La que ya no podía pedir nada. La que era mía sin condiciones.
Escribí una respuesta corta, cuidadosa, la que sabía que ella necesitaba leer:
Perdón, me quedé sin señal en un lugar lejano. Estoy bien. Te llamo más tarde.
Lo envié. Apagué la pantalla. No me importó si lo creía o no. Ya no importaba tanto. Me acosté y cerré los ojos. Y en la oscuridad, la vi de nuevo: Elena de pie en la puerta, sonriente, confiada, diciendo que se sentía segura conmigo. Y luego la vi de otra manera: tendida, pálida, mía. Y sonreí.
Pasaron los días. Volví a la oficina. Marta quejándose. Derek derramando café. Lucía saludando con la mano. Todo igual. Todo en su lugar. Nadie notó nada. Nadie vio la mancha que llevaba pegada al alma. Sonreí. Asentí. Hice mi trabajo. Fui el mismo de siempre. El chico tranquilo, amable, que nadie sospecharía. Y por dentro, ardía.
Cada noche, me iba a la granja. No siempre para llevarme algo. A veces solo para estar allí. Para sentarme en el suelo donde ella había estado. Para respirar el aire que todavía conservaba algo de su olor. Para hablarle en voz baja, como si pudiera escucharme.
-Nadie te va a encontrar -le decía a la habitación vacía-. Nadie te va a separar de mí.
Y el silencio me respondía.
Una tarde, mientras regresaba, vi a Giselle esperándome frente a mi puerta. Se veía pequeña, encogida, abrazándose a sí misma. Al verme, se iluminó, pero la luz se le quebró en cuanto vio mi cara.
-¿Dónde estabas? -preguntó, acercándose despacio-. He estado preocupada. Siento que te alejas... que algo cambió.
La miré. Quería sentir algo. Cariño. Pena. Lo que fuera. Pero no sentí nada. Solo la vi ahí, parada, esperando algo que yo ya no podía darle.
-Estoy bien -dije, con voz tranquila-. Solo he estado ocupado.
-¿Conmigo ya no? -susurró-. Antes... antes siempre tenías tiempo. Antes me buscabas.
Me acerqué un poco más. Puse una mano en su hombro. La sentí tensarse.
-Las cosas cambian, Giselle -dije-. La gente cambia.
Me miró a los ojos, buscando algo que reconocer.
-¿Hay alguien más? -preguntó, con la voz rota-. Dímelo. Por favor.
La solté. Di un paso atrás.
-No hay nadie -dije-. Solo soy yo. Tengo que estar solo un tiempo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Pero... ¿por qué? Yo te quiero. Yo te acepto como seas.
Sonreí, esa sonrisa suave, la que siempre funcionaba.
-Lo sé. Y te agradezco. Pero no es suficiente.
Se quedó ahí, temblando, sin saber qué decir.
-Vete, Giselle -le dije suavemente-. Por favor.
Me miró una última vez, con dolor y confusión, y luego dio media vuelta y se fue. La vi alejarse. No la llamé. No la seguí. Cuando desapareció, entré y cerré la puerta. Y sentí alivio. Menos peso. Menos mentiras.