Elian(lo que oculta una sonrisa)

El vacío que crece

Pasaron tres días. Luego una semana. Y después otra. El mundo siguió girando, indiferente, como si nada se hubiera roto. Nadie vino. Nadie llamó a la puerta preguntando por Elena. Nadie detuvo su paso en la calle y dijo su nombre. Era como si jamás hubiera existido. Y eso, que debería haberme dado paz, me llenó de algo más frío y más hambriento: la certeza absoluta de que podía hacerlo otra vez. Y otra. Y otra. Y el mundo no se detendría.

Me despertaba cada mañana antes de que saliera el sol. Me quedaba sentado en el borde de la cama, escuchando el silencio de la casa, sintiendo cómo esa sensación de plenura que sentí al principio se iba desvaneciendo poco a poco, dejando algo hueco y rugoso en su lugar. Había pensado que tenerla conmigo, dentro de mí, guardada en el sótano, sería suficiente. Que el vacío que llevo desde niño se cerraría para siempre. Pero no. Al contrario: cuanto más la tenía, más quería. Cuanto más saboreaba esa sensación de poder absoluto, más pronto necesitaba sentirla de nuevo.

Me levantaba, me lavaba, me peinaba, me ponía la ropa que siempre me hace invisible. Y salía a la calle. Y la gente pasaba a mi lado sin verme. Nadie notaba que llevaba un secreto tan grande que casi no cabía en el pecho. Nadie adivinaba que bajo la chaqueta corriente, bajo la sonrisa suave, bajo el paso tranquilo, ardía algo que no se apaga.

Llegué a la oficina. Marta estaba en su puesto, como siempre, tecleando con rapidez, mordiéndose el labio, con esa prisa que la caracteriza. Al verme, levantó la vista y soltó un suspiro que mezclaba fastidio y costumbre.

-Qué bueno que llegas -dijo sin dejar de mirar la pantalla-. Tienes un montón de correos pendientes. Y el jefe preguntó por ti ayer. Dijo que te habías ausentado mucho estos días.

Asentí, con esa expresión de disculpa tranquila que siempre me funciona.

-Tuve asuntos personales -respondí, con voz suave-. Ya estoy aquí. Me pongo al día.

Ella resopló, acomodándose el cabello.

-Pues date prisa. No es como si la gente pudiera desaparecer así nomás.

Me quedé mirándola un instante. Tú no sabes, pensé. Tú no tienes ni idea de lo que puede desaparecer. Pero solo sonreí y asentí de nuevo.

-Lo sé. Disculpa.

Fui a mi escritorio. Me senté. Abrí la computadora. Los correos se acumulaban, pero no los leía realmente. Mis dedos se movían solos, respondiendo, organizando, haciendo lo que se supone que hago, mientras mi mente estaba en otro lado. Volvía una y otra vez a la granja. A la escalera que baja al sótano. Al refrigerador que guarda lo que nadie más tiene. Me preguntaba si todavía conservaría su olor. Si cuando la abría, el aire frío todavía traía algo de ella.

En la cafetería de la esquina, al mediodía, la vi por primera vez.

Estaba sentada cerca de la ventana, con un libro abierto frente a ella y una taza de café que apenas tocaba. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza que le caía por el hombro, y de vez en cuando se llevaba un mechón detrás de la oreja con un gesto rápido, casi nervioso. No miraba el celular cada dos minutos como todos los demás. No hablaba con nadie. Solo leía, mordiéndose levemente el labio inferior cuando llegaba a una parte que le llamaba la atención.

Me senté en la mesa más cercana, con la espalda parcialmente vuelta hacia ella, para poder observarla sin que notara mi interés. Pedí café y esperé. No quería acercarme todavía. No todavía. Quería saber primero quién era. Qué la hacía sola. Qué la hacía perfecta.

Permaneció allí casi cuarenta minutos. Pagó, se levantó, y salió sin mirar atrás. La seguí a distancia. No de cerca, lo suficiente para no asustarla, lo suficiente para no perderla. Caminaba con paso rápido pero sin prisa, con la mirada baja, esquivando a la gente sin que nadie tuviera que apartarse para ella. Era como si se hiciera pequeña a propósito. Como si ya supiera que no ocupa mucho espacio en el mundo.

Llegó a un edificio sencillo, de tres pisos, con fachada gastada. Subió las escaleras y desapareció tras la puerta del segundo piso. Me quedé en la acera de enfrente unos minutos, grabando el número, el color de la puerta, el detalle de una maceta con flores secas en el alféizar de la ventana. Aquí vive, pensé. Aquí está su mundo pequeño.

Regresé a casa caminando. No me apresuré. Me gustaba esa sensación de tener un plan creciendo en la mente, paso a paso, sin prisa. Cuando llegué, saqué el cuaderno que guardo en el cajón más profundo. Pasé la página donde escribí el nombre de Elena. Y debajo, escribí: La chica de la cafetería. No sabía aún cómo se llamaba, pero lo sabría pronto.

Esa noche, el teléfono vibró varias veces. Mensajes de Giselle. Los leí sin sentimiento alguno, como si fueran de una desconocida.

¿Estás bien?
Me dijeron que ya fuiste a trabajar... ¿podemos hablar?
Te extraño, Elian. No sé qué hice mal. Dime qué cambiar.

Guardé el teléfono sin responder. No había nada que decir. No hice nada mal, quise escribirle. Solo que no eres la que necesito. Pero no lo envié. Era mejor que pensara que era culpa suya. Que se culpabilizara, que llorara, que con el tiempo dejara de buscarme. Menos problemas. Menos preguntas.

Pero las preguntas vinieron de otro lado.

Dos días después, una compañera de trabajo de Elena, una chica delgada con cabello castaño y ojos grandes, se acercó a mi escritorio. Se veía inquieta, mirando a un lado y a otro antes de hablar.

-Disculpa... ¿tú eras amigo de Elena, verdad?

Levanté la vista despacio, con esa expresión de confusión leve que ensayé tantas veces.

-¿Elena? Sí, la conocía. ¿Pasa algo?

Ella mordió el interior de su mejilla.

-No ha ido a trabajar desde aquel día que salió temprano. Nadie sabe de ella. Su familia llamó. Dijeron que no ha contestado llamadas ni mensajes.

Bajé la mirada, fingiendo pesar, preocupación.

-Qué extraño... -murmuré-. Ella siempre era tan responsable.

-¿Tú sabías si iba a ir a algún lado? -preguntó la chica, acercándose un poco más-. ¿Te dijo algo?



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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