Elian(lo que oculta una sonrisa)

La mentira que abraza

Pasaron tres días sin que yo la buscara. Tres días en los que me mantuve quieto, viendo cómo la investigación crecía, cómo las preguntas se multiplicaban, cómo la sombra de lo que hice empezaba a alargarse sobre la ciudad. Sabía que necesitaba algo. Algo que me protegiera. Algo que dijera no puede ser él, mira cómo es, mira quién está con él. Y entonces pensé en ella. En Giselle.

Sabía dónde encontrarla. Sabía que me esperaba. Sabía que la obsesión que sentía por mí era tan grande que perdonaría casi cualquier cosa con tal de tenerme cerca. Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Fui al lugar donde solíamos vernos, ese pequeño club donde ella cantaba. Llegué cuando ya estaba por terminar su turno. La vi detrás del escenario, sentada sola, con la cabeza entre las manos, los hombros caídos, como si llevara el peso del mundo encima. Cuando levantó la vista y me vio, se quedó inmóvil, como si no se atreviera a creerlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato. No corrió hacia mí. Se quedó quieta, temblando, esperando a ver si era real o si solo era su imaginación.

Me acerqué despacio, sin prisa, con esa expresión de dolor y vulnerabilidad que sé usar tan bien. Cuando estuve frente a ella, no la toqué todavía. Solo la miré, y mi voz salió baja, rota, como si apenas pudiera sostenerla.

-Giselle... -susurré su nombre, y se me quebró la voz-. Perdóname.

Ella soltó un sollozo ahogado. Dio un paso hacia mí y luego se detuvo, como si temiera que si me tocaba, desaparecería.

-¿Elian? -murmuró, con los ojos llenos de incertidumbre-. ¿Eres tú de verdad?

Asentí, y sentí cómo se me humedecían los ojos. No era todo actuación. Había algo de verdad en esa tristeza, pero no por ella... por lo que sé que soy y lo que sé que hago.

-Soy yo -dije, bajando la mirada-. No debí haberte dejado así. No debí alejarme sin explicarte nada. Fui un cobarde.

-¿Qué pasó? -preguntó, acercándose un poco más, con la mano extendida sin llegar a tocarme-. Te busqué... te llamé tantas veces... pensé que ya no querías saber nada de mí.

La miré a los ojos, y dejé que me viera frágil, pequeño, roto.

-No es que no te quisiera -dije, y esta vez mi voz tembló de verdad-. Es que... no sabía quién era yo. No sabía si merecía que alguien como tú me quisiera. Me sentí tan... tan poca cosa a tu lado. Tú eres tan brillante, tan segura, tan tú... y yo... yo soy este desastre que no sabe ni cómo sostenerse.

Giselle me miró con dolor genuino, con esa ternura que la hace confiar demasiado, dar demasiado.

-No digas eso -susurró, y esta vez sí me tomó de la mano-. Eres lo mejor que me ha pasado. No tienes idea de cuánto te quiero.

La apreté la mano, suave, como si necesitara sostenerme de ella.

-Por eso me alejé -continué, bajando la cabeza para que viera mi debilidad-. Tenía miedo. Miedo de que te dieras cuenta de que no soy lo que crees. De que soy alguien roto, alguien que no puede darte lo que mereces. No sabía cómo decírtelo. Así que me fui. Pensé que así te protegía de mí.

-No me proteges -dijo ella, acercándose más y apoyando la frente en mi pecho-. Me haces daño al irte. Me duele cada segundo que no estás.

La rodeé con los brazos despacio, y sentí cómo se derretía contra mí, cómo se entregaba sin reservas.

-Lo sé -susurré en su oído-. Lo sé y lo siento tanto. He estado todos estos días pensando en ti. Pensando en lo que hice. En lo mucho que te necesito. No sé vivir sin ti, Giselle. De verdad no sé.

Me separé un poco para mirarla a los ojos.

-¿Me perdonas? -pregunté, con la voz suave, casi un ruego-. Sé que no merezco que me perdones. Pero te lo pido de rodillas. No me dejes solo otra vez.

Ella me miró, y vi cómo la duda se desvanecía, reemplazada por ese cariño ciego que la hace tan fácil de guiar.

-Nunca te he dejado -dijo, acariciándome la mejilla-. Te he esperado todos los días.

La besé entonces. Suave, despacio, como si fuera lo más precioso que tengo. Ella respondió de inmediato, con todo lo que llevaba guardado: anhelo, alivio, amor. No sospechó nada. No vio la sombra detrás de mi beso. Solo sintió que por fin había vuelto.

-Vamos a mi casa -le dije cuando nos separamos-. No quiero estar solo. Quiero estar contigo.

Asintió, tomándome de la mano con fuerza.

-Vamos.

Caminamos juntos por las calles, y la gente nos miraba. Una pareja. Normal. Tranquila. Nadie miró dos veces. Nadie sospechó. Y eso era justo lo que quería.

Llegamos a su departamento. Entramos. Ella encendió una luz tenue que bañó todo de un tono cálido, suave. Me preparó té. Me sentó junto a ella en el sofá. Me escuchó.

-Han pasado cosas terribles -le dije, con voz baja-. Elena... la chica que conocí... ha desaparecido.

Giselle abrió mucho los ojos.

-¿De verdad? Lo vi en las noticias... no sabía que la conocías tanto.

-La conocía -dije, mirando mis manos-. Fui la última que la vio. Me han preguntado. Me han mirado raro. Y me dio tanto miedo... miedo de que pensaran algo malo. Miedo de que me señalaran. Y en medio de todo ese miedo, me alejé de ti. Porque no quería que te vieran conmigo. No quería que te involucraran.

Giselle me abrazó fuerte.

-Nada te va a pasar -dijo, acariciándome la espalda-. Eres inocente. Lo sabes y lo sé.

-¿Y si no lo ven así? -pregunté, mirándola con ojos asustados-. Soy solo yo. Sin nadie. Sin familia cerca. Si tú no estás... ¿quién va a creer en mí?

Ella me tomó la cara entre las manos.

-Yo creo en ti. Y no te vas a quedar solo. Estoy contigo. Lo que venga, lo enfrentamos juntos.

La miré, y sentí cómo caía todo en su lugar.

-¿De verdad? -susurré-. ¿No te da miedo?

-No me da miedo si estoy contigo -respondió ella, firme, segura.

La abracé con fuerza, ocultando mi sonrisa en su hombro.

-Entonces... seamos juntos -dije-. Dejemos que todos vean que no tengo nada que ocultar. Que tengo a alguien. Que no soy lo que imaginan.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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