El sol apenas empezaba a teñir de gris el cielo cuando desperté. Giselle dormía a mi lado, su respiración suave y rítmica, uno de sus brazos descansando sobre mi pecho. Me quedé inmóvil un instante, escuchando el latido de su corazón, tan tranquilo, tan ajeno a todo lo que pesaba sobre mí. Nadie diría nada. Nadie imaginaría que el chico que la abraza con ternura es el mismo que tiene un secreto guardado en un refrigerador, a kilómetros de aquí.
Me levanté despacio para no despertarla. Fui a la cocina y me serví un vaso de agua. Mis manos no temblaban, pero sentía algo apretado en el pecho, como si el aire me faltara. Los policías no me habían descartado. Lo sabía. Lo vi en la mirada del de ojos grises la última vez: no me creía del todo, pero no tenía nada contra mí. Ninguna prueba. Ningún testigo. Ningún rastro.
Pero los restos de Elena seguían ahí. En la granja. En el sótano. Y si alguien llegaba a encontrarla… si alguien veía lo que yo vi… todo se derrumbaría.
Regresé a la habitación. Giselle se removió entre las sábanas y abrió los ojos. Al verme, sonrió, esa sonrisa suave y confiada que me da tanto poder.
—¿Ya estás despierto? —murmuró, estirando la mano hacia mí.
Me senté en el borde de la cama y le acaricié el cabello.
—Sí. Tengo que hacer algo esta mañana. Cosas de la casa.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó, incorporándose.
Le di un beso en la frente, suave, tranquilizador.
—Hoy no, amor. Son cosas rápidas y aburridas. Pero esta noche cenamos juntos, ¿sí? Quiero que todos nos vean. Quiero que sepan que estamos bien.
Sus ojos brillaron.
—¿De verdad?
—De verdad —aseguré—. Vamos a ese restaurante donde fuimos al principio. Tú y yo. Para que nadie tenga duda de que somos felices.
Se abrazó a mí con fuerza.
—Me encanta.
Me arreglé con calma. Ropa limpia, peinado cuidadoso, esa expresión de joven tranquilo y enamorado que todo el mundo aprueba. Antes de salir, me detuve frente al espejo. No eres lo que buscan, me dije. Eres normal. Eres bueno. La quieres. Nadie te va a mirar dos veces.
Conduje hasta la granja sin prisa. Tomé caminos distintos, di vueltas, me aseguré de que nadie me siguiera. Cuando llegué, me quedé sentado en el coche unos minutos, observando la casa entre los árboles. Silenciosa. Aislada. Perfecta para esconder lo que no debe verse.
Entré. El aire olía a cerrado. Fui directo al sótano. Bajé despacio, encendiendo la luz tenue. El refrigerador estaba allí, imponente, frío. Me acerqué. Puse la mano sobre la puerta. El momento había llegado. No podía dejarlo más tiempo. Si me descubrían, esto era todo.
Lo saqué todo. Pieza por pieza, con cuidado, con método. No sentí remordimiento. Sentí urgencia. Cada trozo era una prueba. Una huella. Una pregunta que no debía hacerse. Lo envolví todo en telas gruesas, en bolsas dobles, en cosas que no dejan olores pasar. Lo cargué al coche, en la parte más profunda, cubierto con mantas. Nadie lo vería. Nadie lo adivinaría.
Conduje lejos. Más lejos de lo que nadie imaginaría. A un terreno baldío, lleno de maleza y piedras, donde la gente no suele pasar. Allí, entre la hierba alta, empecé. No fue fácil. Tomó horas. Fuego, tierra, agua, todo lo necesario para que nada quede que reconocer. Me ensucié las manos. Me manché la ropa. Y mientras lo hacía, pensaba: esto es por ti, Elena. Para que nadie te separe de mí. Para que nadie te encuentre y te lleve lejos.
Cuando terminó, no quedaba nada que delatara. Solo cenizas mezcladas con la tierra. Pedazos tan pequeños que nadie sabría qué eran. Me lavé con agua que llevé. Cambié la ropa. La enterré también. Cuando regresé al coche, parecía un hombre cualquiera. Cansado, sí, pero normal.
Conduje de regreso. Me sentía más ligero, pero también más solo. Ella ya no estaba guardada. Ya no la tenía. Solo quedaba lo que llevo dentro. Y eso… eso nadie me lo puede quitar.
Llegué a la ciudad justo cuando empezaba a oscurecer. Fui directo al restaurante. Giselle ya estaba ahí, esperándome en una mesa cerca de la ventana. Se veía hermosa, arreglada, sonriente. Al verme, se levantó y vino hacia mí. La abracé fuerte, la besé como si la hubiera extrañado durante años. Y la gente miraba. Y asentía. Y sonreía. Qué linda pareja, decían las miradas. Qué enamorados.
—Te estaba esperando —dijo, tomándome de la mano—. Estaba preocupada.
—Tardé más de lo que pensaba —respondí, acariciándole la mejilla—. Pero aquí estoy. Contigo.
Cenamos entre risas y miradas cómplices. Le conté cosas sin importancia. Ella me habló de su día, de sus sueños, de todo lo que planeábamos juntos. Yo asentía, sonreía, la escuchaba. Y por dentro contaba los minutos. Los segundos. Esperando que todo pasara sin que nadie notara nada.
Entonces la puerta se abrió. Y entraron.
Los dos policías. El de ojos grises y su compañero. Se detuvieron un instante en la entrada, mirando alrededor. Y sus miradas se posaron en nosotros.
Sentí cómo el aire se me quedaba en la garganta, pero no me moví. No aparté la mano de la suya. No dejé de sonreír. Si me mostraba nervioso, perdía. Si me escondía, perdía.
—Elian —dijo el de ojos grises acercándose despacio—. Giselle. Qué coincidencia.
Me puse de pie, tranquilo, con la mano aún entrelazada con la de ella.
—Buenas noches —respondí con voz firme—. ¿Comen por aquí?
—Sí, de vez en cuando —dijo, mirándome fijo a los ojos—. Y ustedes… qué bien se les ve.
—Estamos bien —dije, apretando la mano de Giselle—. Juntos. Como debe ser.
Giselle levantó la barbilla, segura, protectora a mi lado.
—No hay nada de qué preocuparse, oficial —dijo—. Elian es la mejor persona que conozco. Lo que sea que estén pensando, están equivocados.
El policía no apartó la vista de mí. Vi cómo recorría mi ropa, mis manos, mi rostro. Buscaba algo. Una mancha. Un temblor. Una mentira. Pero no encontró nada. Me lavé bien. Me cambié. Me preparé.
—No pensamos nada, señorita —dijo con calma—. Solo investigamos. Y Elian… hay preguntas que no se han respondido del todo.
—Pregunten —dije, sin bajar la mirada—. Lo que sea. No tengo nada que ocultar.
—La casa a las afueras —dijo, bajando la voz para que nadie más escuchara—. La que mencionaste. La has visitado mucho estos días.
—Es mi lugar —respondí con naturalidad—. Voy a menudo. A limpiar, a arreglar cosas. A pensar. A veces necesito silencio. Giselle lo sabe.
Ella asintió.
—Sí, a veces va cuando necesita estar tranquilo. No hace daño a nadie.
El policía asintió lentamente, pero sus ojos no se relajaron.
—¿Y la limpieza de hoy? —preguntó de golpe—. ¿Mucho que limpiar?
Sentí que me daba en el blanco, pero no flaqueé. Sonreí, con un toque de tristeza.
—Sí. Me deshice de cosas. Cosas que ya no necesitaba. Me dolió, pero es mejor así. Dejar ir lo que se fue.
Me miró largo rato más. No tenía prueba. No tenía testigo. No tenía nada. Solo una sospecha. Y la sospecha no basta.
—Está bien —dijo al final—. Seguiremos en contacto.
—Aquí estaremos —respondí.
Se fueron. Giselle soltó el aire que había estado conteniendo y me abrazó.
—Lo hiciste bien —susurró—. Estuviste perfecto.
La abracé de vuelta, ocultando mi sonrisa en su cabello.
—Gracias por estar ahí —le dije—. Eres mi fuerza.
Terminamos de cenar. Caminamos de la mano hasta su casa. Nos despedimos con un beso largo, frente a todos, bajo las luces de la calle. Ella entró sonriente. Yo me quedé un momento mirando la puerta cerrada. Luego me fui.
Conduje de regreso a la granja. Entré. Revisé todo. El sótano estaba vacío. El refrigerador limpio. Las superficies desinfectadas. Nada quedaba. Nada que delatara. Me senté en el suelo, en la oscuridad, y respiré hondo. Había pasado. Estaba a salvo. Por ahora.
Pero mientras miraba la habitación vacía, sentí algo que no esperaba: la necesidad creciendo otra vez. Más fuerte. Más urgente. Elena se fue. Giselle protege. Pero el vacío sigue ahí. Esperando.
Saqué el cuaderno. Pasé la página de Elena. Debajo, escribí el nombre que había guardado. Lía.
Cerré el cuaderno. Lo guardé. Me recosté en el suelo frío y miré el techo. Nadie me encontró. Nadie me detuvo. Y eso significa que puedo seguir.
—Pronto —susurré a la habitación vacía—. Pronto será otra vez.
Me levanté, me arreglé, y salí de la casa. Cerré con llave. Miré hacia la carretera. Nadie venía. Nadie se acercaba. Todo estaba en calma. Pero yo sabía: la calma antes de la tormenta. Y yo soy la tormenta.