Elian(lo que oculta una sonrisa)

El plan que respira

Llegué a la cafetería a la hora exacta. La misma hora de siempre. Sabía que estaría ahí. Y lo estaba.
Sentada en la mesa de siempre, cerca de la ventana, con el libro abierto frente a ella, la taza de café humeante que apenas tocaba. Cabello oscuro recogido, manos finas sosteniendo las páginas, esa forma de morderse el labio cuando se concentraba que ya se me había grabado en la memoria. No miró hacia la puerta hasta que estuve a su lado. Entonces levantó la vista, y sus ojos café claro se abrieron un poco más, sorprendida… y alegre.
—Elian —dijo, suave, como si estuviera segura de que vendría—. Pensé que no volverías.
Me senté frente a ella despacio, sin apartarle la vista.
—¿Por qué no volvería?
Se sonrojó levemente, acariciando la portada del libro.
—La gente dice eso y luego no vuelve.
—Yo no soy la gente —respondí, bajando la voz, haciéndola sentir que era solo para ella—. Prometí que volvería. Y cumplo mis promesas.
Sonrió entonces, una sonrisa pequeña, tímida, que iluminó su cara entera. Y sentí ese fuego despertar en el pecho, lento y voraz. Ya la tenía. No del todo, pero sí lo suficiente.
Hablamos. Horas parecieron minutos. Le pregunté por su trabajo en la librería, por sus libros, por las cosas que le gustaban. Y ella habló y habló, como si nadie la escuchara así nunca. Le conté que me sentía solo a veces, que el mundo me parecía demasiado ruidoso, que prefería el silencio y las cosas sencillas. Asintió, con los ojos brillantes.
—Yo también —confesó—. Siento que no encajo en ningún lado. Que paso y nadie me ve.
La miré a los ojos, fijo, para que cada palabra se le grabe.
—Yo te veo, Lía.
Bajó la mirada, sonriendo.
—Nadie me había dicho algo así.
—Es porque nadie se ha tomado el tiempo de mirarte bien —dije, inclinándome un poco hacia adelante—. Eres especial. De verdad.
Se quedó callada, mordiéndose el labio, y luego levantó la vista.
—¿Quieres que caminemos un rato? —preguntó, casi un susurro—. Antes de que anochezca.
—Me encantaría.
Salimos juntos a la calle. Caminamos despacio, hombro con hombro, sin tocarnos todavía, pero con esa cercanía que empieza a formarse. Yo guiaba la conversación, preguntando, escuchando, recordando cada detalle. Vivía sola. Su familia estaba lejos. No tenía amigos cercanos. Casi nadie la esperaba. Casi nadie la extrañaría.
Perfecta.
Caminamos hasta su edificio. Se detuvo frente a la puerta y me miró, dudosa.
—Me gustó mucho esto —dijo—. ¿Volveremos a vernos?
Le tomé la mano, suavemente. La sentí temblar entre mis dedos.
—Sí. Mañana te busco. Y te llevaré a un lugar que solo yo conozco. Tranquilo. Donde nadie nos interrumpirá.
Sus ojos se iluminaron.
—¿De verdad?
—De verdad —prometí—. Allí podremos hablar todo lo que quieras. Sin prisa.
Asintió, feliz, y apretó mi mano antes de soltarla.
—Te espero.
Entró. Vi cómo la puerta se cerraba detrás de ella. Me quedé un momento inmóvil, respirando hondo, dejando que el plan se acomodara en mi mente, pieza por pieza, sin dejar huecos.
🧠 EL PLAN — Noche tras noche
Conduje de regreso mientras todo tomaba forma. Nada al azar. Nada improvisado.
Mañana. Mañana la recojo. Le digo que el lugar está a las afueras, que es bonito, que le gustará. Ella confiará. Subirá al coche. No dirá nada. No lo notará raro.
La llevaré a la granja. La entrada está oculta. Nadie pasa por ahí. Nadie la verá llegar.
Al entrar, primero le mostraré el lugar. Le diré que es mi refugio. Que solo la comparto con ella. Se sentirá halagada. Especial. Se sentirá la elegida.
Luego… cerraré la puerta. Con llave. Sin que lo note.
No tendré prisa. La ganaré por completo primero. La haré sentir que soy lo que le faltaba. Que por fin alguien la entiende. Que somos iguales. Y cuando se entregue del todo… cuando baje la guardia… entonces será mía.
Pensé en cómo sería. En su cara. En sus ojos. En el momento en que entienda que no puede irse. Y sentí que el aire me faltaba, pero no de miedo… de hambre. Más fuerte que nunca. Más urgente. Elena ya no estaba. Giselle era solo un escudo. Necesitaba esto. Necesitaba a Lía.
🕵️ LA SOMBRA QUE CRUZA EL CAMINO
Estaba a pocos metros de mi departamento cuando lo vi. El coche. Estacionado al otro lado de la calle. Conocí la silueta en el asiento del conductor antes de verle la cara. El de ojos grises. Esperando.
Me detuve un instante. Respiré. No desvié el paso. No aceleré. Caminé normal, como si no lo hubiera visto.
Se bajó del coche cuando pasé cerca.
—Elian.
Me giré despacio, con calma, con esa expresión de sorpresa tranquila.
—Oficial. ¿Aquí?
Se acercó un paso. No me tocó. Pero su mirada me recorrió entera.
—Estaba cerca. Pensé que podríamos hablar.
—Claro —dije—. ¿Qué necesita saber?
Me miró a los ojos, fijo, buscando algo que agarrar.
—La chica de la cafetería. La que estabas viendo. ¿La conoces?
El corazón me dio un vuelco, pero no lo mostré. Me encogí de hombros, natural.
—Hablé con ella un par de veces. Se llama Lía. ¿Por qué?
—Sola —dijo él—. Siempre sola. Igual que las otras.
Lo miré a los ojos, firme, sin bajar la vista.
—Hay mucha gente sola en esta ciudad, oficial. Eso no significa nada.
—Las otras también eran amables —continuó, bajando la voz—. También confiaban. También creían que por fin alguien las veía.
—Lo siento por ellas —dije, con voz suave—. Pero no soy yo. Solo soy un chico que intenta ser amable. Igual que mi pareja. Giselle lo sabe. Ella confía en mí.
—¿Giselle sabe que buscas a otra? —preguntó de golpe.
—No la busco —respondí, sin alterarme—. Solo hablo con la gente. No hay nada malo en eso.
Me miró largo rato más. No tenía nada. Ninguna prueba. Ningún testigo. Solo una coincidencia. Un patrón. Una sospecha.
—Ten cuidado, Elian —dijo al final—. Las apariencias engañan. Y a veces quien menos esperas… es quien más tiene que esconder.
—Lo tendré en cuenta —respondí con calma.
Se fue. Me quedé inmóvil hasta que su coche desapareció a la vuelta. El aire me salía entrecortado. Sabía. Sospechaba. Pero no podía probarlo. Y eso me daba ventaja. Podía actuar antes de que consiguiera algo.
💜 LA MENTIRA QUE ABRAZA
Entré a casa. Giselle estaba esperándome en la sala, con la luz tenue encendida, dos tazas de té sobre la mesa. Al verme, se levantó de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose—. Te vi hablar con alguien… ¿era la policía otra vez?
La abracé fuerte, escondiendo la cara en su cuello. Dejé que me sostuviera.
—Sí —susurré—. Era él. Me preguntó cosas. Me asustó, Giselle.
Me acarició la espalda, suave, protectora.
—No tienes de qué asustarte. No has hecho nada malo.
Me separé un poco para mirarla a los ojos, con la voz temblorosa.
—Me preguntó por una chica… la de la cafetería. Dijeron que se parece a las otras. Y me dio miedo. Miedo de que piensen algo. Miedo de que te metan en esto. De que te hagan daño por estar conmigo.
Me tomó la cara entre las manos.
—Nadie me va a hacer daño. Estoy contigo. No me alejo por nada.
—¿De verdad? —pregunté, con voz quebrada—. ¿Aunque me miren raro? ¿Aunque digan cosas?
—Aunque digan lo que digan —aseguró, firme—. Te creo a ti, no a ellos.
La besé. Despacio, agradecido, como si fuera mi salvación. Y ella lo creyó todo. Se entregó sin reservas. No vio que mientras la besaba, mi mente estaba en otra. En la que esperaba mañana. En la que sería mía.
Nos acostamos. Ella se acurrucó a mi lado, contenta, tranquila. Yo me quedé despierto, mirando el techo en la oscuridad.
El policía sospecha. Pero no tiene nada. Mañana llevo a Lía a la granja. Nadie la verá llegar. Nadie la verá salir. Y cuando todo pase… cuando nadie encuentre rastro… entonces estaré a salvo. Para siempre.
Giselle me abrazó más fuerte en sueños. Le acaricié el cabello.
—Duerme tranquila —susurré—. Mientras te necesite, estarás a salvo.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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