Elian(lo que oculta una sonrisa)

La sangre que nos une

Todo empezó una noche cualquiera. Fuimos al club donde ella solía cantar, ese lugar pequeño y cálido que la conoce desde antes de que yo llegara. Giselle quería que la acompañara, que la viera cantar, que estuviera ahí como suyo. Y fui. No por ella, al principio... sino porque necesitaba que nos vieran juntos. Que todos supieran que somos pareja. Que nadie se atreviera a mirarla mal.

Pero alguien lo hizo.

Estaba sentado en una mesa apartada, observándola mientras ella cantaba. Su voz llenaba el lugar, su figura brillaba bajo las luces tenues, y yo la miraba y pensaba: nadie debería tocarte. Nadie debería mirarte así. Y entonces lo vi. Un hombre grande, de hombros anchos y mirada sucia, sentado cerca de la puerta. No escuchaba la música. La recorría con los ojos de arriba abajo, como si fuera algo suyo. Como si fuera un objeto.

Cuando terminó su turno, Giselle bajó del escenario, radiante, y vino hacia mí. Me tomó la mano.

-¿Canté bien? -preguntó, con esa sonrisa que solo yo conozco.

-Hermosa -le dije-. Eres la más hermosa de todas.

Salimos juntos a la calle. La noche estaba fresca, oscura, las farolas arrojaban manchas de luz sobre el pavimento. Caminábamos tomados de la mano, sin prisa, cuando escuchamos pasos detrás de nosotros. Pesados. Rápidos.

-Oye, tú -dijo una voz áspera.

Nos detuvimos. El hombre de la mesa se acercó. Olía a alcohol y a algo más, algo sucio. Se plantó frente a nosotros, sin apartar los ojos de Giselle.

-Bueno, bueno... -dijo, sonriendo con una mueca fea-. No te había visto bien adentro. Estás mucho mejor de cerca.

Giselle apretó mi mano con fuerza, dio un paso hacia mí, pero él se interpuso en el camino.

-Déjanos pasar -dije, con voz tranquila, aunque sentía algo caliente y rugiente subir por mi garganta.

El hombre se rió, una risa seca y burlona.

-¿Tú quién eres? ¿Su guardaespaldas? O eres... ¿lo que ella dice que eres? -se inclinó hacia Giselle-. Dime, ¿qué eres en realidad? Porque no pareces mujer del todo.

-Vámonos, Elian -susurró Giselle, temblando-. Ignóralo.

-¿Ignorarlo? -el hombre se colocó frente a ella, bloqueando el paso-. Deberías agradecer que te hago caso. No todos te mirarían así. No todos sabrían... qué hay debajo de toda esa ropa.

Le puso una mano en el brazo. Giselle se sacudió, asustada.

-¡Suéltame! -exclamó.

-Vamos, no seas así... -él la acorraló contra la pared, bajando la voz-. Sé buena y te trato bien. Puede ser divertido.

Sentí que algo se rompía dentro de mí. El control. La calma. La máscara. Quería destrozarlo. Quería hacerlo pagar cada palabra. Cada mirada sucia. Cada segundo en que la hizo sentir pequeña. Di un paso adelante, los puños cerrados, todo el cuerpo temblando de furia contenida.

-Te dije que la sueltes -dije, y mi voz sonó baja, peligrosa, distinta.

El hombre me miró de arriba abajo y soltó una carcajada.

-¿Y tú qué vas a hacer, bonito? ¿Llorar? Ve a jugar a otra parte. Esto es entre ella y yo.

Me empujó. No esperaba que fuera tan fuerte. Caí hacia atrás, contra la pared. Y en ese momento, vi cómo la mano de él se cerraba sobre el brazo de Giselle con fuerza bruta.

-¡Suéltala! -grité, levantándome, pero él me empujó de nuevo, más fuerte.

-Quieto tú.

Me quedé ahí, mirando, con las manos apretadas, con la rabia quemándome por dentro. Puedo matarlo, pensé. Puedo hacerlo ahora mismo. Nadie nos ve. Está oscuro. Se lo merece. Di un paso hacia él, listo para saltar, listo para romperlo...

Pero entonces Giselle se movió.

No esperó. No gritó. No se quedó quieta. Sacó algo de su bolso -un objeto brillante, pequeño- y lo clavó en el costado del hombre, con fuerza, con desesperación, con todo el miedo y la rabia que llevaba acumulada.

Él soltó un rugido ahogado y se apartó de ella, tambaleándose. La miró con los ojos desorbitados, llevándose la mano al costado. La sangre empezó a manchar su camisa, oscura y rápida.

-Tú... -alcanzó a decir, con la voz entrecortada-. Me has...

Cayó de rodillas. Luego de lado. Y no se movió más.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Giselle se quedó de pie, con el objeto aún en la mano, temblando de los pies a la cabeza, mirando el cuerpo en el suelo como si no pudiera creer lo que acababa de hacer. La hoja goteaba sangre.

-Lo... lo hice -susurró, mirándome, los ojos llenos de horror-. Elian... lo hice.

Me acerqué despacio. No corrí. No grité. Me arrodillé junto al hombre. No se movía. No respiraba. Me levanté y la miré a ella. Estaba pálida, deshecha, a punto de desmayarse.

-Giselle... -dije suavemente, acercándome-. Déjame eso.

Se lo entregó con manos temblorosas, como si quemara. La tomé y la guardé rápido, lejos de todo. Luego la abracé. La apreté contra mí con fuerza.

-Está bien -le susurré al oído-. Estás a salvo. Ya no puede hacerte daño.

-Lo maté, Elian -sollozó, escondiendo la cara en mi pecho-. Lo maté.

-Te defendiste -le dije, separándola un poco para mirarla a los ojos-. Te iba a hacer daño. Lo hiciste por ti. Fue defensa propia.

-¿De verdad? -me miró, desesperada, buscando algo a lo que aferrarse-. ¿No me odias? ¿No piensas que soy mala?

Le acaricié la cara, suave, con ternura.

-Jamás. Eres valiente. Lo hiciste para protegernos. Para protegerme a mí también.

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó, mirando el cuerpo en el suelo-. Van a venir por mí. Me van a llevar.

La abracé de nuevo, fuerte, como si la protegiera del mundo entero.

-No van a llevarte a ninguna parte. Yo te ayudo. Estamos juntos en esto. Lo arreglamos.

-¿De verdad? -susurró-. ¿No me dejarás?

-Jamás -prometí, mirándola a los ojos-. Te amo, Giselle. Nada va a cambiar eso. Ni siquiera esto.

La besé entonces, despacio, haciéndole sentir que todo iba a estar bien. Y mientras la besaba, mi mente trabajaba rápido, fría, calculando cada paso.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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