Elian(lo que oculta una sonrisa)

Las aguas se mueven

El sol apenas empezaba a clarear cuando desperté. Giselle dormía a mi lado, abrazada a mi cintura, su respiración entrecortada, como si incluso en sueños no lograra descansar del todo. Me quedé quieto un momento, escuchando el silencio de la habitación, y sentí el peso de todo lo que habíamos hecho anoche. No era remordimiento. Era algo más frío, más calculado: la certeza de que ahora tenía que cuidar cada paso, cada palabra, cada gesto. Un solo error y todo se derrumba.

Me levanté con suavidad para no despertarla. Fui a la cocina y me serví un vaso de agua. Mis manos no temblaban, pero sentía la mente despierta, recorriendo una y otra vez la escena del callejón. El hombre cayendo. La sangre en el pavimento. Giselle con el arma en la mano, mirándome como si yo fuera el único que podía salvarla.

Y lo seré, pensé. Pero a mi manera.

Cuando regresé a la habitación, ella ya estaba despierta. Me esperaba sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo, los hombros caídos. Al verme, sus ojos se llenaron de algo parecido al alivio.

-¿Dormiste algo? -preguntó, con la voz ronca.

Me senté a su lado y le tomé la mano. La suya estaba helada.

-Lo suficiente -respondí suavemente-. Tú tampoco mucho, ¿verdad?

Negó con la cabeza, apretando mis dedos.

-No puedo dejar de verlo. Su cara... la sangre... Elian, ¿de verdad no van a saber que fui yo?

Le acaricié el cabello, despacio, dándole calma.

-Nadie tiene por qué saberlo. Estuvimos en la multitud. Estábamos lejos. Lo vimos todo desde fuera. Eso es lo que diremos. Eso es lo que pasó.

-Pero... ¿y si alguien me vio? -susurró, con los ojos llenos de miedo-. ¿Y si alguien nos reconoció?

La miré a los ojos, firme, tranquilo.

-Escúchame bien: si alguien pregunta, estabas asustada. No entendías lo que pasaba. Me aferraste a mí y no soltabas. No viste nada con claridad. Todo fue muy rápido, muy oscuro. No recuerdas detalles. ¿Entiendes? Cuanto menos digas, menos pueden usar contra ti.

Bajó la mirada, asintiendo lentamente.

-No quiero ir a la cárcel, Elian.

-No vas a ir -le prometí, tomándola de la barbilla para que me mirara-. Yo no voy a permitir que te hagan daño. Pero necesito que confíes en mí. Que hagas exactamente lo que te digo. Sin dudar. Sin preguntar. ¿Podemos así?

-Sí -susurró-. Haré lo que digas.

La abracé entonces, fuerte, dejando que se refugiara en mí. Y mientras ella descansaba la cabeza en mi hombro, yo trazaba los límites.

-Entonces escúchame también esto -le dije, bajito pero claro-. Por unos días no saldremos tanto. No hables con nadie de lo que pasó. Ni con tus amigas, ni con la gente del club, ni con nadie. Si te preguntan, dices que estás mal, que prefieres no hablarlo. Y si alguien te dice algo que no entiendes... me llamas a mí. Antes de responder. Antes de decir cualquier cosa.

Se separó un poquito para mirarme.

-¿Ni siquiera a mí me está permitido hablar?

-Es por tu bien -le acaricié la mejilla-. Cuantas menos palabras salgan, menos pueden torcer. Esos policías saben hacer preguntas que te hacen decir cosas que no querías. Yo te protejo de eso.

Asintió, aunque la duda no se le fue del todo de los ojos.

-Está bien.

Esa tarde la noticia salió. No en titulares grandes, pero sí circuló rápido. Hombre hallado muerto tras discusión en zona de clubes. Leí las palabras en la pantalla del celular, sentado junto a Giselle en el sofá. Ella las leyó también y se tapó la boca con la mano.

-Dicen que lo encontraron esta mañana -susurró-. ¿Crees que nos buscan?

-Ya nos buscaron -respondí con calma-. Y no nos encontraron. No hay motivo para relacionarnos.

Pero no estaba tan tranquilo como sonaba. Al día siguiente, cuando salimos a comprar algo de comer, sentí las miradas. No acusadoras, no del todo... pero sí curiosas. Alguien del club nos vio y apartó la vista rápido. Otro murmuró algo al pasar. Giselle se encogió a mi lado, agarrada de mi manga.

-Siento que todos me miran -dijo bajito.

-No te miran a ti -le dije-. Miran lo que pasó. No saben que fuiste tú. No pueden saberlo. Pero por eso te digo: mantengamos perfil bajo. Unos días y todo se calma.

Y así fue. La mantuve cerca. La recogía del trabajo. La acompañaba a casa. No la dejaba esperar en la parada, ni caminar sola, ni hablar por teléfono con nadie más que conmigo. Al principio me lo agradecía. Eres mi refugio, me dijo una noche. No sé qué haría sin ti. Pero después de unos días, la gratitud empezó a mezclarse con otra cosa.

-¿Por qué no puedo ir a ver a mi amiga? -preguntó una tarde, cuando le dije que mejor no salía-. Solo quiero hablar con ella un rato.

Le tomé las manos, suave pero firme.

-Porque si hablas con ella, vas a querer contarle algo. Y cada palabra que le digas es un riesgo para ti. Para nosotros. ¿No confías en mí?

-Claro que confío -dijo, bajando la mirada-. Solo... me siento encerrada.

-Es por poco tiempo -le besé la frente-. Cuando todo pase, saldremos. Iremos a donde quieras. Pero ahora necesito que me dejes cuidarte. ¿Sí?

Asintió, pero no me sonrió como antes.

Dos días después, los vi. Estábamos sentados en una banca del parque, tratando de pasar una tarde normal, cuando llegó ese coche. Se detuvo cerca. Bajó la ventanilla y vi su cara: el detective de ojos grises. Nos miró directamente. No sonreía. No saludó. Solo observó.

Giselle se tensó a mi lado.

-¿Es él? -susurró.

-Sí -respondí, sin apartar la vista-. Pero no hagas nada. No te alteres. Déjame a mí.

El coche no se movió durante varios minutos. Sentí la mirada del policía recorriéndonos. A mí, a ella, a nuestras manos entrelazadas. Sabía que tenía preguntas. Sabía que algo no le encajaba. Pero no tenía nada. Ninguna prueba. Ningún testigo claro. Solo un presentimiento.

Al final el coche se fue. Giselle soltó el aire que había estado conteniendo.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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