Elian(lo que oculta una sonrisa)

La verdad que se asoma

Lo encontró por casualidad. Estaba doblando mi ropa, una tarde en que llegué tarde, y el cuaderno se deslizó desde la repisa más alta del armario, cayendo abierto a sus pies. Se agachó para recogerlo y sus ojos se detuvieron en la página.
Lía. Próxima.
Debajo, una lista de detalles: dónde la vio, a qué hora va a la cafetería, que vive sola, que nadie la busca. Y al margen, escrito con mi letra: Igual que las otras. Nadie la extrañará.
Giselle se quedó inmóvil. El aire se le escapó de los pulmones. Leyó una y otra vez, sin entender al principio, y luego con un frío que le subió desde los pies hasta la garganta. ¿Las otras? ¿Quiénes eran las otras?
Cerró el cuaderno de golpe, como si quemara, y lo dejó donde estaba. Pero las palabras no se iban. Se quedaban dando vueltas, oscuras, pesadas. Lía. Próxima.
Esa noche, cuando llegué, me notó distinto. No que yo cambiara — era ella quien empezaba a verme con otros ojos. Me acerqué para besarla y ella se apartó apenas, sutil, pero suficiente para que lo sintiera.
—¿Pasa algo? —pregunté, con esa suavidad que siempre funciona.
—Nada —respondió, sin mirarme a los ojos—. Solo… me siento mal.
La observé un instante. Algo había cambiado. Sus gestos eran más tensos. Me miraba de reojo.
—¿Segura? —insistí—. Últimamente estás muy callada.
—Tú también —dijo de golpe—. Tú has cambiado, Elian. Ya no eres el mismo.
Me senté a su lado, tomándole la mano. Ella la retiró despacio.
—¿Cómo que no soy el mismo? —pregunté, con voz suave, lastimada—. Estoy aquí, contigo, cuidándote, protegiéndote… ¿y me dices eso?
—No sé —susurró, mirando hacia la ventana—. A veces no sé quién eres. De verdad.
Al día siguiente fue a buscarla. Llegó a la cafetería, se sentó cerca, esperó. Y la vio entrar. Llevaba el cabello suelto, un libro bajo el brazo, esa forma de caminar despacio, como si no quisiera molestar. Giselle se acercó, temblando, y se sentó frente a ella.
—¿Eres Lía? —preguntó, sin rodeos.
La chica levantó la vista, sorprendida.
—Sí… ¿te conozco?
—No —dijo Giselle, con la voz quebrada—. Pero conozco a alguien que te conoce. Elian.
Lía sonrió levemente.
—Sí, lo conozco. Es muy amable. Me dijo que volvería.
Giselle sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Te dijo eso? ¿Cuándo?
—Hace unos días —respondió Lía, inocente—. Me escuchó. Dijo que soy especial. Que me ve.
Giselle se levantó de golpe.
—¡No! —exclamó, sin poder contenerse—. No puedes… no debes… él no es lo que crees.
Lía la miró asustada.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo que irme —murmuró Giselle, saliendo de prisa, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía el pecho.
No sabía que las cámaras de la entrada la captaron claramente. Que se veía su cara desencajada, sus gestos desesperados, la forma en que hablaba con Lía y la dejaba confundida. Alguien la grabó con el celular. Un video corto que empezó a circular. La chica del club acosando a otra joven.
Todo estalló al mediodía. Giselle apareció en mi oficina. Entró sin avisar, caminó directo a mi escritorio y habló antes de que pudiera detenerla.
—¿Quién es Lía? —preguntó, con la voz temblorosa pero firme—. ¿Qué tienes planeado con ella? ¿Qué le pasó a las otras chicas, Elian?
Todos se callaron. Las cabezas se giraron. Marta, Derek, los demás… nadie dijo nada. Solo miraron.
Me puse de pie despacio, con calma, con esa expresión de tristeza profunda que sé usar tan bien.
—Giselle, por favor… baja la voz.
—No —dijo, elevando el tono—. Dime la verdad. ¿Escribiste su nombre? ¿Ella es la próxima? ¿Elian?
—No sé de qué hablas —dije, acercándome con suavidad—. Estás alterada. Vamos afuera y hablamos.
—¡No vengas conmigo! —se apartó—. Mientes todo el tiempo. No eres quien dices. Algo terrible está pasando y tú lo sabes.
—Giselle —dije, ahora con tono firme, triste—. Por favor, no digas cosas que no puedes probar.
—¡Sé que tú tienes que ver con todo! —gritó, y las palabras salieron atropelladas—. Elena, la chica de la tienda, la del club… tú estabas con todas… y ahora esta chica, Lía… quieres hacerle lo mismo…
—Basta —la interrumpí, bajito pero cortante—. Ya dije basta.
El jefe se acercó.
—Elian, ¿qué está pasando?
Suspiré, como si me costara hablar. Miré a Giselle con ojos llenos de dolor.
—Lo siento mucho… Creo que… creo que hay cosas que ella no me ha dicho. Problemas que tiene desde antes. Se ha vuelto inestable. Me amenazó varias veces. Dijo que si intentaba terminar con ella, me destruiría. Que inventaría cualquier cosa.
—¡Mientes! —sollozó Giselle—. ¡Tú me dijiste que me amabas!
—Te quise —dije, con voz quebrada—. Pero me di cuenta de que no estás bien. Quería alejarme despacio, sin hacerte daño… pero me amenazaste. Dijiste que si yo no era tuyo, nadie lo sería.
—No… no es así… —ella miró a todos, buscando un rostro amigo, pero todos apartaban la vista.
—Giselle, por favor —dije, acercándome como si fuera a consolarla—. Vamos. No te hagas más daño.
—¡No me toques! —se apartó, desesperada—. ¡Tú eres el peligro! ¡Tú mataste a esas chicas y quieres culparme a mí!
—Sácala de aquí —dije al jefe, bajando la cabeza, como avergonzado—. Por favor. No sé qué le pasa.
Dos compañeros la acompañaron hasta la puerta. Ella caminaba mirándome, con los ojos llenos de lágrimas y horror.
—Todos van a ver —decía—. Tarde o temprano van a saber quién eres.
Pero nadie la creyó. La vieron salir alterada, diciendo cosas sin sentido. Y yo me quedé ahí, con la cabeza baja, el chico al que le rompieron el corazón.
—Lo siento —les dije a todos—. Descubrí cosas terribles de ella. Cosas que no puedo contar. Intenté ayudarla… pero ahora me amenaza. Tengo miedo de lo que pueda hacer.
Marta me miró compasiva.
—Pobrecito, Elian. Qué mal lo estás pasando.
—No se lo digan a nadie —pedí—. No quiero que quede mal. Solo… tengan cuidado. Ella no está bien.
Todos asintieron. Y la semilla quedó sembrada. Ella es la peligrosa. Ella miente. Ella está loca.
La esperé más tarde. En un camino apartado, lejos de cámaras, de testigos, de todo. Sabía que vendría. Que me buscaría. Y así fue. Apareció caminando despacio, con la cara deshecha, los ojos hinchados, perdida.
Me acerqué despacio. No corrí. No grité.
—Giselle —dije suavemente—. Te estaba esperando.
Se detuvo, mirándome con desconfianza, pero también con esa esperanza débil que no lograba apagar.
—¿Por qué les dijiste eso? —preguntó, con voz rota—. ¿Por qué me hiciste quedar como la loca?
—No tuve opción —dije, acercándome un paso más—. Me asusté. Dijiste cosas que no podían oír. Pensé que… que te habían visto con Lía. Que te iban a culpar a ti.
—¿Viste lo que pasó en la cafetería? —preguntó, asombrada.
—Vi el video —admití—. Y me dio miedo. Las cámaras te grabaron. Gente te vio alterada. Si la policía lo ve, te culpan de todo. De lo del callejón, de lo que dices de las otras chicas… todo te lo echan a ti.
—Pero no hice nada —susurró—. Solo quise advertirle.
—Lo sé —le dije, tomándole las manos—. Pero ellos no lo creen. Creen que estás obsesionada. Que eres peligrosa. Que inventas historias para llamar la atención.
—¿Y tú? —me miró a los ojos—. ¿Tú qué crees?
La miré con ternura, la mirada más dulce que pude fingir.
—Creo que estás asustada. Que todo esto te supera. Que necesitas estar a salvo, lejos de todo esto.
—¿A salvo? —repitió, confundida.
—Sí —le dije—. Tengo un lugar. La casa de la que te hablé. Lejos de aquí. Sin cámaras. Sin gente que te mire. Podemos irnos ahora. Allí nadie te juzga. Nadie te encuentra. Estamos juntos, como siempre debimos estar.
Retrocedió un paso.
—¿La granja?
—Sí —asentí—. Allí pensamos bien. Allí nadie nos interrumpe. Y cuando todo se calme, volvemos y aclaramos todo. Te lo prometo.
—¿Y Lía? —preguntó, bajito—. ¿Qué pasa con ella?
Le acaricié la mejilla.
—No te preocupes por ella. No hay nada. Solo hablé con ella una vez. Tú eres la única que me importa. Pero si nos quedamos, te llevan a ti. ¿Quieres que te encierren por algo que no hiciste?
Negó con la cabeza, temblando.
—Entonces ven —le ofrecí la mano—. Vamos a donde nadie nos encuentre. Te protejo. Como siempre.
Me miró largo rato. Duda y miedo y amor, todo mezclado. Al final, su mano temblorosa buscó la mía.
—Está bien —susurró—. Vamos.
Subió al coche. Cerró la puerta. Y mientras arrancaba, vi por el retrovisor su cara cansada, asustada… y confiada. No sabía que no íbamos a volver. Que el lugar donde la llevaba no era un refugio. Era el final.
Conduje hacia la carretera, hacia la oscuridad, sonriendo para mí mismo. Todo salió perfecto. Ella misma se condenó. Y ahora… ahora me pertenece por completo.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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