Elian(lo que oculta una sonrisa)

La sombra que se cree propia

La granja estaba en silencio cuando llegamos. Las ventanas oscuras, los árboles altos cerrando el paso, el camino de tierra que se pierde entre la hierba. Giselle bajó del coche despacio, mirando todo con ojos grandes, asustados, como si el aire mismo pesara aquí. Se abrazó a sí misma, temblando.

—Es tan… solitario —susurró.

—Por eso es seguro —le dije, poniéndole una mano en la espalda—. Nadie nos encuentra. Nadie nos molesta. Entra.

La guié adentro. Encendí luces tenues que bañaron todo de un tono amarillento, suave, casi irreal. Ella se quedó de pie en la sala, mirando las paredes vacías, el piso de madera fría, y luego me miró a mí.

—¿Cuánto tiempo nos quedaremos?

—El necesario —respondí, acercándome para quitarle la chaqueta—. Hasta que estés bien.

Y empezó. No de golpe. No con violencia. Con algo peor: cuidado.

Los primeros días la traté con dulzura extrema. Le preparé la comida. Le llevé tazas de té caliente. Le dije que descansara, que no se preocupara por nada. Pero cada taza, cada vaso de agua, cada pastilla que le daba "para los nervios" tenía algo más. Algo que la hacía dormir más profundo, que la dejaba lenta, que nublaba sus pensamientos hasta que apenas podía distinguir lo que soñaba de lo que vivía.

Se levantaba confundida. Se tocaba las manos como si no fueran suyas.

—Siento que… no estoy aquí del todo —me dijo una mañana, sentada en el borde de la cama, mirando sus pies—. Las cosas se me mezclan. Lo que pasó con el hombre… lo que dije en la cafetería… no sé qué es verdad.

Me senté a su lado y le acaricié el cabello.

—Es normal —le dije con voz suave—. Todo esto te ha superado. Has pasado por mucho. Tu mente trata de protegerte, pero se confunde.

—¿Y si hice algo más? —preguntó, mirándome con terror—. A veces recuerdo cosas… imágenes… y no sé si las vi o las hice.

La tomé de la barbilla, despacio.

—¿Qué recuerdas, amor?

—No sé… —tembló—. Una chica en una tienda… otra cantando… yo no estuve ahí, ¿verdad?

Suspiré, como si me doliera decirlo.

—Giselle… te vi. Una vez. Seguías a la chica de la tienda. Dijiste que no te gustaba cómo me miraba. No quise decirte nada porque pensé que se te pasaría.

Ella palideció.

—¿Yo la seguí?

—Sí —bajé la mirada—. Y la del club… te pusiste furiosa cuando me oyó hablar con ella. Dijiste que la harías callar. Giselle, me da miedo decirte todo esto… pero las cosas que pasaron después… no puedo fingir que no las vi.

—¿Qué… qué pasó? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Desaparecieron —le dije, suave pero firme—. Y tú sabes algo de eso. Sé que lo sabes.

—No… no, yo no… —negaba con la cabeza, pero sus manos temblaban—. No recuerdo…

—Porque no quieres recordar —le acaricié la mejilla—. Tu mente lo bloqueó. Pero lo hiciste. Y aquel hombre… fue el límite. Te descontrolaste. Y ahora… ahora temo por quién sigue.

Ella se tapó la cara y sollozó.

—¿Y Lía? —preguntó de golpe—. ¿Esa nota… la escribí yo?

Me quedé callado un instante, luego asentí lentamente.

—La encontré. Tú la escribiste cuando estabas dormida. Cuando no sabías lo que hacías. Decía que Lía era la siguiente. Que si tenía algo conmigo… la harías desaparecer.

—No… —se encogió sobre sí misma—. Yo no pensaba eso… no…

—Lo hiciste sin darte cuenta —le dije, abrazándola fuerte—. El miedo te dominó. Los celos. La necesidad de que solo te quisiera a ti. Y todo salió mal. Pero no te preocupes. Yo estoy aquí. Yo te ayudo. Yo te protejo.

La encerré en la habitación del piso de arriba. No con llave al principio —ella misma no quería salir. Decía que era mejor así, que si se quedaba adentro no podía hacer daño a nadie. Pero después, cuando empezó a pedir explicaciones, a decir que algo no encajaba, la cerré con cerrojo desde afuera.

Cada día le inventaba recuerdos. Le hablaba de cosas que "había hecho", de momentos que nunca existieron, con tanta seguridad y detalle que poco a poco empezaron a instalarse en su mente como propios.

—Aquel día en la tienda —le decía sentándome frente a ella—, la esperaste a la salida. Le dijiste que te alejara de mí. Ella te dijo que no tenía nada que ver contigo. Y te enfureciste.

—¿Yo… le hice daño? —preguntaba ella, con la voz quebrada.

—No lo sé —bajaba la cabeza—. Tú me dijiste que solo la asustaste. Pero luego no la volvieron a ver.

Otro día:

—La cantante… la seguiste hasta el callejón. Me lo confesaste llorando. Dijiste que su voz te molestaba. Que yo la miraba demasiado.

—¿De verdad dije eso?

—Sí. Y después… no volvió.

La miraba a los ojos cuando le hablaba, sin apartar la vista, y veía cómo la duda se convertía en certeza. Cómo se rompía su propia imagen de sí misma. Cómo empezaba a verse con horror.

—Soy monstruo —decía, abrazándose las rodillas en la cama—. No puedo ser así… pero si tú lo dices… si yo lo recuerdo de a poco…

—No eres monstruo —le decía, tomándole la mano—. Estás enferma. Y yo te ayudo a sanar. Nadie lo sabe. Solo yo. Si te vas, te encierran para siempre. Aquí, conmigo, podemos arreglarlo. Podemos olvidar.

Le daba más pastillas. La hacía dormir horas y horas. Cuando despertaba, estaba más confundida, más frágil, más dispuesta a creer cualquier cosa que le dijera.

Un día, despertó llorando sin poder parar.

—Lo recuerdo —dijo entre sollozos—. Recuerdo a Lía. Quería ir a buscarla. Pensaba que tú estabas con ella. Quería hacerle daño. ¡Dios mío, Elian, quería matarla!

La abracé. La sostuve mientras temblaba.

—Lo sé. Pero no fuiste. Yo te detuve. Te alejé de ella antes de que pudieras.

—¿Y Elena? —preguntó, mirándome con ojos vacíos—. ¿Qué hice con Elena?

Le acaricié el rostro con ternura.

—Ella fue la que más te dolió. La que más me importaba. Y la hiciste desaparecer. No me dijiste dónde. Dijiste que así nadie nos separaría.

Giselle se hundió. Se desmoronó por completo. No tenía ya fuerzas para dudar. Todo encajaba: la desaparición tras otra, los celos, el miedo, la rabia que sentía sin saber de dónde venía. Todo lo que yo le decía era la única explicación que tenía.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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