Elian(lo que oculta una sonrisa)

La culpa hecha carne

Tres meses. Noventa y tantos días desde que cruzamos la puerta de la granja. Tres meses en los que el mundo siguió girando allá afuera, mientras aquí adentro todo se había detenido.

En la ciudad, la historia ya estaba escrita. La conté despacio, con la voz quebrada, la mirada baja, las manos temblorosas cuando me preguntaban.

—No sé dónde está —decía a todos, en la oficina, en la tienda, a quien quisiera escuchar—. Un día se fue y no volvió. Me dejó solo.

—¿Pero cómo fue, Elian? —preguntaba Marta, acercándose con compasión—. Estaban tan bien…

Sonreí con amargura.

—Eso parecía. Pero en casa… era distinto. Me gritaba. Me empujaba. Un día me levanté con moretones y no supe cómo pasó. Me dijo que si la dejaba, me haría daño. Que nadie me creería.

Lo repetí tantas veces que casi sonaba a verdad. Fui a la comisaría. Presenté la denuncia. Hablé de golpes, de amenazas, de miedo. Dije que la amaba, que quería ayudarla, pero que no sabía cómo. Los policías me escucharon. Anotaron. Y en sus miradas vi lo que ya sabía: pobre chico. Qué mala suerte tuvo. Ella lo tenía dominado.

—Si la ve, díganle que estoy preocupado —pedía a todos—. Que no le guardo rencor. Solo quiero saber si está bien.

Y todos asentían. Todos me consolaban. Nadie sospechaba. Nadie imaginaba que a menos de una hora de la ciudad, ella estaba esperando, rota, creyendo ser todo lo que yo dije.

Aquí adentro, las pastillas ya no hacían falta. Su mente se había roto tanto que ya no necesitaba que la nublaran. Ella misma se encargaba de construir las memorias que yo le había plantado, una por una, hasta que se volvieron tan reales que dolían.

Una tarde la encontré sentada en la cama, mirándose las manos como si no le pertenecieran. Tenía la mirada perdida, fija en algo que solo ella veía.

—¿Qué piensas, Giselle? —pregunté suavemente, cerrando la puerta tras de mí.

Levantó la vista despacio. Sus ojos estaban vacíos.

—Lo recuerdo —dijo, con voz monótona—. La tienda. La empujé. Le dije que te alejara de ti. No quise hacerle daño… pero se cayó. Y me fui.

Me acerqué y me senté a su lado. Le tomé la mano. Ya no la retiraba.

—¿Y la cantante? —pregunté bajito.

Tembló levemente.

—La esperé. Le dije que te dejara en paz. Se rió de mí. Me enojé… no recuerdo más. Solo recuerdo correr. Y luego… nadie la volvió a ver.

Asentí, acariciándole los dedos.

—Y a mí… ¿cómo me tratabas?

Bajó la cabeza, avergonzada.

—Te agarraba del brazo. Te decía que si te ibas, te buscaba. Te dije que nadie te iba a tener. Me da asco… me da asco recordarlo, pero lo hice. No sé por qué fui así contigo. Tú solo querías ayudarme.

—No te culpo —le dije, acercándola a mí—. Estabas enferma. No eras tú.

—Pero fui yo —susurró—. Yo lo hice. Todo.

Había imágenes en su cabeza que yo no le había puesto: escenas completas, diálogos, sensaciones. Se había apropiado de mis mentiras y las había convertido en su vida. Se veía a sí misma acechando, amenazando, dominándome. Lloraba a veces pidiéndome perdón por cosas que nunca sucedieron. Me abrazaba con desesperación diciendo que no merecía que la quisiera. Y yo la abrazaba de vuelta, diciéndole que todo estaba perdonado, que estaba a salvo, que solo yo la entendía.

Pero había algo más. Algo que crecía en ella, oscuro y silencioso.

Una noche me despertó. Estaba de pie junto a la cama, mirándome con una intensidad que no le conocía.

—Lía —dijo, solo eso.

Me incorporé despacio.

—¿Qué con ella?

—La vi —susurró—. En mis pensamientos. Sé que es la siguiente.

—Nadie va a hacerle nada —dije, tratando de calmarla.

Me tomó de la mano con fuerza.

—Tengo que hacerlo, Elian. Si no lo hago, ella te quita. Tú la miras. La escuchas. La prefieres. Y no puedo perderte. No puedo.

—No la prefiero —le aseguré—. Tú eres la única.

—Ella no lo sabe —dijo, con los ojos brillando de algo feroz—. No sabe que si se acerca, te la lleva. Tengo que detenerla. Antes de que sea tarde.

Me quedé callado un instante. La miré: temblorosa, convencida, lista para hacer lo que yo necesitaba. La semilla había dado fruto. Ella misma estaba diciendo lo que yo esperaba oír.

—¿Y si te descubren? —pregunté, fingiendo miedo.

—No me descubren —dijo, con una seguridad que no era suya—. Nadie me ve. Nadie piensa en mí. Y si me atrapan… que me lleven. Pero ella no te tendrá.

La abracé, ocultando mi sonrisa en su cabello.

—Eres valiente —le susurré—. Pero ten cuidado. Si algo te pasa, me muero.

—Nada me pasa —respondió, firme—. Lo hago por nosotros.

Desde ese día, empezó a prepararse. No dormía bien. Hablaba sola. Repasaba el plan una y otra vez, el mismo que yo le sugerí entre sueños y susurros: dónde encontrarla, qué decirle, cómo llevarla lejos. Creía que era suya la idea. Creía que era suya la decisión. Y pronto sería suya la culpa.

Yo solo esperaba.

Una mañana, me miró antes de salir. Se veía distinta: decidida, fría, la chica que creía ser un monstruo y estar orgullosa de proteger lo suyo.

—Voy —dijo.

La tomé de la cara entre mis manos.

—Prométeme que volverás.

—Vuelvo —aseguró—. Y cuando vuelva, nadie nos separa nunca.

La vi salir. Caminó hacia el coche, sola, sin mirar atrás. Arrancó y desapareció por el camino de tierra. Me quedé de pie en la puerta, sonriendo al aire fresco de la mañana.

Todo estaba listo. Lía sería la última. Giselle sería la culpable. Y yo… yo sería el hombre que perdió a todas, que sufrió a todas, que sobrevivió a todo. El pobre Elian. El dulce chico que nadie quiso lastimar.

Entré a la casa. Me senté en el sofá. Esperé.

No tardaría en saberse. La desaparición. La evidencia. La persecución. Todo apuntaría a ella. Y yo estaría ahí, con los ojos llenos de lágrimas, diciendo: Sabía que iba a pasar algo. Lo supliqué. No me escuchó.

Giselle creía que iba a salvar lo nuestro. No sabía que lo único que estaba salvando era mi libertad.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesina en serie

Editado: 29.09.2026

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