El reloj de la pared marcaba las doce y media. Tecleaba despacio, con calma, los ojos fijos en la pantalla, pero la mente muy lejos. Todo en la oficina seguía igual: el zumbido suave de los ventiladores, el olor a café que deja Derek sobre su escritorio, Marta pasando repartiendo papeles. Nadie notaba nada. Nadie sospechaba. Para ellos era un día más. Para mí, todo estaba en su lugar perfecto.
Me recosté un momento en el respaldo de la silla y cerré los ojos. La vi en mi mente: caminando hacia ella, hablándole con esa seguridad prestada que yo le di, diciendo palabras que yo puse en su boca. Giselle ya no era ella. Era una versión de mí, rota y reconstruida a mi imagen, que cree que actúa por voluntad propia cuando cada paso, cada pensamiento, cada miedo viene de mí.
Mejorada, pensé. Más obediente. Más oscura. Completamente a mi merced.
Nada se le escapaba. Todo lo que planeaba creía que era suyo. Cuando ideó la forma de acercarse a Lía, sonrió pensando que era astuta. Cuando decidió llevarla lejos, creyó que lo hacía por amor. Cuando imaginó el final, no vio que yo estaba detrás de cada imagen.
Las cámaras la captarán, sí. La verán llegar. La verán hablar con ella. La verán subir al coche. Y no dirá mi nombre. Ni una sola vez. Porque para ella yo no soy el culpable. Soy el único que la entiende. El único que la protege. El único que la ama a pesar de todo. Si la detienen, callará. Asumirá todo. Y yo seguiré visitándola. Le escribiré cartas. Le llevaré cosas. Seré su vínculo con el mundo. Y ella me agradecerá que no la haya abandonado.
—¿Todo bien, Elian? —preguntó Marta, deteniéndose junto a mi mesa.
Abrí los ojos y sonreí, esa sonrisa suave, un poco triste, que siempre funciona.
—Sí. Solo… pensando en ella.
Marta asintió con compasión.
—Todavía sin noticias.
—Nada —bajé la mirada—. Pero sé que está bien. En el fondo lo sé. Solo… perdida.
—La encontrarán —dijo ella—. Y tú estarás ahí para ayudarla.
—Siempre —respondí.
Volví a la pantalla. Pero por dentro sonreí. Sí, estaré ahí. Hasta el final.
Giselle esperó cerca de la salida de la cafetería. Mantuvo la mirada baja, las manos entrelazadas apretadas, respirando lento como le había dicho a sí misma tantas veces: tranquila, natural, nadie sospecha. Cuando vio a Lía salir, caminó hacia ella con paso firme.
—¿Lía? —dijo, con voz que intentó mantener estable.
La chica se detuvo, sorprendida.
—Sí… ¿nos conocemos?
—No del todo —Giselle forzó una sonrisa—. Pero conozco a alguien que te conoce. A Elian. Me pidió que te llevara conmigo. Quiere hablar contigo. No pudo venir él mismo.
Lía dudó, frunciendo el ceño.
—¿Él te mandó?
—Sí. Dijo que era importante. Que te explicaría todo. Por favor, no tardamos.
Hubo algo en la forma en que lo dijo, algo ansioso, casi urgente, que hizo que Lía dudara… pero asintió.
—Está bien. Pero si tarda mucho me tengo que ir.
Subieron al coche. Giselle condujo en silencio, mirando hacia adelante, los nudos blancos sobre el volante. Lía hablaba de vez en cuando, comentaba algo sobre el clima, sobre la cafetería… y Giselle respondía con monosílabos, sin apartar la vista del camino.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lía cuando dejaron atrás las calles pavimentadas.
—A un lugar tranquilo —respondió Giselle—. Lejos de todo. Allí podremos hablar sin que nadie nos moleste.
Lía se inquietó.
—Nadie me dijo nada de esto…
—Elian dice que es mejor así —cortó Giselle, con una firmeza que no era suya—. Ya casi llegamos.
La granja apareció entre los árboles, oscura y silenciosa. Giselle estacionó y bajó primero.
—Baja —dijo, abriéndole la puerta—. No te haré daño.
Lía dudó, pero bajó. Caminaron hacia la entrada. Giselle abrió y la hizo pasar. El aire estaba frío. La habitación estaba limpia, ordenada, lista.
—¿Dónde está él? —preguntó Lía, retrocediendo un paso.
—No vendrá —dijo Giselle, cerrando la puerta tras de sí y echando el cerrojo.
Lía se puso pálida.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tú eres la que se interpone —dijo Giselle, y su voz sonó extraña, ajena—. Él no puede verte. No puede acercarse. Pero yo sí.
—No sé de qué hablas —Lía retrocedió hasta chocar con la pared—. Déjame salir.
—No puedo —Giselle dio un paso hacia ella—. Si te vas, él se aleja. Ya me pasó con las otras. No lo permitiré.
La tomó del brazo. Lía forcejeó, pero Giselle era más fuerte, movida por un terror y una convicción que la hacían imparable. La llevó hasta la habitación de arriba, la misma donde había estado encerrada. La ató con cuerdas que tenía preparadas, con nudos que había practicado sola, en la soledad de sus días.
—Perdóname —decía mientras lo hacía, con lágrimas en los ojos—. No quiero hacerte daño. Pero no tengo opción. Tú no sabes lo que es amarlo y sentir que te lo van a quitar.
Lía suplicaba, lloraba, prometía no decir nada… y Giselle tapó sus oídos.
—No me mires así —le dijo, apartándose hacia la puerta—. No fui yo quien eligió esto. Fue el miedo. Siempre el miedo.
Se quedó de pie un momento, mirándola. Todo estaba listo. La tenía. Nadie sabía. Nadie la había visto. Casi… casi lo había logrado.
Y entonces escuchó pasos abajo.
Se quedó inmóvil. Los ojos de Lía se abrieron con esperanza.
—¿Alguien viene? —susurró.
Giselle no respondió. Salió de la habitación despacio, bajó las escaleras de a uno, sin hacer ruido. La puerta se abrió. Y él entró.
Elian.
Se detuvo en el umbral. La miró. Y sonrió.
—Llegué justo a tiempo —dijo.
Giselle se quedó en la escalera, con la mano en la barandilla, sin entender del todo. Yo avancé despacio hacia ella, con la cara descompuesta, como si me doliera respirar.
—¿Tú… viniste? —repitió, con voz temblorosa.
La tomé entre mis brazos de golpe, abrazándola con fuerza, como si me estuviera ahogando y ella fuera la orilla.
—No pude quedarme —le dije, hundiendo la cara en su cuello—. Tuve un día horrible, Giselle. Todo me salió mal. Y no dejaba de pensar en ti. En nosotros.
Ella me sostuvo, confundida pero respondiendo al abrazo, acariciándome la espalda.
—¿Qué pasó? —preguntó suavemente.
Me separé un poquito, pero sin soltarla, con los ojos brillantes de algo que parecía dolor.
—Marta me dijo… vio a Lía hoy. Me mandó saludos ,Dijo que pensaban que a lo mejor… que a lo mejor ella quería ser mi nueva novia. Que se la veía muy interesada.
La sentí tensarse entre mis brazos.
—¿Qué? —susurró.
—Yo no sé qué pensar —bajé la cabeza, como si me avergonzara—. No le he dado motivos. Pero todos lo dicen. Me dijeron que la vieron esperándome. Que sonreía cuando hablaban de mí. Y me entró tanto miedo… miedo de que te vayas a enterar y pienses cosas que no son. Miedo de que creas que la prefiero. Corrí aquí porque te extraño. Tú eres la única. No quiero que nadie más.
La miré a los ojos, y vi cómo se oscurecían. La duda se mezcló con algo más, algo feroz y celoso, justo como yo quería.
—Ella no te va a tener —dijo, con voz baja, tensa—. No va a poder.
—No quiero que nos separe —seguí, apretándole las manos—. Pero si la siguen viendo… si sigue insistiendo… no sé qué hacer. Me da miedo que te vayas. Que creas que algo hay entre nosotros. No hay nada. Lo juro.
—Lo sé —dijo ella, con la mandíbula tensa—. Pero ella no lo sabe. Cree que puede.
Le acaricié la mejilla, suavemente.
—Me tengo que ir, amor. No puedo quedarme mucho tiempo. Si no aparezcan, sospechan. Pero quería verte. Decírtelo. Que tú eres todo para mí.
—¿Vas a volver? —preguntó, agarrándose de mi manga.
—No sé —susurré, fingiendo pesar—. No hoy , Tengo que mantenerme lejos un tiempo. Que no nos vean juntos. Que no digan que te defiendo. Tardaré en volver. Quizás días o no se
Vi cómo sus ojos se llenaban de algo oscuro y decidido. Días. Ella sola. Lía cerca. Yo lejos.
—Ve —dijo, con voz que apenas reconocía—. No te preocupes. Yo me encargo.
—¿De qué? —pregunté, fingiendo inocencia.
Ella apretó los puños.
—De que entienda. De que sepa la verdad. Nadie te va a quitar. Nadie.
La besé en la frente, despacio.
—Gracias, mi vida. Sabía que podía confiar en ti.
Salí de la casa. Caminé al coche sin mirar atrás. Sabía que se quedaba ahí, con el corazón golpeándole furioso, con los celos ardiendo, con la certeza de que tenía que actuar ahora antes de que yo volviera y todo cambiara.
Conduje directo a la cafetería. Me detuve un momento, miré hacia adentro. Lía no estaba, claro. La tenía Giselle arriba, atada, esperando. Fui a la comisaría. Entré con la cara preocupada, la mirada inquieta, la voz temblorosa.
—Vengo por Lía —dije al oficial que me recibió—. No está. Fui a buscarla a la cafetería y no llegó. Nadie la ha visto desde esta mañana.
Tomaron mis datos. Me escucharon.
—¿Alguien sabía a dónde iba? —preguntó.
—Me dijo algo de ir con unos amigos —respondí, con tono dudoso—. No sé si es verdad. Parecía inquieta. Como si quisiera alejarse de todo un tiempo.
—¿Sabe si tiene amigos lejos?
—Mencionó algo de la zona norte —dije, señalando exactamente el extremo opuesto a donde estaba la granja—. Algo de pasar unos días allá. No estoy seguro. Pero me preocupa. No es costumbre en ella desaparecer así.
Escribieron todo. Asintieron.
—Enviaremos unidades hacia allá. Revisaremos caminos, paradas, lugares donde pudiera haber ido. Si está con amigos, aparecerá.
—Gracias —dije, bajando la cabeza—. Por favor, búsquenla.
Salí de la comisaría y sonreí. Iban hacia el lado equivocado. Mientras ellos recorrían carreteras del norte, kilómetros lejos, aquí, en la soledad del sur, Giselle tendría todo el tiempo del mundo. Nadie vendría. Nadie interrumpiría.
Conduje despacio, calculando cada hora. Las unidades tardarían en llegar a la zona norte. En recorrer todo. En darse cuenta de que no había rastro de ella. Horas. Quizás todo el día. Tiempo suficiente para que Giselle haga lo que tiene que hacer. Para que la furia y los celos terminen lo que yo empecé. Y cuando todo esté hecho… entonces apareceré. La encontraré. Y seré el hombre que llegó demasiado tarde.
Giselle creía que protegía lo nuestro. No sabía que yo la estaba dejando sola con su propia sombra. No sabía que el tiempo que le daba era el lazo que la apretaría para siempre.
Miré el reloj. Todo iba perfecto. Los minutos pasaban. Y arriba, en la casa, la decisión ya estaba tomada.
—Hazlo —susurré al viento—. Es tu momento.