La observaba a lo lejos como acostumbraba hacerlo. No me daba pena acercarme a ella o algo así; simplemente jamás encontraba una oportunidad que pareciera suficientemente buena para hacerlo. Siempre había algo que me detenía, una excusa diferente cada día que, aunque sonara ridícula incluso dentro de mi propia cabeza, resultaba suficiente para convencerme de que era mejor esperar un poco más. A veces pensaba que quizá estaba demasiado ocupada, otras veces que estaba acompañada y en algunas ocasiones simplemente me decía que no tenía sentido acercarme porque seguramente ni siquiera recordaría mi nombre después de presentarme. Sin embargo, llevaba dos años haciendo exactamente lo mismo: verla desde lejos, aprender pequeños detalles sobre ella sin proponérmelo realmente y después fingir que no me importaba cuando alguien mencionaba su nombre.
Violet Varela.
Todavía me parecía extraño que un nombre pudiera quedarse tanto tiempo dentro de la cabeza de una persona.
La primera vez que lo escuché ni siquiera estaba prestando atención. Una de sus amigas la llamó desde el otro lado del pasillo y ella volteó inmediatamente levantando una mano para indicarle que la había escuchado. Fue algo completamente normal, insignificante para cualquiera que estuviera alrededor, pero yo me quedé mirándola durante unos segundos más de los necesarios. Desde entonces su nombre comenzó a aparecer en mi cabeza con una facilidad preocupante. Violet cuando llegaba temprano. Violet cuando llegaba tarde. Violet cuando se reía. Violet cuando discutía con alguien. Violet cuando se sentaba en las escaleras con un café entre las manos. Violet cuando salía de clases y se colocaba los audífonos antes de cruzar la calle.
Violet.
Violet.
Vi.o.let.
A veces me preguntaba si alguna vez podría dejar de pensar en ella, la respuesta hasta ese momento parecía bastante clara.
No.
Y lo peor era que no sabía exactamente cuándo había empezado a enamorarme, ni siquiera estaba segura de que pudiera llamarlo amor.
Tal vez había sido admiración al principio. Después curiosidad. Luego fascinación. Y cuando quise darme cuenta, ya sabía demasiadas cosas sobre una mujer con la que apenas había intercambiado un par de palabras en toda mi vida.
Sabía que le gustaba el café sin azúcar, aunque algunas tardes compraba uno con vainilla cuando parecía especialmente cansada. Sabía que odiaba llegar tarde, pero que siempre terminaba llegando tarde al menos una vez por semana. Sabía que prefería sentarse junto a las ventanas cuando tenía que estudiar y que cuando estaba con sus amigas, prefería cualquier mesa que estuviera en el centro del lugar. Sabía que tenía tres pendientes en la oreja izquierda y dos en la derecha, que el tatuaje de su muñeca era más antiguo que el de su antebrazo y que había una pequeña cicatriz cerca de su clavícula que casi siempre quedaba escondida debajo de la ropa. Sabía que se mordía el interior de la mejilla cuando intentaba contener una sonrisa y que levantaba ligeramente la ceja derecha cuando algo le parecía absurdo. Sabía que no le gustaban las personas demasiado insistentes, aunque parecía disfrutar provocar a quienes se acercaban demasiado confiados a ella.
También sabía algo que, por alguna razón, me había resultado especialmente interesante desde que lo descubrí.
Violet era bisexual.
No debería haberme sorprendido. En realidad, no tenía ningún sentido que aquello hubiera cambiado algo para mí, porque incluso antes de saberlo ya estaba enamorada de ella. Sin embargo cuando escuché a una de sus amigas hablar sobre una chica con la que había salido el semestre anterior, sentí algo parecido a una esperanza que inmediatamente intenté aplastar. Porque que Violet pudiera sentirse atraída por mujeres no significaba que pudiera sentirse atraída por mí.
De hecho, probablemente ni siquiera sabía que yo existía.
—Alessia.
No respondí.
—Alessia.
Seguí mirandola.
—Alessia, te estoy hablando.
Parpadeé y finalmente aparté los ojos de la otra parte del patio, Mara estaba sentada frente a mí, con los brazos cruzados sobre la mesa y una expresión que ya conocía demasiado bien.
—¿Qué?— cuestione con calma mirandola a los ojos
—Llevo cinco minutos hablando contigo.— se quejo, miré mis apuntes.
—Perdón.
—Ya sé.
—¿Qué me estabas diciendo?
—Que mañana tenemos que entregar el trabajo.
—Ah.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?— Mara soltó una pequeña risa y siguió mi mirada hasta encontrar a Violet, yo inmediatamente bajé los ojos
—No estaba mirándola— me defendi de inmediato antes que abriera la boca
—Claro que no.
—Estaba mirando hacia allá...
—Y casualmente ella estaba allá.
—Sí.
—Y casualmente llevas diez minutos mirando hacia allá.
—No fueron diez minutos.— me defendi torpemente, Mara miró el reloj de su teléfono.
—Fueron ocho.— asintio ella arqueando una ceja mientras me miraba, mordi mi labio inferior sintiendo mis mejias arder
—Eso sigue sin ser diez...
—No puedo creer que estés discutiendo la duración de ver a la raiz de tu obsesión— sentí que el rostro se me calentaba aun mas mientras bajaba la mirada.
—No estoy obsesionada...— refunfuñe mientras empezaba a dibujar pequeños garabatos en mi cuaderno
—Por la Diosa Luna, Alessia.— se quejo indignada de mi negativa, aprete los labios negandome a ceder, aunque tuviera razon
—No.
—Alessia, sabes más cosas sobre esa mujer que yo sobre mi propia familia.
—Eso es una exageración.
—¿Ah, sí? Entonces dime qué tatuaje tiene en la espalda— me quedé callada mordiendo mi labio inferior para no delatarme contestando esa pregunta, Mara abrió los ojos —No puede ser.
—No sabía que tenía uno— me defendi de inmediatio
—¡Mentirosa!
—No sé cuál es— segui fingiendo demencia mientras hacia mas garabatos en mi cuaderno