Minerva
Mi sueño ligero siempre había sido una maldición en mi vida, mucho más en aquel momento. De nuevo advertía el cambio de peso en la cama y los murmullos de Santiago mientras intentaba que no lo escuchara.
—Voy para allá.
No necesitaba saber con quién hablaba. Era su exesposa.
—No llores. Estaré allí en media hora. No debes disculparte.
Mi prometido intentaba hacer el menor ruido posible, ignorando que cada roce de la tela y cada una de sus pisadas se escuchaban para mí como si las hiciera delante de un megáfono.
Otra vez pasaría la noche sola.
Santiago se inclinó hacia mí y me dio un beso cuando terminó de vestirse. Para él, acudir a cada llamado de Rebeca se había vuelto lo más natural. Tan natural que, hacía dos días, en nuestro aniversario, me había dejado sola en el restaurante para ir a cambiarle una llanta.
Una simple llanta de Rebeca valía más que nuestros años juntos.
Dejé escapar un suave sollozo en cuanto me quedé sola. Las lágrimas empaparon mis labios y no hice nada para evitar su sabor. Nada podía ser más amargo y desagradable que sentir que yo no era la prioridad del amor de mi vida.
La prueba principal era que sus hijos esa noche dormían bajo mi mismo techo. Iba a verla solamente a ella.
Después de unos minutos, me incorporé y me acerqué a la ventana. Santiago ya estaba afuera, dando instrucciones al portero. Se metió en su auto a toda prisa y se perdió calle abajo.
—¿Por qué tuve que conocerte? —susurré, con la mirada perdida en la nada—. ¿Qué hizo falta para que me quisieras igual?
La idea de escapar cruzó de nuevo por mi cabeza. Lo único que me impedía actuar impulsivamente era pensar en Valentina y Martín. Aunque no los hubiera llevado en el vientre, los amaba como si fueran mis hijos y estaba segura de que ellos también me querían a mí.
—¿Hasta cuándo, mi amor? —susurré antes de cerrar las cortinas, resignada a que no vería a Santiago en muchas horas—. ¿Hasta cuándo me vas a confesar que la sigues amando?
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Santiago llegó por la mañana con cara de pocos amigos. Por alguna razón, no necesité acercarme demasiado a él para notar que llevaba impregnado el olor de Rebeca en la ropa.
—Buenos días —saludé con mi taza de té en la mano—. ¿Rebeca está bien?
Asintió y se acercó a mí para darme un beso profundo. No lo esquivé a pesar de tener el estómago revuelto. Lo amaba con cada fibra de mi ser y me resultaba difícil aceptar que nuestra relación tenía que terminar.
—Subiré por los niños —respondió, agitado—. Yo me encargo del desayuno.
—¿Tú estás bien? ¿Qué pasó?
Aunque mi tono sonó tranquilo, Santiago me apretó un poco los brazos y su mirada se tornó fría.
—No es asunto tuyo —dijo—. Es algo que le pertenece a Rebeca.
—¿De verdad no lo puedo saber? Te fuiste a la mitad de la noche para ir a verla.
—Me necesitaba. —Se encogió de hombros mientras retrocedía—. No estarás reclamándome, ¿cierto? No te estoy mintiendo. Ella tiene ansiedad. Soy la única persona que tiene, además de Martín y Valentina.
—Lo sé, lo entiendo y la compadezco, pero no me parece correcto que…
—Lo que no es correcto es que te entrometas —me cortó—. Ella es la madre de mis hijos. Siempre estaré allí cuando me necesite.
Retrocedí sin aliento, como si me hubiera abofeteado. No me dolía que me recordara la importancia de Rebeca en su vida, sino el tono con el que lo decía. Él empezaba a odiarme por entrometerme.
—De acuerdo, no me meteré más —susurré.
—Lo siento —se disculpó—. Prometo compensártelo. Estoy seguro de que Rebeca estará bien por unos días.
Esbocé una pequeña sonrisa y él me abrazó. Mantuve los ojos abiertos, recordando las cosas que Sofía me había estado diciendo durante los últimos meses.
Al fin me daba cuenta de que tenía razón. Si alguien sobraba en la familia Olazábal, era yo.
—¡Quiero hotcakes!
El grito de Valentina nos hizo voltear hacia la entrada de la cocina. Contuve las ganas de llorar y puse mi mejor cara. Mi princesita no tenía por qué escucharme discutir con su papá.
—Se dice «por favor» —la corrigió Santiago.
Mi niña puso los ojos en blanco y se acercó a mí para abrazarme.
—¿Me haces hotcakes, Min? —me preguntó con tono mimoso.
—Claro, mi cielo —respondí, peinándola con los dedos—. ¿Con mucha mantequilla y mermelada?
—Shi. Te amo.
—Y yo más.
Me incliné para darle un beso en la mejilla. Martín apareció en la cocina y observó a su padre de arriba abajo.
—Traes la ropa de ayer —dijo.
—Fui a ver a tu madre —respondió Santiago con una naturalidad que me lastimaba—. Hoy les toca regresar con ella.
—No quiero —protestó Valentina, abrazándome—. Quiero estar con Min más tiempo. No es justo.