Ella y Él

Prólogo

Tienda de día.

La campanita sobre la puerta tintinea con un eco agudo, rompiendo la quietud tibia del local. La luz del sol se cuela a través del vidrio empañado, proyectando sombras alargadas sobre el piso encerado. Huele a papel nuevo, a dulces viejos, a infancia embotellada.

Un hombre entra. Treinta y tantos. Rostro duro, sin afeitar. Lleva una chaqueta con manchas secas y una mirada que no busca nada.

Megan detrás del mostrador, limpia unos carritos de juguete con un paño. Viste un delantal beige, el cabello recogido en una trenza, y una sonrisa que parece entrenada, pero amable.

—¿Busca algo para su hijo? —pregunta con cortesía medida.

El hombre no responde al principio. Pasea lento entre los estantes, los ojos pasando sobre muñecos, cajas de rompecabezas, pequeños dinosaurios de plástico. No los mira realmente. Es más un escaneo ausente, un andar desganado.

—No sé ni para qué tengo hijos —murmura al fin, con voz baja pero cargada—. Mi ex me obliga a estas mierdas.

Megan se queda inmóvil. Parpadea. Su sonrisa se quiebra como cristal delgado. Algo ha cambiado detrás de sus ojos, un parpadeo de sombra.

El hombre se agacha frente a una repisa baja. Toma un tiranosaurio verde con los dientes mal pintados. Gruñe por lo bajo. Le molesta estar ahí.

Megan da un paso atrás.

Sin hacer ruido, desliza la mano debajo del mostrador. Sus dedos tocan la madera lisa de un bate. Es viejo, con el barniz desgastado por años de uso. Lo toma con una familiaridad íntima. No duda. No tiembla.

Sale del mostrador. Camina.

Cada paso que da resuena más fuerte que el anterior.

El hombre sigue agachado, de espaldas. Jugueteando con el dinosaurio, sin imaginar que algo se acerca. Algo que lo ha juzgado.

Megan se detiene a su lado.

—¿Sabe? —dice, sin levantar la voz—. Hay hombres que no deberían ser padres.

El hombre gira apenas, frunce el ceño.

—¿Perdón?

CRACK.

El bate cae con violencia quirúrgica sobre su cráneo. El sonido es sordo, final. Un quejido corto escapa de su boca antes de que su cuerpo colapse como una marioneta sin cuerdas. Su cabeza golpea el piso con un “thump” apagado.

Un estante vibra. Un peluche cae, rebotando cerca del cuerpo.

Megan suspira.

Camina hasta el peluche. Lo levanta con ternura y lo acomoda en su sitio, con precisión maternal.

—No deberías tratar así a algo que no pidió nacer —susurra, más para el peluche que para el hombre inconsciente.

Se dirige hacia la puerta de entrada. Gira el cartel de “Abierto” a “Cerrado”, baja la cortina, gira el picaporte con la llave.

La tienda vuelve a la calma. Pero no es la misma.

Camina de regreso al hombre tirado en el suelo. Lo observa. Su expresión es ahora otra: ni odio, ni furia. Sólo una clase de cansancio resignado. Un desprecio frío.

—Alguien debe enseñarte a amar…

Lo toma de las piernas y comienza a arrastrarlo. Suena un leve raspado húmedo contra el piso encerado. Megan silba una tonada suave, casi infantil. Una nana.

Llegan a una puerta al fondo del pasillo. Sobre ella, un cartel mal colgado: “Prohibido el paso. Solo dueños.”

Gira la manija, abre. Enciende una luz amarilla. La escalera de concreto desciende, tragándose la claridad como una boca abierta.

Desaparece por unos segundos, arrastrando el cuerpo. El sonido se desvanece.

Luego, pasos que regresan.

Mientras cierra la puerta y le pone llave, susurra:

—Los juguetes se quedan… los monstruos se van.

Saca su celular del bolsillo. Su dedo marca con calma. El teléfono suena tres veces. Atienden del otro lado.

****

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En el texto hay: crimen, doble vida, amor retorcido

Editado: 01.08.2025

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