Ella y Él

Capitulo 1

La luz amarilla parpadea débil desde un foco colgante, lanzando sombras que bailan en las paredes mohosas.

El aire era denso, con olor a encierro, a metal oxidado y humedad antigua. El silencio solo se rompe por un goteo lejano y el crujido de unas cadenas tensándose.

Manuel abre los ojos lentamente.

Parpadeó, confuso.

El dolor le zumba en la cabeza como un enjambre. Intenta moverse. El ruido metálico de las cadenas responde con un eco seco. Mira hacia abajo: ambas muñecas están aseguradas a los brazos de una vieja silla. Anclado. Como un perro atado a un poste.

Frunció el ceño. Tragó saliva.

Frente a él, Megan.

Inmóvil. Silenciosa. Observándolo con una paciencia helada, como si hubiese estado ahí todo el tiempo, esperando a que despertara.

A su derecha, otro hombre. De pie. Con los brazos cruzados. Serio y silencioso. Elliot.

—¿Q-qué es esto? —balbucea Manuel, la voz ahogada por el miedo.

Megan ladeo apenas la cabeza. Su tono es suave, pero tiene filo.

—Hasta que despiertas. No te preocupes… Solo necesitamos corregirte. Un poco.

Manuel giro la cabeza con desesperación. Su mirada se encuentra con una mesa al fondo.

Encima, herramientas. No de trabajo, no de carpintería. Martillos, alicates, cuchillos de distintos tamaños. Brillan bajo la luz como si esperaran turno.

—N-no… Por favor. ¿Qué quieren? ¡Yo no los conozco! —gritó con un nudo en la garganta.

Megan se río. No con diversión, sino con ironía amarga. Se acercó a él con pasos suaves, casi gráciles. Su sombra se agranda con cada paso.

Se inclinó. Le susurro al oído:

—Esto no es porque nos conozcamos, Manuel. Esto es porque eres una mierda de persona.

Manuel siente cómo la piel se le eriza. Todo su cuerpo tiembla.

—Déjenme ir… Por favor… —suplicó

Megan se enderezo y miró a Elliot.

—Yo y Elliot —dijo— decidiremos eso.

Elliot se frota el rostro, exhalando. Su expresión es tensa. Mira a Megan. Sus pensamientos laten bajo la frente.

“Carajo, Megan… Esto va a ir demasiado lejos un día de estos. La próxima vez... Sé más cuidadosa.”

Megan vuelve su atención al hombre.

—Empecemos —dijo con calma—. ¿Cómo te llamás?

Manuel desvía la mirada, como un niño culpable.

—M-Manuel Díaz…

—Con que Manuel… —repite Megan, sin emoción—. Ahora dime, ¿por qué eres tan miserable como persona? ¿Por qué odiás a tus hijos?

Manuel empieza a temblar. El sudor perla su frente, se acumula en su labio superior. Tose. Traga saliva. Su garganta parece haberse cerrado.

—¿Qué? ¿Es por eso que estoy aquí? ¿Por eso? —suelta con furia contenida— ¿Qué carajo? ¿Acaso están jugando a ser jueces sin toga?

Megan camina hasta la mesa. Sus dedos recorren los objetos como si estuviera eligiendo qué cuchillo va mejor con la cena. Se detiene en un martillo. Lo acaricia con el pulgar.

—Básicamente, sí —responde Elliot, con voz seca.

Megan giró y clavó los ojos en Manuel. Su expresión es de asco contenido.

—Este es el Código de Megan, así lo llamé —respondió—. Toda injusticia que veo… debe corregirse. Ver a gente como tú... es como revivir mi pasado una y otra vez.

—Oye, esperá… esto no es justicia. Tú estás…

—¿Estoy… qué? —lo interrumpe Megan, agachándose un poco.

Silencio.

—Nada… —murmura Manuel, derrotado.

—No respondiste mi pregunta, señor Díaz —insistió Megan, implacable.

Manuel se retorció en la silla. Una cadena chirría. Luego suelta una confesión a medias:

—Mi ex es una mierda, ¿ok? Me obliga a estar con mis hijos. Y yo... yo simplemente no puedo amarlos. Me enamoré de otra mujer. Y ahora todo es un infierno.

Sus palabras cayeron pesadas, patéticas. Una excusa con patas.

Megan lo observa. Su voz se vuelve más fría.

—Qué triste… —dice, casi con lástima—. Eso es tan injusto… Me recuerda a mi padre.

Elliot la mira de reojo. Sus ojos suplican.

“No lo hagas, Megan. No otra vez.”

Ella lo mira de vuelta. En silencio. Y entonces asiente lentamente.

—No creo que debamos matarlo —dijo Elliot con firmeza—. Después de esto… créeme, no volverá a ser el mismo.

Megan lo contempló durante unos segundos. Luego bajó la vista.

—Está bien. Confío en tí —respondió con voz baja—. Pero si quieres cambiar de opinión… hazlo. Recuerda que esto no es matar por matar. Es equilibrar la balanza.

Elliot se acerca a Manuel. Se agacha un poco, poniéndose a su altura.

—Escuchame. No te vas a ir de aquí sin dejarnos tus contraseñas. Correos, cuentas bancarias, documento. Todo.

Manuel asintió de inmediato. No discute. No puede.

Mira hacia una esquina. Ve una cámara. Pequeña, discreta. Su rostro se contrae. Pánico puro.

Megan anota todo. Corrobora. Nada de errores.

—Listo —dice finalmente.

Elliot asiente con un gesto leve. Le toca el hombro a Manuel, como si le diera la extremaunción.

—Bueno, es tu día de suerte.

Se incorpora. Cruza los brazos. Su mente hace cálculos.

“Al menos hoy no terminó en sangre. Y Manuel… dudo mucho que quiera contarle esto a alguien.”

Las cadenas se aflojan.

Manuel Díaz no volverá a ver la vida igual. Porque no saldrá de ese sótano como entró.

Saldrá arrastrando un trauma.

---

La noche había caído sobre Bakersfield con una suavidad extraña, como una sábana tibia que cubría una herida aún latente.

Afuera, las luces de las farolas parpadeaban con desgano, peleando por mantenerse vivas.

Dentro de la casa, sin embargo, todo parecía en calma. Una calma densa. Falsa.

Una calma demasiado perfecta como para ser inocente.

Megan Fischer estaba sentada en su escritorio de madera, una figura inmóvil bajo el cono cálido de una lámpara vieja que apenas iluminaba la página abierta de su diario.

El resto del cuarto estaba sumido en sombras, como si el espacio solo existiera en torno a ella y lo demás fuera un limbo estático.



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En el texto hay: crimen, doble vida, amor retorcido

Editado: 01.08.2025

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