El estacionamiento dormía en silencio.
El concreto respiraba humedad y la luz de los faroles apenas lograba abrirse paso entre las sombras largas y densas. Todo estaba quieto. Casi en pausa.
La garita de vigilancia era un refugio tibio, iluminado apenas por la luz cálida de un foco viejo.
Elliot Gardner estaba ahí dentro, sentado en una silla plástica, los pies cruzados sobre una pequeña mesa de madera.
Un libro abierto descansaba entre sus manos. Leía lento, como si no tuviera prisa por saber el final.
Ese era su trabajo.
Observar. Registrar entradas, y no meterse en nada.
Pasó la página.
Gritos.
Un sonido quebró la calma como un cristal estallando. Elliot no reaccionó al principio. Parpadeó.
Alzó apenas la mirada del libro. Silencio otra vez. Luego, los gritos regresaron. Más agudos, de mujer.
Dolor y desesperación.
“¿Qué carajos fue eso?”
Elliot se incorporó de golpe. Bajó los pies de la mesa. Su cuerpo se tensó. Sus ojos rasgaron la oscuridad más allá de los cristales de la garita.
Nada.
Y ahí los vio.
Una silueta. No, dos.
Estaban a la sombra de un coche estacionado. Un hombre sujetaba a una mujer con fuerza. Forcejeaban. Su cuerpo contra el suyo. Brutal. Violento. Ella trataba de soltarse. Sus ojos, abiertos como platos, lo dijeron todo.
Elliot los reconoció.
“Puta madre… ¿Lena?”
Sintió un nudo en el pecho. Su lectura, su calma… todo se evaporó.
El tipo tenía a Lena empujada contra el auto. Sus manos la aprisionaban con rabia, con hambre de control.
—¡Eres una hija de puta, Lena! —escupió el hombre—. Te haces la difícil, la especial… ¡y no vales una mierda!
El pulso de Elliot se disparó. No pensó. Actuó.
Miró a su alrededor, frenético. No tenía armas. Solo objetos. Su mirada se clavó en una pequeña estatua de piedra decorativa sobre la mesa. La tomó.
Salió de la garita a paso firme. Luego corrió.
Sus botas golpeaban el concreto.
No dudaba.
El mundo se redujo a tres personas y un instante.
Lena cayó al suelo. El hombre seguía insultándola, dándole la espalda.
Y entonces, La estatua se estrelló contra el costado de la cabeza del tipo. Un sonido seco, final.
El hombre cayó como un árbol talado. Rígido al principio, luego blando. El golpe había sido certero. Violento.
Elliot se quedó allí, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Miró la figura que todavía tenía en la mano: oscura, con un borde teñido de rojo.
Había sangre.
“Mierda… creo que lo golpeé demasiado fuerte…”
Lena estaba en el piso. Las manos tapándole la boca. Ojos enormes. Lágrimas al borde. Temblaba.
—Lena… lo siento —dijo Elliot, aún respirando agitado—. Te vi… vi cómo te estaba tratando. No podía quedarme mirando.
Le tendió la mano. Ella la tomó, con dedos fríos.
—Gracias… —murmuró ella, al borde del llanto—. Si no hubieras llegado, no sé qué habría pasado.
—¿Tu ex?
Lena asintió. Miró al hombre en el suelo con un odio antiguo.
—No es la primera vez que Cody hace esto —dijo, con voz quebrada—. No exageré cuando dije que era violento. Es un hijo de puta.
—¿Te lastimó?
—Sí… mi brazo. No lo siento bien. —dijo, tocándose el hombro.
Lo movió apenas. Elliot lo notó.
—Hay que llamar a la policía —agregó ella—. Ya llegó demasiado lejos.
Elliot dudó.
Miró alrededor. Faroles, autos, sombras.
—No hace falta. Yo… me ocuparé de esto. Anda, ve a casa. Descansá.
—¿Estás seguro?
—Sí. Yo me encargo. Este lugar tiene cámaras —mintió, con voz convincente—. Si hace falta, podré demostrar que fue en defensa propia.
“Mentira. No ahí cámaras. Nunca las hubo. Pero prefiero eso a tener policías revolviendo mi espacio. Prefiero quemar todos mis libros antes que lidiar con ellos.”
Lena dudó unos segundos, pero terminó asintiendo con una sonrisa débil. Se dio vuelta. Caminó hacia la salida, abrazándose el brazo herido.
Elliot la observó desaparecer entre los autos. Cuando se aseguró de que no había nadie más, se agachó junto al cuerpo inconsciente de Cody. Sus manos temblaban mientras lo tomaba por debajo de los brazos.
Lo arrastró con prisa. Silencioso.
Entre los autos. Hasta una puerta lateral de metal oxidado. Un viejo depósito que nadie usaba desde hacía años.
Sacó unas llaves. La puerta se abrió con un chirrido prolongado, como si se quejara por volver a ser usada.
Miró hacia atrás.
Nadie.
Volvió. Tomó a Cody. Lo metió dentro y lo dejó caer sobre el concreto. Volvió a salir.
Salió una vez más. Miró hacia todos lados. Nada. Nadie.
Volvió a entrar al depósito y cerró la puerta tras de sí.
El eco del cerrojo fue lo último que se oyó.
Y en ese momento, entre el zumbido lejano de los focos y el olor a aceite viejo, Elliot sintió algo extraño.
No culpa. No miedo.
Solo Tranquilidad.
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El aire era espeso, con olor a humedad y óxido.
Un foco colgante temblaba apenas desde el techo, sujeta por unos cables pelados que chisporroteaban con cada pequeño movimiento.
La luz era amarillenta, casi sucia.
Allí estaba Cody, despierto, sentado contra la pared, con la muñeca derecha asegurada por una cadena gruesa que se perdía en un caño oxidado.
Parpadeó lento. Confundido.
Llevó la mano libre a su cabeza. Al tocar la herida, soltó un gemido ahogado. Cuando bajó los dedos, vio sangre seca.
Frunció el ceño. Miró hacia el centro del depósito.
Allí estaba Elliot, de pie. Silencioso. Observándolo como si fuera un animal peligroso enjaulado.
—¿Dónde carajo estoy? —preguntó Cody, la voz ronca—. ¿Quién eres?
Elliot no se movió.
—Eso no importa… ¿o sí?
—¿Cómo que no importa? ¡Claro que importa! —bufó Cody—. ¿Qué mierda quieres? ¿Eres el novio de Lena o algo así?
Elliot bajó la mirada, se frotó la nuca. Después caminó y se dejó caer en una vieja silla de madera, crujiente.