Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 33

Luca

La distancia de Elena me estaba rompiendo por dentro.

Ya no era solo obsesión. Era un vacío constante que me acompañaba todo el día. La mansión, que siempre había sido mi reino de control, ahora se sentía fría y vacía sin su presencia cerca.

La observaba desde lejos: cómo evitaba los pasillos principales, cómo respondía rápido y se iba, cómo su cuerpo parecía más frágil cada día. A veces la veía con la mano en el estómago, respirando profundo, y algo dentro de mí se apretaba con fuerza.

¿Estaba enferma? ¿Alguien la estaba lastimando? ¿Era yo el problema?

Esa tarde la llamé a mi habitación con la excusa de que necesitaba que revisara las cortinas. Cuando entró, cerré la puerta y me quedé mirándola.

—Luca… —dijo con voz temblorosa.

—No digas nada —interrumpí, acercándome—. Solo déjame abrazarte.

La atraje contra mi pecho y la abracé fuerte, enterrando mi rostro en su cabello castaño chocolate. Olía a jabón suave y a ella. Mi cuerpo reaccionó al instante, pero me contuve.

—Te extraño tanto —murmuré contra su pelo—. Extraño tu calor. Extraño cómo encajabas perfectamente contra mí. Extraño oírte gemir mi nombre.

Sus manos subieron tímidamente a mi espalda, pero no se aferraron como antes.

—Luca… esto es difícil para mí también.

—Entonces deja de huir —supliqué, aunque sonó más como una orden—. Quédate conmigo esta noche. Déjame cuidarte. Déjame hacerte sentir bien otra vez.

La besé en el cuello, bajando lentamente. Su cuerpo se estremeció, pero luego se apartó.

—No puedo —susurró—. No esta noche.

La solté, respirando con dificultad.

—Estás rompiéndome, Elena —admití en voz baja—. Y no sé cómo detenerlo.

Salió de la habitación sin decir nada más.

Me quedé solo, con los puños cerrados y la mandíbula apretada.

La obsesión ya había pasado a otro nivel.

Necesitaba saber qué le pasaba.

Necesitaba recuperarla.

Aunque tuviera que forzarla a hablar.

Aunque tuviera que perder el poco control que me quedaba.

Porque Elena Bianchi no solo era mía.

Se había convertido en lo único que realmente importaba.

Y no iba a dejar que se me escapara.




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