Luca
Ya no podía más.
Elena me estaba destruyendo con su distancia. La veía huir, la veía evitar mi mirada, la veía responder con frases cortas y escaparse. Su cuerpo parecía más frágil, su rostro más pálido, y eso me volvía loco de preocupación y frustración.
Esa noche decidí que se había acabado el tiempo.
Bajé al pasillo de la zona de empleados después de la medianoche. Golpeé su puerta con firmeza.
—Elena. Abre.
No respondió.
—Elena, sé que estás ahí. Abre la puerta o la abriré yo.
Escuché pasos suaves. La puerta se entreabrió.
Estaba en camisón, con el cabello suelto y los ojos rojos de haber llorado.
—Luca… es tarde.
Entré sin pedir permiso y cerré la puerta detrás de mí.
—Se acabó el tiempo —dije con voz grave y peligrosa—. Dime qué está pasando. Ahora.
Ella retrocedió hasta chocar con la cama.
—No puedo… todavía no.
La acorralé contra la pared, mis manos a cada lado de su cabeza.
—Estás pálida. Cansada. Evitas mi toque. Ya no vienes a mi cama. ¿Crees que soy ciego? ¿Crees que no veo que algo te está consumiendo por dentro?
Sus lágrimas empezaron a caer.
—Luca… tengo miedo.
—¿De mí? —pregunté, con el corazón apretado.
—De todo —susurró—. De lo que va a pasar cuando sepas la verdad.
Mi mano subió y limpió una lágrima de su mejilla.
—Entonces dímela —supliqué—. Porque no soporto verte sufrir sola. Eres mía, Elena. Y yo protejo lo que es mío.
Ella cerró los ojos, temblando.
—No sé cómo decírtelo…
La abracé fuerte contra mi pecho, acariciando su cabello.
—Dímelo —murmuré—. Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.
Pero ella no habló.
Se quedó en silencio, llorando contra mi pecho.
Y yo supe, con una certeza fría y absoluta, que algo muy grande estaba a punto de romperse entre nosotros.
Pronto descubriría la verdad.
Y cuando lo hiciera, nada volvería a ser igual.