Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 36

Luca

No podía seguir así ni un día más.

Elena me estaba destruyendo con su silencio y su distancia. Durante semanas la había visto huir de mí por los pasillos largos de la mansión, cambiar de rumbo cuando me veía venir, responder con frases cortas y escaparse antes de que pudiera retenerla. Sus ojos avellana miel ya no brillaban cuando me miraban; solo mostraban miedo y agotamiento. Su cuerpo, ese cuerpo naturalmente sensual que me volvía loco, parecía más frágil, más pálido, como si algo la estuviera consumiendo por dentro.

Esa noche decidí que se había acabado el juego.

Esperé hasta que la mansión quedó completamente en silencio. Bajé al ala de servicio y me planté frente a su puerta. No golpeé suavemente. Golpeé con firmeza.

—Elena. Abre.

Silencio.

—Elena, sé que estás ahí. Abre la puerta o la abriré yo mismo.

Escuché pasos suaves al otro lado. La puerta se entreabrió apenas. Ella estaba allí, con el camisón fino, el cabello castaño chocolate suelto sobre los hombros y los ojos rojos de haber llorado.

—Luca… es muy tarde —susurró, intentando cerrar la puerta.

No se lo permití. Empujé suavemente y entré, cerrando detrás de mí con llave.

El espacio pequeño de su habitación se sintió aún más reducido con mi presencia. La miré de arriba abajo: las ojeras, la palidez, la forma en que una mano se apoyaba instintivamente sobre su vientre.

—Se acabó —dije con voz grave y peligrosa, dando un paso hacia ella—. Se acabó el huir, se acabó el “necesito tiempo”, se acabó el evitarme como si fuera un extraño. Dime qué demonios está pasando. Ahora.

Ella retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Luca… por favor… no estoy lista.

—No me importa si estás lista o no —gruñí, acorralándola sin tocarla todavía—. Llevo semanas viéndote deteriorarte. Estás pálida, cansada, te mareas, evitas mi toque, ya no vienes a mi cama. ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no veo que algo te está comiendo por dentro?

Una lágrima rodó por su mejilla. Intentó apartar la mirada, pero sujeté su barbilla con firmeza, obligándola a mirarme.

—Dímelo —exigí, aunque mi voz se quebró un poco—. ¿Estás enferma? ¿Alguien te amenazó? ¿Es por Nico? ¿Te arrepientes de todo lo que pasó entre nosotros?

—No… no es nada de eso —susurró, temblando.

—Entonces ¿qué es? —Mi mano bajó lentamente por su cuello, rozando su piel—. Porque siento que te estoy perdiendo, Elena. Y no sé cómo respirar sin ti. Te extraño en mi cama. Te extraño gimiendo mi nombre. Te extraño mirándome como si yo fuera lo único que importaba en esta maldita mansión.

Ella cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas caían sin control.

—Luca… tengo tanto miedo…

La atraje contra mi pecho y la abracé fuerte, enterrando mi rostro en su cabello. Su cuerpo temblaba contra el mío.

—Dímelo —murmuré contra su pelo—. Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos. Pero no me dejes fuera. No soporto verte sufrir sola.

Ella se quedó en silencio durante varios segundos eternos. Luego, con voz rota y apenas audible, habló:

—Estoy embarazada.

El mundo se detuvo.

Me aparté lo suficiente para mirarla a los ojos. Mi corazón latía con fuerza.

—¿Qué?

—Estoy embarazada, Luca —repitió, llorando—. Y no es uno… son cuatro. Cuatrillizos.

El impacto fue brutal.

Cuatrillizos.

Cuatro bebés.

Mis bebés.

Me quedé congelado, procesando sus palabras. Shock, incredulidad, un miedo primitivo y luego una oleada de posesión tan fuerte que casi me mareó.

—No… no me mientas —dije con voz ronca—. ¿Estás segura?

Ella asintió, sollozando.

—Me hice pruebas. Fui a una clínica. Son cuatro, Luca. Cuatro bebés tuyos.

Algo dentro de mí se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo.

La atraje contra mi pecho otra vez, abrazándola con fuerza, casi con desesperación. Mis manos grandes temblaban mientras acariciaban su espalda.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, con la voz quebrada por primera vez en años—. ¿Por qué carajo me lo ocultaste? ¿Por eso huías de mí? ¿Pensaste que te iba a rechazar? ¿Que te iba a dejar sola con esto?

—Tenía miedo… —sollozó contra mi camisa—. Miedo de que te enfadaras, de que pensaras que lo hice a propósito, de que tu familia me humillara… de que todo esto te pareciera una trampa.

La separé lo suficiente para tomar su rostro entre mis manos. Mis pulgares limpiaron sus lágrimas.

—Escúchame bien, Elena Bianchi —dije con voz grave, intensa y absoluta—. Esos cuatro bebés son míos. Tú eres mía. Y no voy a dejarte sola ni un segundo más. ¿Entendido?

Ella asintió, todavía llorando.

La besé. Fue un beso profundo, posesivo, lleno de todo el miedo y el alivio que sentía. Mis manos bajaron hasta su vientre, tocándolo con reverencia por primera vez.

—Cuatro… —murmuré contra sus labios—. Cuatro hijos míos.

La emoción me golpeó como una ola. Shock, furia contenida porque me lo había ocultado, una protección feroz y un amor obsesivo que ya no tenía límites.

—No vas a seguir trabajando como sirvienta —dije, mi tono volviéndose dominante otra vez—. No vas a seguir durmiendo aquí. Te mudas a mi habitación esta misma noche. Y mañana… mañana enfrentaremos todo lo demás.

—Luca… la gente va a hablar…

—Que hablen —gruñí—. Tú y esos cuatro bebés son lo único que me importa ahora.

La levanté en brazos sin esfuerzo y la llevé hasta mi habitación, atravesando los pasillos oscuros de la mansión como si ya no hubiera nada que esconder.

Por primera vez en semanas, Elena no se resistió.

Se acurrucó contra mi pecho, exhausta y temblando.

Y yo, Luca D’Avenzi, supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Cuatrillizos.

Cuatro hijos.

Y una mujer que ya no iba a escaparse de mí nunca más.




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