Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 37

Luca

Elena estaba embarazada de cuatrillizos.

La frase resonaba en mi cabeza mientras la llevaba en brazos por los pasillos silenciosos de la mansión. Su cuerpo se sentía más ligero de lo que recordaba, más frágil. Ahora entendía por qué había estado pálida, por qué se cansaba tan rápido, por qué evitaba mi toque.

Y yo había estado a punto de perderla por su miedo.

La metí en mi habitación y cerré la puerta con llave. La dejé suavemente sobre la cama y me arrodillé frente a ella, colocando mis manos grandes sobre su vientre todavía casi plano.

—Cuatro… —repetí en voz baja, casi con reverencia—. Cuatro hijos míos creciendo aquí.

Elena me miraba con ojos llenos de lágrimas y miedo.

—Luca… ¿no estás enfadado?

La miré con intensidad.

—¿Enfadado? Estoy furioso porque me lo ocultaste. Furioso porque pensaste que te dejaría sola con esto. Pero ¿enfadado por los bebés? No. Son míos. Y tú eres mía. Eso no va a cambiar.

Me levanté y empecé a caminar por la habitación, pasándome las manos por el cabello.

—Mañana mismo hablo con la señora Rossi. Dejas de trabajar como sirvienta. Te mudas aquí definitivamente. Necesitas descanso, buena alimentación, atención médica adecuada. No vas a seguir escondiéndote en la zona de empleados.

—Luca, tu familia… —intentó protestar.

—Mi familia se enterará cuando yo decida que se enteren —corté con tono dominante—. Y cuando lo hagan, van a aceptar que estos cuatro niños son D’Avenzi. Punto final.

Me acerqué otra vez y la abracé contra mi pecho.

—Perdóname por no darme cuenta antes —murmuré contra su cabello—. Perdóname por presionarte tanto. Pero ya no vas a estar sola con esto. Nunca más.

Esa noche no hubo sexo. Solo la desnudé con cuidado, la metí en mi cama y me acosté detrás de ella, rodeándola con mi cuerpo grande y protector. Una mano descansaba sobre su vientre, la otra acariciaba su cabello.

—Duerme —susurré—. Yo te cuido.

Ella se durmió exhausta entre mis brazos.

Yo me quedé despierto durante horas, mirando el techo, con la mente girando a mil por hora.

Cuatrillizos.

Un embarazo de alto riesgo.

Elena joven y vulnerable.

Y yo, que siempre había controlado todo, ahora sentía un miedo nuevo: miedo a perderla a ella o a los bebés.

Pero también una determinación feroz.

Iba a protegerlos.

Iba a controlar todo lo necesario.

Y nadie —ni mi familia, ni Nico, ni la propia Elena— iba a impedírmelo.




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