Elena
Desperté en la cama de Luca, envuelta en su calor y su olor.
Por primera vez en semanas no sentí náuseas inmediatas. Su brazo fuerte me rodeaba la cintura, su mano grande descansaba protectora sobre mi vientre. Su respiración era profunda y tranquila contra mi nuca.
Por un momento me permití sentir alivio.
Ya no estaba sola con el secreto.
Pero el miedo seguía allí.
Luca se despertó poco después. Me giró suavemente para que lo mirara y me besó en la frente.
—Buenos días —murmuró, su voz ronca de sueño—. ¿Cómo te sientes?
—Un poco mejor —admití.
Su mano bajó otra vez a mi vientre, acariciándolo con una ternura que nunca había visto en él.
—Cuatro… —dijo en voz baja, casi maravillado—. Vamos a tener cuatro hijos, Elena.
La palabra “vamos” me hizo llorar otra vez.
—Todavía tengo miedo —susurré—. Tu familia… la mansión… todo esto es tan grande y yo solo soy…
—Tú eres la madre de mis hijos —interrumpió con firmeza—. Eso es lo único que importa ahora.
Se levantó y empezó a dar órdenes incluso antes de vestirse. Llamó a la señora Rossi y le informó que yo ya no trabajaría más como sirvienta. Me mudaría oficialmente a su habitación. Pidió que prepararan comidas especiales, que trajeran un médico privado esa misma tarde y que nadie molestara en su ala de la mansión.
Yo lo observaba desde la cama, abrumada por su energía dominante.
—Luca… vas muy rápido —dije suavemente.
Se acercó y se sentó a mi lado, tomando mi mano.
—No voy rápido. Voy a la velocidad que necesito para protegerte a ti y a nuestros hijos. No voy a permitir que sigas sufriendo sola ni un día más.
Esa tarde vino el médico. Confirmó el embarazo de cuatrillizos y nos advirtió sobre los riesgos: reposo relativo, control estricto, posible hospitalización más adelante.
Luca escuchó todo con expresión seria, tomando notas mentales. Cuando el médico se fue, se sentó en la cama y me abrazó.
—No vas a perderlos —prometió—. Y yo no voy a perderte a ti.
Pero esa misma noche, mientras estábamos en la cama, escuchamos pasos en el pasillo.
Nico.
Se detuvo frente a la puerta y golpeó con fuerza.
—Luca. Sé que estás ahí con ella. Abre.
Luca se tensó a mi lado. Su expresión se volvió fría y peligrosa.
La confrontación con su hermano estaba a punto de explotar.
Y yo, embarazada de cuatro hijos suyos, estaba en el centro de la tormenta.