Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 42

Elena

La protección de Luca se había convertido en una jaula dorada.

Habían pasado tres semanas desde que le conté la verdad. Ya no era la sirvienta que limpiaba pasillos y habitaciones. Ahora vivía oficialmente en su ala de la mansión, en su enorme cama, rodeada de lujo que nunca había pedido. El médico venía dos veces por semana. Había una nutricionista que controlaba cada comida. Luca había contratado a una enfermera privada que rondaba por si acaso.

Y él… él estaba en todas partes.

Cada mañana me despertaba con su mano grande sobre mi vientre, que ya empezaba a redondearse visiblemente. Me obligaba a desayunar en la cama, supervisaba que comiera todo, y luego me hacía descansar varias horas. Si intentaba caminar por el jardín, aparecía a los cinco minutos para acompañarme “por si me mareaba”. Si tosía, fruncía el ceño y llamaba al médico.

Al principio me sentí cuidada. Protegida. Amada de una forma abrumadora.

Pero poco a poco empezó a asfixiarme.

Esa tarde estaba sentada en el balcón de su habitación, disfrutando del sol tibio y leyendo un libro que él mismo había elegido (“nada de estrés”). Luca entró con paso decidido, seguido de la enfermera.

—Elena, es hora de tu control de presión —dijo sin saludar primero—. Y luego tienes que comer el batido de proteínas.

Suspiré, cerrando el libro.

—Luca, me siento bien. Solo quiero estar un rato tranquila.

Su mandíbula se tensó.

—No discutas. El embarazo de cuatrillizos es de alto riesgo. El médico fue claro.

La enfermera me tomó la presión mientras Luca observaba cada movimiento como un halcón. Cuando terminó y confirmó que todo estaba normal, él asintió satisfecho.

—Bien. Ahora el batido.

—Luca… —intenté protestar suavemente—. No tengo hambre. Y me siento tratada como una inválida.

Sus ojos grises se oscurecieron.

—Estás llevando a mis cuatro hijos. No voy a arriesgarte por capricho. Come.

Lo hice, pero con un nudo en la garganta. Cuando la enfermera se fue, me levanté y caminé hacia la ventana.

—Necesito aire fresco. Quiero caminar un poco por el jardín.

—Iré contigo —dijo inmediatamente.

—No —respondí, girándome—. Quiero caminar sola. Solo unos minutos. Por favor.

Su expresión cambió. La posesión y el miedo se mezclaron en su rostro.

—No. No vas a ir sola. ¿Y si te mareas? ¿Y si te caes? No voy a permitirlo.

—Luca, me estás asfixiando —dije, con la voz temblorosa—. Te amo por cuidarme, pero ya no puedo respirar. Todo el día son controles, batidos, reposo, “no hagas esto, no hagas aquello”. Me siento como una prisionera en una caja de cristal.

Dio un paso hacia mí, su presencia imponente llenando la habitación.

—Prefiero que te sientas prisionera a que pierdas a nuestros hijos. O a que te pase algo a ti.

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—No soy solo un vientre, Luca. Soy Elena. Y necesito sentir que todavía soy yo, no solo la madre de tus cuatrillizos.

Se acercó y me abrazó fuerte, pero sus brazos se sentían más como cadenas que como refugio.

—Eres todo para mí —murmuró contra mi cabello—. No voy a perderte. No voy a perderlos.

Esa noche, cuando intentó hacerme el amor con esa mezcla de deseo y cuidado extremo, me aparté suavemente.

—Hoy no, Luca. Estoy cansada.

Vi el dolor en sus ojos, pero también la determinación.

—No voy a disculparme por proteger lo que es mío —dijo antes de apagar la luz.

Me quedé despierta mucho rato, con la mano sobre mi vientre redondeado, sintiendo los leves movimientos de los bebés.

Quería su protección.

Pero no quería perder mi identidad en ella.




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