—¿Una niñera? ¿Hablan en serio?
Solté una carcajada que resonó con demasiada fuerza en las paredes de la sala de reuniones. El silencio que cayó sobre la habitación fue tan absoluto que se habría podido escuchar la caída de un alfiler. Al otro lado de la pantalla táctil, el rostro del director de operaciones de la Interpol no mostraba ni la más mínima gracia.
A mi lado, Patric —mi compañero de equipo y, para mi mala suerte en ese instante, también mi novio— me pegó un codiscazo seco en las costillas.
—Auch... Oye —protesté, frotándome la zona afectada mientras le lanzaba una mirada asesina.
—Guarda silencio y escucha, Emma —siseó él entre dientes, con los ojos fijos en la pantalla.
—No te estás tomando esto con la seriedad que exige la placa, agente Reyes —intervino la voz fría y autoritaria del director desde el altavoz—. César Duarte no es cualquier blanco. Mantiene una fachada de filántropo intachable, dona millones a fundaciones benéficas y sonríe para las revistas de economía, pero los informes de inteligencia apuntan a que es la mente maestra de una de las redes de contrabando más peligrosas de Europa.
Crucé los brazos sobre el pecho, intentando recuperar el rictus profesional, aunque la incredulidad seguía reflejándose en mis ojos.
—Con el debido respeto, director, he derribado puertas en redadas nocturnas, he desarticulado células terroristas en callejones oscuros y ¿ahora quieren que cambie pañales? —repliqué, arqueando una ceja—. ¿Por qué no enviamos a alguien de la división de apoyo civil?
—Porque nadie entra a la mansión Duarte sin una invitación directa o un filtro de seguridad férreo —me cortó Patric, adoptando ese tono corporativo que a veces lograba sacarme de quicio—. Hemos intentado hackear sus sistemas de seguridad, colocar micrófonos en los perímetros, acercarnos por tierra y mar... Es imposible. Su mansión es una fortaleza infranqueable.
—Y el único punto débil conocido de César Duarte son sus hijos —continuó el director, retomando el hilo con paciencia militar—. No confía en nadie que no pase por un control familiar exhaustivo. Necesitamos a alguien con entrenamiento táctico de élite, capacidad de reacción inmediata y, sobre todo, un perfil limpio que pueda superar su rigurosa investigación de antecedentes.
Me mordí el labio inferior, mirando de reojo la fotografía del magnate en el monitor principal. César Duarte tenía un rostro de facciones marcadas, una mirada penetrante que parecía atravesar la cámara y una elegancia natural que gritaba peligro a kilómetros, a pesar de la sonrisa contenida con la que posaba junto a un par de niños pequeños.
—¿Y si me descubre? —pregunté, bajando el tono, dejando atrás la ironía y entrando por fin de lleno en modo operativo—. Si sospecha algo, no solo habré quemado la misión; estaré sola dentro de su casa, desarmada y rodeada de sus hombres de confianza.
—Por eso irás respaldada en cada segundo —dijo Patric con un matiz mucho más suave, acercándose un poco para apoyarme con la mirada—. Tendrás un canal cifrado veinticuatro horas. Yo estaré comandando el equipo de vigilancia desde el perímetro exterior. No te voy a dejar sola, Emma. Te reportarás cada 2 horas y si no lo haces entraremos.
Lo miré fijamente durante unos segundos, evaluando sus palabras antes de suspirar y rendirme ante lo inevitable.
—De acuerdo —cedí, levantando las manos en señal de tregua—. Acepto el caso. Pero si esos niños me tiran puré de manzana en la ropa el primer día, voy a exigir un bono de riesgo laboral... y una cena pagada por la agencia.
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niñera y ceo, gemelos traviesos divertidos, agentesencubierto
Editado: 27.10.2026