Últimamente mi cuerpo no se siente bien. No sé qué me pasa, pero siento que algo extraño ocurre; mi sangre hierve y siento que puedo perder el control en cualquier momento. Le dije a mi padre que venir no era buena idea, que no me sentía en control, pero como siempre, la maldita reputación va primero. Entonces aquí estoy, en este maldito campamento.
—Hola, Lev —dice Caleb.
—Mmm —digo sin ánimos de socializar.
—Tan alegre como siempre, un gusto.
Veo a April entrar con la hermana de Caleb y entonces mi corazón palpita y mi sangre empieza a hervir. ¿Qué me pasa? ¿Es porque la odio?
—Amigo, ¿estás bien? —dice Caleb a mi lado.
—Necesito alejarme —digo mientras me voy.
Antes de irme, volteo a ver y esos ojos grises me están viendo. Siento un escalofrío: carajo, ¿qué me pasa?
Salgo corriendo camino al río, en donde April y yo caímos hace dos años, recuerdo que me espanté tanto de que le pasara algo que instintivamente la saqué y aproveché para irme cuando todavía estaba desmayada. No sé qué me pasa con ella; yo la odio porque ella es igual a su mamá, ¿no? Ah, olvídalo, de todas formas en este momento no estoy lo suficientemente estable para saber qué me pasa.
—Oye, ¿ya viste a las chicas de las otras manadas? Están buenísimas.
—volteo los ojos —solo son idiotas hablando estupideces, mejor sigo caminando.
—Lo sé —dice uno de ellos—, pero la mejor es April.
Me paralizo.
—¿Ya viste qué buena está y ni siquiera ha cumplido dieciocho? Solo espero que me elijan a mí como su esposo, con gusto me apareo con ese bombón.
Todos se ríen y yo siento cómo ardo. Mis pies se mueven solos, ¿qué diablos estoy haciendo? Cuando llego a ellos, digo:
—¿Qué dijeron de April, idiotas?
Todos palidecen.
—Así es, cabrones, los escuché.
—Lev, amigo —dice uno de ellos—, solo estábamos bromeando, ¿de acuerdo? Apenas tenemos dieciséis años y ella quince, solo queríamos divertirnos un poco.
—¿Esto les parece una broma? —digo—. No vuelvan a hablar así de ella, ¿entendieron? —grito.
—¿Estás bien, amigo? —dice uno de ellos—. No te alteres, sí...
—No soy tu puto amigo —digo y me doy la vuelta.
Entonces llega la gota que derramó el vaso:
—Si quieres guardarla para cogértela tú, solo tienes que decirlo, ¿sabes? —dice uno.
Y así pierdo todo el control que me esmeré por mantener. De repente no me siento en mí; veo, pero no soy yo el que está ahí.
Hola, compañero —dice alguien.
¿Qué? —digo—, ¿qué está pasando?
Soy yo, Lev, tu lobo, al que has estado reprimiendo por por tanto tiempo.
¿Qué? —digo asombrado—. ¿En verdad eres tú?
Así es, amigo, luego hablaremos, por ahora deshagámonos de estos insectos.
Y me pierdo. Cuando despierto estoy en mi habitación, ardiendo en fiebre, sintiéndome totalmente perdido.
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Editado: 08.10.2026