En contra de Nuestros Instintos.

Lev, 16 años

Últimamente mi cuerpo no se siente bien. No sé qué me pasa, pero siento que algo extraño ocurre; mi sangre hierve y siento que puedo perder el control en cualquier momento. Le dije a mi padre que venir no era buena idea, que no me sentía en control, pero como siempre, la maldita reputación va primero. Entonces aquí estoy, en este maldito campamento.

​—Hola, Lev —dice Caleb.

​—Mmm —digo sin ánimos de socializar.

​—Tan alegre como siempre, un gusto.

​Veo a April entrar con la hermana de Caleb y entonces mi corazón palpita y mi sangre empieza a hervir. ¿Qué me pasa? ¿Es porque la odio?

​—Amigo, ¿estás bien? —dice Caleb a mi lado.

​—Necesito alejarme —digo mientras me voy.

​Antes de irme, volteo a ver y esos ojos grises me están viendo. Siento un escalofrío: carajo, ¿qué me pasa?

​Salgo corriendo camino al río, en donde April y yo caímos hace dos años, recuerdo que me espanté tanto de que le pasara algo que instintivamente la saqué y aproveché para irme cuando todavía estaba desmayada. No sé qué me pasa con ella; yo la odio porque ella es igual a su mamá, ¿no? Ah, olvídalo, de todas formas en este momento no estoy lo suficientemente estable para saber qué me pasa.

​—Oye, ¿ya viste a las chicas de las otras manadas? Están buenísimas.

​—volteo los ojos —solo son idiotas hablando estupideces, mejor sigo caminando.

​—Lo sé —dice uno de ellos—, pero la mejor es April.

​Me paralizo.

​—¿Ya viste qué buena está y ni siquiera ha cumplido dieciocho? Solo espero que me elijan a mí como su esposo, con gusto me apareo con ese bombón.

​Todos se ríen y yo siento cómo ardo. Mis pies se mueven solos, ¿qué diablos estoy haciendo? Cuando llego a ellos, digo:

​—¿Qué dijeron de April, idiotas?

​Todos palidecen.

​—Así es, cabrones, los escuché.

​—Lev, amigo —dice uno de ellos—, solo estábamos bromeando, ¿de acuerdo? Apenas tenemos dieciséis años y ella quince, solo queríamos divertirnos un poco.

​—¿Esto les parece una broma? —digo—. No vuelvan a hablar así de ella, ¿entendieron? —grito.

​—¿Estás bien, amigo? —dice uno de ellos—. No te alteres, sí...

​—No soy tu puto amigo —digo y me doy la vuelta.

​Entonces llega la gota que derramó el vaso:

​—Si quieres guardarla para cogértela tú, solo tienes que decirlo, ¿sabes? —dice uno.

​Y así pierdo todo el control que me esmeré por mantener. De repente no me siento en mí; veo, pero no soy yo el que está ahí.

​Hola, compañero —dice alguien.

​¿Qué? —digo—, ¿qué está pasando?

​Soy yo, Lev, tu lobo, al que has estado reprimiendo por por tanto tiempo.

​¿Qué? —digo asombrado—. ¿En verdad eres tú?

​Así es, amigo, luego hablaremos, por ahora deshagámonos de estos insectos.

​Y me pierdo. Cuando despierto estoy en mi habitación, ardiendo en fiebre, sintiéndome totalmente perdido.




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