En contra de Nuestros Instintos.

April

Se llegó el día. Pienso en ello cuando salgo del baño y veo el vestido que eligió Mónica para esta noche. Hoy decidirán nuestro futuro y, con él, el de las manadas también. No puedo creer que ni siquiera haya dado mi primer beso y esta noche salga comprometida. No hay nada que hacer, excepto cambiar este horroroso vestido que le eligió mamá. Si me van a intercambiar por «la paz de las manadas», al menos será bajo mis términos.

​Voy hacia mi armario y saco un vestido nuevo que me regaló Lia en mi cumpleaños. No me había animado a ponérmelo porque no es muy conservador, pero al diablo: esta noche, al menos, decidiré qué ponerme.

​Cuando termino de arreglarme, me veo en el espejo y me sorprendo; no parezco yo. El vestido tiene un escote en V, una abertura alta en la pierna y es de color blanco. Lo acompañé con unos tacones en tono beige, unos pendientes de argolla y el collar que me dejó mi nana. Definitivamente, Mónica perderá la cabeza, pero no importa.

​—¿April, puedo pasar? —dice papá.

​—Sí, papá, pasa.

​Cuando entra, veo sorpresa en su rostro y no puedo evitar sonreír.

​—April, cariño, qué hermosa estás.

​—¿Tú crees? —digo, mirándome una vez más al espejo.

​—Claro, cariño, estás preciosa.

​—Mamá perdera la cabeza —digo.

​—No te preocupes, yo hablo con ella. Por cierto, ya tenemos que irnos o llegaremos tarde, y ya sabes cómo se ponen esos líderes.

​—Papá —digo, y bajo el tono de mi voz—. ¿En serio nos obligarán a casarnos?

​Papá se tensa, pero igual me responde:

​—Es nuestra responsabilidad mantener a la manada segura, April. Algún día lo entenderás —dice, tocando mi mejilla—. Ahora vámonos, tu mamá nos esperará allá.

​—¿No va con nosotros? —digo, sorprendida.

​—No, cariño, fue por tu prima Sofía al aeropuerto. Después de todo, ella también ya tiene dieciocho y es momento de que vuelva a la manada.

​—¿Sofía va a volver? —digo en tono amargo.

​—April, Sofía solo nos tiene a nosotros. Además, ya están grandes, es momento de que arreglen sus malos entendidos.

​—No son malos entendidos, papá, me hacía la vida imposible —digo, molesta.

​Papá me ve serio, así que no me queda más remedio que ceder.

​Pero ambas ya crecimos, supongo que ahora podemos llevarnos mejor.

aunque por dentro sé que eso no será posible, pienso.

​—Eso es —dice papá—. Ahora vámonos o tu mamá nos matará a los dos si llegamos después de ella.

​Y así camino hacia donde está el precipicio del que me van a tirar.




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