—¿Ves? —le digo a mi lobo—. Te lo dije. Ella nos rechaza.
—Bien —digo, y empiezo a alejarme, pero de repente siento un dolor agudo en el pecho.
—¡Ah! —grita April mientras cae de rodillas—. ¿Qué pasa? —grita.
"¡Basta!", aúlla mi lobo. "El lazo se está agrietando, no te alejes".
"Ella lo quiere así", le digo a mi lobo y aprieto los dientes. El dolor es como si me estuvieran quemando con hierro al rojo vivo.
—Lev —me susurra April, mientras se aprieta el pecho con los ojos llenos de lágrimas—, ayúdame, no lo soporto.
Me esfuerzo por caminar; el dolor sigue siendo intenso, pero va disminuyendo entre más cerca estoy de ella.
—April —digo, y me arrodillo frente a ella—. ¿Por qué duele tanto, Lev? —dice—. ¿En serio no podemos cortar este lazo?
—Parece que no, nena —le digo, y me sorprendo por el apodo.
Algo primitivo me invade mientras esos ojos grises que me ven con intensidad, y me acerco con el corazón a mil. "Bésala", grita mi lobo, "márcala, hazla nuestra".
Me acerco, mi cara está a unos centímetros de la suya.
—Lev —susurra April.
Pongo mi mano en su mejilla.
—¿Puedo? —le pregunto.
April asiente y cierra los ojos.
Me acerco a sus labios y, cuando estoy por besarla, me paralizo. Un olor nauseabundo invade el aire. Hombres empiezan a salir de los árboles.
Carajo, renegados.
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Editado: 08.10.2026