Año 525 DLS (nueve años atrás)
La primera vez que un Nard irrumpió en la casa de los Han no fue para una selección. Y no fue a por los hermanos. Fue a por su madre, Xin Han.
Kaia y Aksel, con apenas dieciséis y catorce años respectivamente, creyeron que habían seleccionado a su madre para ir al palacio, como cualquier otra persona. La reacción de alegría de los jóvenes… y la del padre, Chen Han… les iba a costar caro en un futuro.
La familia, ahora sin la figura materna, se sentía extraña, aunque no por ello menos orgullosa de tener a alguien de su linaje seleccionado. Sin embargo, ese orgullo no era necesario; los Han ya eran una de las familias con más NCT de CoNexus, con mil cada año. No les faltaba de nada: podían desplazarse a Ferro cuando quisieran, comprarse ropa nueva del distrito cada mes y la nevera siempre estaba repleta.
Aun así, ningún NCT podía llenar el vacío que había dejado su madre. Su ausencia se sentía en cada rincón de la casa, un hueco que ni la riqueza ni el estatus podían cubrir.
Meses después, su padre comenzó a ausentarse más de casa y, aunque siempre llegaba minutos antes del toque de queda, se iba a dormir sin mediar palabra. Ignoraba las súplicas de sus dos hijos, que reclamaban su atención y preocupación.
Kaia, la mayor de los dos hermanos, sabía que algo no iba bien. Intentó hablarle sobre lo que le sucedía, pero él solo la miraba con los ojos vacíos, sin expresión alguna, como si su mente estuviera en otro lugar.
—¡No estás solo en esta casa! ¡Tienes a dos hijos a los que cuidar! —gritó, con la voz temblando de frustración—. ¿Crees que esto es lo que madre querría que sucediera?
Como si alguien hubiera activado un interruptor, su padre se levantó de golpe y la zarandeó por los hombros, casi suplicando:
—¡No la menciones! ¡No en mi presencia! ¿Sabéis lo duro que ha sido para mí?
—¡Lo ha sido para todos! —interrumpió Aksel, con los ojos brillando de un modo oscuro, reflejando la rabia y el dolor que también sentía.
Aksel era un niño algo solitario; solo se relacionaba con su hermana y sus padres. No porque fuera tímido, sino porque le gustaba observar su entorno. Era todo lo contrario a Kaia, decidida, habladora y sin pelos en la lengua, aunque precisamente por eso casi no tenía amigos.
Chen se derrumbó en el suelo, sollozando, con las manos aún apoyadas en los hombros de su hija.
—Tenéis razón… lo lamento —se disculpó, secándose las lágrimas con la manga.
Pero, aun así, continuó con su rutina de padre ausente. Los hijos no se percataron, pero hacía días que había dejado de administrarse el flux, y en un intento de disimular los síntomas del mal de altura, encendía el agua de la ducha mientras vomitaba todo lo que había comido ese día.
Todo cambió un día, cuando Chen los reunió a los dos para hablar.
Ambos sabían que no era nada bueno pero, durante un tiempo, se habían acostumbrado a esa sensación de tristeza e inestabilidad que nunca antes habían sentido en sus aparentemente perfectas vidas.
—Quiero que escuchéis con atención —dijo Chen, con un tono cargado de urgencia y desesperación.
Los dos niños lo miraron a los ojos, expectantes, preparados para recibir la noticia.
—Vuestra madre… —su voz se quebró al pronunciar la palabra, pero negó con la cabeza, intentando sacudirse los pensamientos intrusivos—. Vuestra madre no fue seleccionada de manera normal.
Sus hijos ahora irradiaban miedo y preocupación en sus ojos inocentes.
—Fue eliminada.
Un pequeño grito interno se escapó mientras retrocedían, como si su propio padre fuera el responsable de que su madre ya no estuviera viva.
—Escuchadme —repitió, y los niños permanecieron inmóviles—. Vuestra madre solo se había olvidado una vez de tomarse su dosis diaria de flux. Tardó media hora de más, pero fue suficiente para que la seleccionaran y… —respiró hondo, intentando mantener la calma—. ¿Sabéis cómo sé que la han eliminado? —señaló su HoloCom—. Porque su perfil no existe. Y si algo no existe en este maldito cacharro, no hay más duda que valga.
Se acercó un poco más, hasta poder ver sus ojos vidriosos.
—Lo siento, pequeños, pero no puedo más. He dejado de tomar la dosis para que me lleven con vuestra madre. Pero están tardando más de lo normal. Solo quería avisaros de que un día de estos tocarán a la puerta y un Nard vendrá a por mí. No sigáis mi ejemplo. Vivid vuestra vida como si nada hubiera pasado. Vivid —repitió, con la voz rota.
Hubo un momento de silencio ante la idea de que su padre se había rendido a la vida.
—Eres un cobarde —escupió Kaia—. En vez de afrontar la verdad, huyes, dejando atrás a tus hijos.
Su padre permaneció inmóvil, sin pronunciar palabra, pero no lo desmintió. Entonces, sin previo aviso, Kaia lo abrazó. Las lágrimas, antes contenidas, brotaron con fuerza.
—Te odio… —susurró entre sollozos.
Aksel siguió el ejemplo de su hermana y también rodeó a su padre con los brazos.
—Y a los Nard también…
—Shh… no lo digas muy alto —le respondió Chen, dándole una palmada tímida en la espalda, intentando ofrecer un poco de consuelo entre tanto miedo.