Día 14 del 4º Éter
Aksel no dudó. Con un impulso feroz, agarró al Oscuro del cuello del uniforme y lo estampó contra la pared con una fuerza que ni él mismo sabía que tenía.
Trevor quedó aturdido, no solo por el impacto, sino por la aparición repentina y agresiva del hermano de aquella chica.
Sin darle tiempo a reaccionar, Aksel comenzó a lanzarle puñetazos uno tras otro. Su rostro ya estaba enrojecido por la sangre y medio desorientado, pero él no se detenía. Entonces, un leve ruido a su izquierda llamó su atención: Kaia se movía, observando la escena. Estaba viva, pero esa mínima distracción le costó cara; el Nard aprovechó el momento, lo empujó con todas sus fuerzas y huyó.
Aksel no estaba dispuesto a dejarlo escapar, ignorando por completo el peligro que había corrido su hermana y el hecho de que casi la eliminan.
Kaia lo siguió, aguantando el dolor de sus heridas. Nunca lo había visto tan furioso, y esa furia la inquietaba profundamente.
El Oscuro corría con todas sus fuerzas, chocando contra las paredes, resbalándose por la velocidad y casi perdiendo el equilibrio en varias ocasiones. Su objetivo era claro: llegar a donde yacían los dementes postrados en las camas. Tenía un plan, y no iba a desperdiciarlo. Al menos así podría comprobar si todos sus experimentos con esas escorias habían dado los resultados que esperaba.
Aksel seguía pegado a él, sin dejar un ápice de piedad. Trevor tuvo que detenerse un momento para escanear su HoloCom y poder abrir la puerta, pero justo cuando las puertas se abrían, su perseguidor se lanzó sobre él y ambos cayeron al suelo.
Trevor intentó zafarse, buscando cualquier objeto que pudiera usar para defenderse. Sus manos alcanzaron una probeta de ensayo sobre una mesa cercana. La levantó y la impactó contra la cabeza de Aksel. El líquido azulado del flux, con el que habían estado experimentando, se derramó sobre su cabello mientras los cristales le provocaban una herida sangrante… y aun así, Aksel no se detuvo.
Kaia presenció todo con el corazón encogido.
—¡Aksel, para! —gritó, pero sus palabras se perdieron entre el caos del forcejeo.
Justo después, unos sonidos a su espalda hicieron que Kaia se preparara para un segundo enfrentamiento. Pero se quedó helada al ver a todos los demás miembros de La Unidad, magullados, con la sangre seca en sus rostros… pero vivos.
El Teniente se adelantó entre ellos, entrando en aquella habitación acristalada de experimentos. Su presencia irradiaba calma y, al mismo tiempo, un aura feroz que parecía llenar cada rincón del lugar. Observaba al muchacho desbordado de ira, golpeando sin piedad al Oscuro, ahora ya sin vida.
—Aksel, ¡basta ya! —la voz grave del Teniente retumbó entre los golpes húmedos, cortando el aire como un trueno.
Pero Aksel no se detuvo.
Kaia, destrozada al ver a su hermano fuera de control, como si hubiera perdido toda cordura como un demente, se acercó junto al Teniente y gritó:
—¡Para ya! ¡Ya está muerto!
Aquella última palabra recorrió los cuerpos de todos los presentes, erizándoles el vello como si su sinónimo “eliminar” fuera más decente, más correcto.
Aksel se detuvo, con el puño suspendido en el aire, a punto de golpear de nuevo la cara desfigurada del Nard. Lentamente bajó el brazo hasta su costado y, cabizbajo, se incorporó con movimientos pesados. Se giró, aparentemente ajeno a las miradas de los demás, incluso del Teniente.
Se acercó y abrazó a su hermana entre lágrimas, manchando con sangre el uniforme negro de Kaia, como si con ese gesto pudiera borrar de alguna manera el horror de lo sucedido.
Sus ojos se habían ablandado; ya no irradiaban aquel odio punzante, como si parte de su dolor se hubiera filtrado en silencio.
Los dementes, ajenos a todo aquello, seguían inmóviles, presas de los múltiples experimentos que habían sido expuestos.
Cuando Aksel se hubo calmado y los demás habían podido consolarlo, Aisha preguntó con voz tensa:
—¿Y Alfonnse?
Todos quedaron inmóviles, mudos por un instante, como si la pregunta hubiera detenido el tiempo.
—Ese traidor… —Elya apretó los puños, conteniendo la rabia que le subía por la garganta.
Pero antes de que alguien dijera algo más, Aksel habló, su voz grave y firme retumbando en aquel sitio.
—Lo han eliminado.
El silencio que siguió fue pesado, casi tangible, como si cada palabra hubiera dejado un hueco imposible de llenar.
Kaia abrió los ojos; la noticia también la había tomado por sorpresa.
—Seguramente fue obra de Trevor —continuó Aksel, su voz tranquila pero apagada, como si todo el cansancio de aquel día se hubiera derramado de golpe sobre él.
—Nos hicieron creer que nos había traicionado para ponernos en su contra… —añadió Nora, ordenando el rompecabezas, con la mirada fija, igualmente impactada.
—Llévanos a él —susurró Kaia a su hermano, apoyándole una mano sobre el hombro.
El cuerpo seguía en la misma posición en que Aksel lo había dejado, pero ahora estaba helado, casi fundiéndose con el suelo.