En los Ojos del Abismo

Capítulo 7: El corazón de Éter

🥀El destino es impecable,
no perdona, no olvida,
y siempre cobra sus
deudas🥀

Me subí al taxi sin pensarlo dos veces, aferrándome a la idea de que Kael no podía entrar a los túneles subterráneos. Eso era un respiro, aunque su presencia en mi mente fuera una constante tortura.

—Al Centro Histórico, por favor —dije al conductor, un hombre mayor con un gorro de lana sobre su cabeza.

El viaje fue rápido. Mi mente estaba atrapada en el laberinto de las palabras de Novák y las burlas de Kael. La Dama del Umbral, una guardiana. Y Kael quería forzarla atraerla a él por alguna razón.

Esa información era valiosa. Si ella era poderosa, quizás podría ser la clave para detener a Kael y no el Ojo de Percepción.

Pero ¿cómo? Y, más importante, ¿por qué el pensamiento de Kael con otra mujer me provocaban estos celos absurdos?

Llegué al Centro Histórico y me adentré en una de las callejuelas adoquinadas, buscando la entrada de los túneles subterráneos. La información de Kael era escasa, pero los mapas antiguos que había revisado en la biblioteca me habían dado una idea general.

«Qué buena chica. Obedeciendo al pie de la letra. Me encanta cuando haces eso, todo se vuelve tan fácil.» La voz de Kael era un ronroneo de satisfacción.

—Cierra la boca —mascullé, con los dientes apretados.

«Ah, esa ira me excita. No la contengas, deja que te consuma. Es un buen combustible.»

—¿No se supone que no podías estar aquí? —cuestioné, molesta por su presencia.

«Oh, no lo estoy. Me encuentro fuera de este horrendo lugar. Gracias a nuestra conexión puedo proyectar mi voz en tu mente.»

—¿Conexión? Sigues insistiendo con eso? —bufé.

«Te guste o no es la verdad, tu verdad.»

El aire se volvió más frío y húmedo a medida que me acercaba a la entrada, oculta bajo un viejo puente de piedra cubierto de musgo, el olor a tierra mojada y a algo más, algo ancestral, llenó mis fosas nasales. Encendí mi linterna y me adentré en la oscuridad.

El silencio de los túneles era opresivo, roto solo por el goteo constante del agua y el sonido de mis propios pasos.

La luz de mi linterna bailaba sobre las paredes de piedra, revelando inscripciones desgastadas y grietas que se perdían en la penumbra. El frío era distinto aquí, no el frío gélido de Kael, sino uno que parecía emanar de la tierra misma.

—¿Para qué se supone que es esa joya? —cuestioné interesada mientras observaba al frente, en alerta.

«No necesitas saberlo.»

—Si estoy buscando algo por lo menos debo saber el motivo, aunque sea cómo demonios debe verse, ¿o eso afecta en algo tus planes?

Lo escuché chistar ante mis palabras.

«La joya se llama El Corazón de Éter, es una diminuta extensión de la Dama y una pieza clave para encontrarla, es una esfera transparente y brillante.»

Su explicación, además de darme información, me hizo entender que estaba siendo un peón en la búsqueda de esa mujer, algo que me enfureció pero guarde cualquier comentario al respecto.

Mientras avanzaba por el laberinto de túneles, la voz de Kael se mantuvo presente en mi mente, a veces burlona, a veces seductora, siempre posesiva. Él me guiaba, no con direcciones específicas, sino con sensaciones: un tirón en el pecho, un frío repentino en el aire. Era como si el túnel mismo respondiera a su presencia.

«Que extraño.»

Me detuve ante aquella frase pronunciada por lo más extraño que había dado lugar en mi vida.

—¿Que exactamente es extraño? —cuestioné.

«Dejé de sentir la presencia del Corazón y ...»

De repente dejé de escuchar la voz de Kael y una fuerte jaqueca llegó a mi cabeza. La linterna que sujetaba rodó por el suelo y se apagó mientras mis dedos se acercaban a mis cabellos y mis labios emitían un quejido de dolor.

«Adelyne.»

Una voz de hizo presente en mi mente, disipando aquel fuerte dolor. No era la voz impedimento y escalofriante de Kael, sino una voz dulce y femenina, me hablaba con una dulzura que hizo que mi corazón se encogiera.

Esa sensación me recordó mucho a cuando llegaba a mi hogar luego de un mal día y era recibida por mi madre entre sus brazos.

Mi madre...

Mis ojos se humedecieron ante aquel recuerdo de la persona que siempre ha cuidado de mí. Lo daría todo por estar entre sus brazos en estos momentos. Sequé mis lágrimas, recobrando mi postura.

—¿Quién eres? ¿Dónde está Kael?

La oscuridad de aquel túnel lo devoraba todo y hacía que me aterrorizara cualquier sonido extraño. De la nada comenzaron a surgir varios puntos luminosos que le dieron algo de claridad al lugar. Era muchas luciérnagas que parecían hacer un camino, guiándose por aquellos túneles.

«Soy lo que buscas y la verdad misma. Por el Rey no te preocupes, mientras estés aquí dentro no estarás conectada a él ni él a ti.» Una risita divertida y traviesa se proyectó en mi mente. «Ahora mismo debe estar volviéndose loco.»

El hecho de ser "libre" de Kael, aunque sea por un breve tiempo, me alivió en gran medida.

—¿Quién o qué eres exactamente? —pregunté.

Mi cuerpo, mi alma y mi mente se sentían en una sincronía perfecta, como no lo hacían desde hace mucho tiempo atrás, menos con el Kael sobre mí. Era un sentimiento de comodidad súbita.

«Sigue las luciérnagas, ellas abrirán el camino correcto hacia mí.»

Dejé de escuchar su voz pero no regresó la de Kael, asegurándome de que sus palabras, o por lo menos parte de ellas, eran ciertas.

Caminé guiada por los insectos luminosos a través de aquellos túneles que no parecían tener fin, hasta que divisé más adelante una gran puerta de madera. Las luciérnagas se detenían ahí.

Llegué a esta, mi mano de dirigió a la formidable madera tallada de roble donde una inscripción de hacía presente en un idioma que jamás había visto pero que de alguna extraña forma entendí.




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